El fútbol: deporte, espectáculo y negocio

Al culminar el mundial y aplacados los ánimos del entusiasmo natural propio del deporte máximo del orbe, valen algunas reflexiones al respecto. Esta disciplina deportiva se ha transformado en su organismo rector, la FIFA, en la primera multinacional del mundo. Su importancia no queda, con no ser poco, en la fuerza económica con sus consabidos intereses comerciales respectivos. Hay que agregarle el prestigio que su poderío implica para cualquier nación por poderosa que fuese, con sus valores agregados turísticos, infraestructuras y servicios de cuantiosos costos, etc. Obsérvese a título de ejemplo: Alemania como sede oficial del actual evento, cuántos estadios, hoteles suntuosos, villas mundialistas, transportes, aparcamientos y demás, todo adecuado al torneo mundialista, se hizo. Sin perjuicio, justo es señalar que esa inversión que debe superar en mucho la deuda externa de nuestro país y similares, deja ganancias que justifican y superan con largueza la inversión. Súmesele, como trasfondo de futuro indirecto, la gravitación política que se adquiere o crece. El que organiza el torneo de marras a la manera de esta Alemania y de acá en más cualquiera que se anime a realizarla, es obvio que demuestra poder económico, social y político que en la escala de las grandes potencias eleva su nivel. Este evento ya no está al alcance del «chiquitaje», seamos realistas. Pero con ser así, el concurrir bien representado y prestigiado a un mundial de fútbol, aunque en los hechos se viva en «chancleta», también es de utilidad primerísima para cualquiera. El respeto deportivo mundial vale y mucho. El conocimiento del país trasciende en sus costumbres, turismo, folclore, artes, cultura, etc. Se sale del anonimato e ignorancia. Como bien se dice, se existe. Sin perjuicio de lo que «entra» por vía de cotizaciones y ventas futuras de jugadores, publicidad, etc.

O sea, esta fuerza no puede seguir quedando librada a los antojadizos y ambiciosos intereses de particulares por más «desinteresados» que aparenten ser (nadie se los cree….) Ya sean personas propiamente dichas o asociaciones que muchas veces no caen en las mejores manos, y demás. Los estados deben intervenir directa o indirectamente, guste o no, en el ordenamiento y vigilancia de su funcionamiento. Y en países pequeños y pobres, con más razón teniendo en cuenta los intereses nacionales expuestos y sus beneficios diversos. Uruguay ha sido un privilegiado del cielo, el transcurso del tiempo, no obstante la situación miserable que actualmente se tiene, en haber logrado los títulos y glorias futboleras gozados en su momento. Se puede asegurar que somos más conocidos mundialmente gracias al fútbol y sus figuras del «Negro» Jefe Obdulio, el Pepe Schiaffino o el mariscal Nasazzi por citar emblemáticos. Pero a su vez, observemos lo que en nuestras arcas gracias a ese prestigio en cifras millonarias en dólares se ha recibido. Por venta de deportistas, premios, publicidad, etc. con escasos o casi ningún control estatal y cuyas ganancias y prestigios son de toda la nación uruguaya, por manoseada, desprestigiada y venida a menos que últimamente por maniobras turbias y sinuosas perjudicando a instituciones y privados, sin olvidar el propio interés humano de los jugadores y atletas que son los protagonistas fundamentales del deporte de marras. Los derechos a la libertad de trabajo de un ser humano como es el jugador, no pueden ser propiedad y ganancia arbitraria futura de privados. El jugador puede depender en su formación inicial de instituciones, que invierten en su desarrollo costosas infraestructuras, sanidad, alimentaciones, prestaciones técnicas, muchas veces cultura y apoyaturas familiares en «botijas» carenciados, etc. Y es lógico que en determinadas etapas medias, se quiera por el club respectivo, el resarcirse deportiva y económicamente. Pero quedar por vida útil, en estado semi esclavista al antojo de particulares media un salto monstruoso. Entre otras muchas, son las razones por las que se debe legislar y reglamentar eficazmente no para las asociaciones privadas sino por el Estado mismo, el futuro del deporte en general y del fútbol en particular. El atleta sea de cualquier disciplina es un ciudadano oriental que debe ser protegido en sus derechos como corresponde. Incluso, en la ayuda que las instituciones deportivas deben tener en función de la obra social, humana, física y deportiva brindan diariamente a multitud de jóvenes cuyo futuro depende del deporte. Me consta que el Presidente Vázquez conoce de sobra el tema. Tanto él como yo, y muchos otros dirigentes integramos clubes tan gloriosos como modestos y humildes, que con legítimo orgullo histórico tanta obra social en silencio han hecho y hacen a nuestra sociedad, rescatando «botijas» muchas veces hasta marginados, convirtiéndolos en ciudadanos respetables.

Alguna vez, conversé con él estas temáticas. Hoy, que empieza en el fútbol concretamente, una etapa nueva, puede ser el momento en que el bisturí descarne los tumores cancerígenos que abundan y han enterrado nuestro máximo deporte. *

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