El ingreso a la Universidad
Se ha instalado una vez más el debate sobre el examen previo, los cupos y el cobro de matrícula para ingresar a la Universidad de la República.
Vemos con tristeza que se está acudiendo una vez más, a la que creen peyorativa expresión de «m´hijo el dotor», sin comprender que ese sueño de tantos padres, permitió a este país ser lo que fue. No sólo por los títulos universitarios de muchos de sus hijos que fueron trascendentes, sino como ejemplo de un sentimiento de superación, construido a fuerza de interminables jornadas de trabajo, ahorro y privaciones, para lograr el progreso de sus hijos y el de la nación. ¿O hace falta dar ejemplos?
No se trata de comparar simplonamente carreras, oficios y títulos, porque todo trabajo honesto construye país. Pero tampoco es justo devaluar con desprecio el sacrificio enorme de tantas familias a lo largo de los años.
Qué tristeza da ver que se ha entendido tan poco, o cuán lejos se vive de la realidad y del espíritu indomable de tanta gente que hizo y hará grande a este Uruguay, a pesar de los pesares.
Un estudiante de secundaria de un liceo de barrio de Montevideo o del Interior, que se proponga ingresar a la Universidad, debe superar una verdadera carrera de obstáculos, algunos de ellos hoy casi insalvables.
Para empezar, le es prácticamente imposible, y en algunas materias más que en otras, aprobar los exámenes del último tramo de Secundaria si no cuenta con profesores particulares. Para muchos estudiantes y sus familias la gratuidad del sistema pasa a ser entonces un rótulo vacío, que les llena de angustia y frustración.
Preparar una materia con profesor particular cuesta mucho dinero. Mucho más de lo que la mayoría de las familias pueden costear para un estudiante que viene arrastrando deficiencias de formación curricular desde hace varios años, con docentes que por muy capaces que fueren, muchas veces ni llegan a poder conocer a sus alumnos por su nombre, por tener que peregrinar de un liceo a otro, en nuestro kafkiano sistema educativo.
Aun después de aprobadas las materias previas de Secundaria, ese alumno, tornado en universitario reciente, deberá quizás absorber diferencias profundas y de años, respecto de otros muchachos muchas veces provenientes de colegios bilingües, con estudios controlados, cursos especiales de recuperación, deberes vigilados, sicólogos, orientadores vocacionales, enseñanza de métodos de estudio y gimnasio, desde que estaban en la escuela.
Todo dentro de una estructura que incluye bibliotecas, laboratorios, computación, Internet de banda ancha. Absolutamente incomparables. Son grandes diferencias solo absorbibles en el mediano plazo a fuerza de talento, pero que fijan estándares y niveles.
Si además de estas dificultades intrínsecas de un egresado del sistema público de educación, le agregamos un examen y un cupo para ingresar a la Universidad, les pondremos por delante a esos muchachos una barrera casi insuperable.
Solo si la Universidad creara cursos muy eficientes de igualación de preingreso, que minimicen esas profundas diferencias, podría recién tiempo después, comenzar a pensarse en temas de esta complejidad.
Pero suponiendo que esos cursos casi mágicos cumplieran efectivamente su cometido igualador de conocimiento, aún quedarán pendientes, temas de fondo que en mi opinión son esenciales.
No creemos justo ni válido (y mucho menos conveniente) que un muchacho se juegue su futuro en la fortuita cara o cruz de un examen de ingreso.
Es cruel exigirles que tengan la vocación, el manejo, la capacitación y la madurez para poner todo en juego en un examen de ingreso, o si pierden, que esperen al próximo año, como si a esa edad se pudiera estar todo un año colgado en el vacío.
No se debe poner a la gente y mucho menos a los adolescentes, en un sistema instantáneo de muerte súbita, que hasta del fútbol se eliminó, porque estas crueles artificialidades no pueden determinar el destino de nadie, sin volver a la ley de la selva.
Seguramente las intenciones serán muy buenas, y como siempre las presumo, pero dejan de manifiesto el profundo desconocimiento de las angustias puertas adentro de la vida de los jóvenes y sus familias, cuando están en estas circunstancias.
Son tiempos de reducir factores de riesgo y de desesperanza en los jóvenes y sus familias. No de aumentar su estrés y su frustración artificiosa e innecesariamente. *
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