De la "utopía desalmada" a la realidad despiadada
Enrique Rubio
Los datos del empleo publicados recientemente por el Instituto Nacional de Estadística (INE) son alarmantes.
Para el trimestre móvil marzo mayo, descendieron a la vez la Población Económicamente Activa (PEA), el ingreso medio de los hogares, las tasas de actividad y de empleo, y aumentó el desempleo. Una situación que se agravó para el trimestre móvil abril junio.
Como se sabe, la Población Económicamente Activa incluye la suma de los ocupados y desocupados de más de 14 años, pero su número depende de la cantidad de personas que manifiestan su interés en trabajar. En el semestre enero-junio la PEA descendió en forma significativa, más allá de variaciones estacionales.
El aumento del número de personas que no buscan empleo constituye un indicador del estado espiritual de muchos uruguayos. Para poder conocer la verdadera dimensión de este fenómeno queda por saber si quienes resolvieron no buscar más trabajo son desempleados viejos o recientes. No olvidemos, por otra parte, que la duración media del desempleo ronda los 8 meses, un tiempo lo suficientemente grande como para mermar las esperanzas de muchos compatriotas y estimular la deserción de la PEA.
A todo esto debemos sumar la mala calidad de los trabajos conseguidos, muchas veces informales, frecuentemente como familiares del patrón sin recibir sueldo o con empleos de poco horario.
En el trimestre abril – junio la contracción de puestos de trabajo, comparada con el trimestre correspondiente de 1999, fue de 45 mil puestos de trabajo, con caídas del empleo en la totalidad de los sectores de actividad, aun en aquellos que parecían haber iniciado su recuperación, como el comercio y los servicios gubernamentales, sociales y públicos.
Sin lugar a dudas el dato más impactante para el conjunto de la sociedad uruguaya es el porcentaje de desempleados, que para todo el país urbano trepó al 14,3 por ciento, un guarismo que no se registraba desde principios de la década de 1980. En el segundo trimestre de 2000 el número de desocupados se incrementó en unos 37 mil trabajadores, en relación con igual trimestre de 1999, llegando a las 172 mil personas. Si incorporamos el Uruguay rural, sin dudas, superamos los 210 mil desocupados.
Si comparamos los puestos de trabajo (la ocupación efectiva o demanda de trabajo) del trimestre abril-junio 2000 con el trimestre anterior enero-marzo 2000 la caída es de terror: alrededor de 68.000 puestos de trabajo. Se puede alegar que la metodología no es correcta, que influyen factores estacionales; lo admitimos, pero la tendencia es indudable.
Por otra parte, si asumimos que una tendencia similar (se registran fuertes indicios en favor de esta hipótesis) operó en la población no relevada (el aproximadamente 18% no incluido en las poblaciones de 5 mil y más habitantes) la pérdida debería superar los 80 mil puestos de trabajo. Una cifra terrible.
Si se sigue la metodología convencional y la comparación se establece con el trimestre gemelo del año 1999 (abril-junio) y se incluye el país rural (hasta el límite de nucleamientos con 5 mil habitantes) la pérdida superaría, en cualquier hipótesis los 50 mil puestos de trabajo.
Recordemos que los datos aportados por el INE provienen de localidades de 5.000 habitantes dejando de lado el interior rural donde nada indica mejores niveles de empleo.
¡Debemos reconocer que nuestra ignorancia sobre el Uruguay rural es típicamente urbana!
Si algo tenemos que decir a favor de la «utopía desalmada», de acuerdo con la expresión de algún amigo, que da sustento filosófico a la actual política económica es su carácter democrático ya que afecta tanto a jóvenes como a viejos y a hombres como a mujeres, a habitantes de Montevideo como del Interior. Se puede discutir si la actual política económica se origina en una «utopía desalmada», lo que si es indudable, es que la realidad es despiadada.
Para el señor ministro de Economía y Finanzas, contador Alberto Bensión, el actual nivel de desempleo deriva de las «decisiones de política económica que se tomaron oportunamente al inicio de la administración». En efecto, la restricción del gasto público impactó como un freno en la demanda y la apuesta a ubicar el factor de crecimiento de la economía en el sector exportador, no parece haber dado el resultado esperado. En materia de empleo parecemos ir en caída libre.
La desesperanza de los uruguayos conduce a muchos a la migración. Sin embrago, nuestro país no cuenta con datos confiables en esta materia. La mejor forma de medir el volumen de migrantes es la estimación de lo que se denomina Saldo Residual, es decir comparar la población entre dos censos y observar la diferencia entre la población esperada y la población registrada efectivamente en el censo al final del período. Si la diferencia tiene signo negativo, la misma se asume como migración.
Para el último período intercensal 1985-1996 se estima un saldo negativo, de entre 60 y 70 mil personas, lo que demuestra que a pesar del retorno a la democracia se mantuvo una corriente emigratoria que se ha convertido en un fenómeno estructural en la segunda mitad del siglo XX.
Conocemos muy poco sobre el perfil de los migrantes. Uruguay no realiza una encuesta de migración desde 1982 y la anterior fue en 1975.
Los migrantes tienen características diferentes según el país de destino. La migración a la Argentina siempre tuvo un carácter masivo y el perfil general era similar al del promedio de la población residente en Uruguay, aunque con un nivel educativo algo mayor entre los emigrantes. En los emigrantes a la Argentina han predominado los obreros industriales, pero en el último período 1980 – 1990 se observa un crecimiento de los ocupados en los servicios (Hoteles, restaurantes, turismo, etcétera).
Con los Estados Unidos pasa algo similar en el perfil general de los emigrantes a ese país, pero el nivel educativo promedio es mucho más alto, y es más alta la proporción de profesionales y técnicos sobre el total.
Sin embargo, distintas fuentes alertan sobre la importancia que tendría la migración calificada. No olvidemos que en algunos sectores muy especializados la emigración de una persona ya es una catástrofe. Para que tengamos una idea, el número de uruguayos con título de Doctor en el Censo de los Estados Unidos de 1990 era de 182 personas, la mitad de los doctorados existentes en la Universidad de la República.
En suma, vivimos una situación de desesperanza sólo comparable con la sufrida en 1973, con el golpe de Estado, y en 1982 con la caída de «la tablita».
Todos los signos indican una acentuación de la migración en los últimos meses. Pero, en rigor, nada podemos afirmar fundándonos en una respetable base fáctica. No obstante, nadie duda: ¡los uruguayos se van! Corresponde que adoptemos medidas urgentes en la entraña misma de la economía y la sociedad. Al mismo tiempo deberíamos conocer un poco más a la propia realidad. En esto sucede algo similar que con el Uruguay rural: es más lo que ignoramos que lo que conocemos.
Reclamamos estudios en profundidad sobre el Uruguay rural; una Encuesta de Hogares sobre la población que habita nucleamientos menores de 5 mil habitantes y una Encuesta sobre la migración internacional.
* Senador del EP/FA
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