El liberalismo realmente existente
Hace ya muchos, demasiados años que la doctrina oficial de los sucesivos equipos gubernamentales de conducción económica han hecho suya la doctrina del llamado «liberalismo económico».
Con nuevos o viejos maquillajes, ideas como que el Estado no debe entrometerse en el libre juego del mercado, el «laissez-faire, laissez passer» (dejad hacer, dejar pasar), la acción benefactora de la «mano invisible del mercado», al buscar la ganancia para sí el individuo favorece espontáneamente al conjunto social, etcétera, son el catecismo predilecto de los ideólogos y políticos del liberalismo, en especial en su variante más corrosiva, que es el liberalismo económico.
Como se sabe, tales ideas nunca han tenido un campo de aplicación duradero ya que el propio carácter contradictorio de las economías contemporáneas ha conducido a los liberales a introducir, una y otra vez, mecanismos de regulación, de contralor y de protección para tales o cuales áreas de la economía.
El liberalismo ha devenido así más un discurso que una guía específica para la acción de gobierno o de las empresas.
Ya hace más de un siglo que la libre competencia empezó a ser cada vez más acotada por el crecimiento vertiginoso de los monopolios, los oligopolios y los «trusts».
Pero la reiteración del discurso a favor de las hipotéticas virtudes del liberalismo no ha amainado.
En plena recidiva del fundamentalismo liberal, algunos empresarios han creído oportuno buscarse algún refuerzo oratorio y –como ya reseñara LA REPUBLICA– promovieron la presencia de una exaltada panegirista del liberalismo extremo, la señora Ruth Richardson, de Nueva Zelanda.
Las agresivas alocuciones de la dama han inspirado las respuestas de algunos productores rurales que, a través del espacio para la audiencia de CX14 El Espectador, mostraron un cuadro bien consistente y concreto de las realidades que hoy se viven en nuestro país, visto desde el ángulo de un pequeño productor hortícola de Canelones.
Las anotaciones del productor tienen una elocuencia contundente.
Empieza por señalar que los principales compradores de plaza son los supermercados. Desde hace ya bastante tiempo estos compradores se han asociado y son ellos los que a través de mecanismos oligopólicos fijan los precios.
Y también es el oligopolio el que fija las condiciones de pago y «la modificación unilateral de esas condiciones por ellos fijadas sin la participación de los productores».
Agrega el productor canario: Además, hay otro problema que surge de la existencia de intermediarios, que son quienes negociarán los precios.
Los productores tienen que negociar con los intermediarios, quienes tienen un poder de negociación enormemente mayor que los productores, que siempre trabajan aislados.
Hay un tercer problema: los supermercados imponen al vendedor el uso de envases (packing) de plástico que tienen un costo significativo.
El manejo de estos cajones está tercerizado. El supermercado comprador le impone al vendedor la empresa que le alquilará los cajones.
A la vez, el mantenimiento y la higiene de los cajones también está a cargo de la empresa que los provee. También corren a cargo del vendedor los costos de las bolsas de plástico con código de barras.
Como ejemplo de la «tajada» que se apropia el oligopolio comprador y sus socios, el agricultor canario describe lo ocurrido recientemente con los precios de la lechuga.
De los 12 pesos que pagaba el consumidor por una unidad, sólo 4 pesos quedaban para el productor.
Con esos 4 pesos debe hacerse cargo de los fletes, el alquiler de los cajones, la rotación y limpieza de los mismos, etcétera.
Cumplido este ciclo, todavía queda pendiente el acto final, que es el de cobrar efectivamente la mercadería entregada.
El oligopolio paga, en el mejor de los casos, a los 30 días. Ãltimamente se ha empezado a desarrollar la práctica de pagar a los 30 días con un cheque diferido a 35 días.
Con buen criterio se pregunta el oyente canario: «¿Cómo hacen los productores para competir con las arvejas italianas, los duraznos griegos, los tomates y lechugas brasileñas?
¿Cómo hacen para enfrentar a esos trusts y a esos intermediarios, solos y sin la protección de algún organismo estatal que empareje las reglas de juego?».
Formular las preguntas es responderlas.
Las ilusiones programáticas del liberalismo económico no dan solución a los problemas de gran parte de los productores de nuestro país.
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