Saldos y retazos
Daniel Pereyra Maneli
En medio de nuestra desgarrada vida ciudadana nacional, nada ilustra mejor sobre las metas y propósitos elucubrados por la cúpula de curanderos con mucho sigilo y mayor secreto que el contenido y la sustancia del proyecto de Presupuesto quinquenal; cosa importantísima si las hay.
Se dijo con acierto que esta ley «por un lado constituye el principal instrumento de gestión de un gobierno y, por otro, sintetiza los lineamientos y objetivos principales del mismo» (Parlamento y Presupuesto de R. Pérez y Gerardo Caetano). En otros términos, un renovado pacto macrosocial que decide sin apelación sobre nuestras vidas durante los próximos cinco años.
En este año 2000 — que ingresará a la más dolorsa historia del martirio nacional– el presupuesto está condicionado por dos factores a cual más repudiable.
Primero por un pacto preelectoral carente de honra y crédito, que se propuso y logró la perpetuación de dos fuerzas políticas minoritarias para repartirse cargos y prebendas a espaldas de la ciudadanía, incluida la misma que los votó y hoy debe rumiar su tardío arrepentimiento.
Y segundo por un descomunal déficit fiscal culposamente acumulado y celosamente ocultado por las administraciones de los doctores Sanguinetti y Lacalle.
Planteamos a los buenos sociólogos la interrogante de cuándo y cómo se producirá el masivo desarraigo de los votantes de los dos partidos tradicionales para apoyar un proyecto alternativo de país que, por lo menos, intentará suturar tantas heridas para comenzar la reconstrucción nacional.
Las dificultades son mayúsculas porque en momentos de perplejidad e incertidumbre –nadie sabe hacia dónde ir ni qué hacer– se genera la temida inseguridad colectiva. En esas circunstancias resulta imposible eludir la seducción de refugiarse en lo ya conocido que por tal, más allá de bondades y defectos, no causa los temores de lo desconocido. Por eso cuesta cambiar.
El gracejo popular que acuñó el «vale más malo conocido que bueno por conocer» no hizo otra cosa que frenar cambios y transformaciones sociales, y momificar la vida nacional.
Cuando el triunfo de Maracaná nos afligían, igual que ahora, el precio del boleto, de la leche, del dinero y de los arrendamientos; perseguíamos una reforma agraria y buenos planes de vivienda y de salud, pero ignorábamos que el ayuno pasaría de ser una observancia religiosa a una desesperada medida gremial, ni que la trucha daría su nombre a todas las cosas y hechos que rechazamos con asco.
El delito de corrupción prestó el suyo para estigmatizar a los gobernantes ladrones y coimeros que exigen palos verdes telefónicamente sin temor a ser grabados porque una Justicia ingenuota y sin recursos les brinda involuntario amparo en función de su propia impotencia.
La semana pasada el presidente de la SCJ, frente al nuevo presupuesto, dijo a media voz y goteando amargura: «Seguiremos funcionando a media máquina», pero olvidando que las jerarquías se autopropusieron un aumento cercano a los doce mil pesos contra los generosos 450 para los restantes integrantes de la caravana.
A este endeble soporte se le suma el mencionado déficit y los delirantes criterios de distribución de las escasas lentejas para repartir entre tantos famélicos.
En 1998, los ministerios de Defensa y del Interior se alzaron con el 1,75 % y el 1,43 % respectivamente del PBI que alcanzó 20.789 millones de dólares. Y juzgando el árbol por sus frutos, las conclusiones no pueden ser más penosas y desalentadoras.
La abrumante recurrencia de este torbellino de desdichas conformó el maldito haz de escepticismo y melancolía que nos tiñe por obra y desgracia de los responsables de primera línea.
Parafraseando a la inmortal Celestina, recreada a la maravilla por una estupenda Estela Medina, «si desconfío de los hechos, cuánto más de las ideas; ningún gobierno es tan corrupto que no pueda degradarse un poco más».
Traicionando a la comunidad, nos están vendiendo al peso.
* Ex Magistrado Judicial
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