Educación y país productivo

En más de una oportunidad hemos tratado en esta página asuntos vinculados con la educación y la necesidad de proceder a una reforma educativa que revea y corrija disfunciones y que ubique a los uruguayos en el mundo contemporáneo.

Sin embargo –y sin que ello reste urgencia a dicha reforma educativa– bueno es consignar la encomiable tarea que lleva a cabo la Universidad estatal, la Udelar, en lo que tiene que ver con el país productivo. Sorteando dificultades múltiples de tipo financiero por todos conocidas, hace ya varias décadas que nuestra mayor casa de estudios viene desarrollando iniciativas en extensión que apuntan a integrar esa institución al país real. De ese modo, mediante la firma de convenios de cooperación, las facultades cuya área de conocimiento se vincula específicamente con la producción (Agronomía, Veterinaria, Ingeniería, Química, Ciencias y otras) cumplen una función de enorme importancia y que trasciende el ámbito educativo académico para asumir un papel protagónico en el desarrollo de la ciencia y la tecnología al servicio del crecimiento económico y de la cohesión social.

Al respecto, cabe destacar una muy interesante entrevista realizada por Antonio Pippo al decano de la Facultad de Química, doctor Eduardo Manta, publicada en nuestra edición de ayer, en la que se aborda, entre otros tópicos de sumo interés, la experiencia del Polo Tecnológico de Pando. El profesor Manta es claro respecto de la significación de dicho emprendimiento: de lo que se trata es de promover el relacionamiento del sistema universitario con los sistemas productivos. De esa manera, la institución se involucra decididamente en la tarea de aplicar el conocimiento sobre la innovación, al tiempo que se ofrecen servicios a las industrias, sobre todo nacionales, a fin de mejorar su productividad y su capacidad de innovación.

La Facultad de Química, concretamente, se está ocupando, también, de ciencia y tecnología de alimentos, lo que implica un apoyo inapreciable a nuestros productores agropecuarios y, por consiguiente, al modelo de país productivo que el gobierno se ha propuesto impulsar. Es verdaderamente un claro ejemplo de lo que debe ser una Universidad al servicio del sector productivo en el desafío que éste enfrenta de abrir mercados exigentes en cuanto a la calidad de los alimentos.

Mucho se ha criticado a nuestra educación por su carácter elitista y excesivamente académico; y tales críticas no carecían de razón. Pero la reacción contraria propugnó una enseñanza pragmática, que hiciera hincapié en los aspectos prácticos y que se dispusiera a formar exclusivamente individuos adiestrados en ciertas técnicas sin atender a su formación integral. Fue así que se despreció todo aquello que no tuviera utilidad concreta y se minimizaron –o directamente se eliminaron de los programas– los contenidos humanistas, en ese afán absurdo por preparar técnicos compartimentados, capaces de funcionar como prolijos engranajes de una maquinaria.

La experiencia relatada por el decano de la Facultad de Química no solamente es valiosa por sus resultados concretos. Lo es, fundamentalmente, para demostrar que nuestros universitarios están en condiciones de brindar toda su sapiencia al servicio de la producción, pero que al mismo tiempo tienen la suficiente sensibilidad como para comprender la importancia de su función en un país que pretende apostar al desarrollo haciendo hincapié en el sector productivo. *

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