El informe de Tabaré Vázquez

Izquierda: moderación o renovación

Esteban Valenti

Hay palabras que por las fricciones que han sufrido, por haberse colocado en el centro de duros choques, han asumido significados propios, más allá de la voluntad de la Academia; o en el mejor de los casos se han desgastado. Una de ellas es la renovación. Es casi el símbolo de un período muy duro y muy explosivo de la izquierda uruguaya, en particular dentro de alguno de sus partidos. La prudencia aconsejaría no insistir con los términos. Pero muchas veces la prudencia puede confundirse con el camuflaje y no creo que éste sea un buen atributo para la coherencia de las ideas y de la noble actividad política.

El domingo pudimos leer en LA REPUBLICA el informe de Tabaré Vázquez al plenario del Frente Amplio.

La izquierda no debería perder esta buena oportunidad de reflexionar con profundidad y oportunidad sobre grandes temas que hacen a su propia identidad y al futuro del país y de las propias fuerzas progresistas. Es un documento serio, con un sentido del movimiento histórico nacional, que mira hacia adelante sin perder en ningún momento el profundo sentido de las tradiciones fundacionales y del sendero recorrido en estos 30 años.

Es un documento abierto, que señala temas y los pone a consideración, convocándonos a una reflexión crítica, como un aporte a las exigencias del país, de nuestra sociedad en estos nuevos tiempos.

Todos los tiempos son nuevos, porque la historia no se detiene nunca; pero hay períodos de lenta evolución y momentos de grandes y rápidas transformaciones. Estamos viviendo un momento de turbulencia, donde las preguntas se agolpan prepotentes ante las naciones, ante los pueblos y ante cada actor político, colectivo o individual. Por ello, si abrir un debate con valentía intelectual –con preguntas y problemas espinosos y complejos– siempre es una demostración de vitalidad, hacerlo ahora, en este Uruguay tan lleno de problemas, es una obligación.

«Para transformar la realidad primero hay que entenderla y ello supone, ante todo, asumir que este tiempo de cambios civilizatorios, como todo «tiempo fronterizo», está lleno de situaciones nuevas que también requieren nuevas respuestas». Este pasaje del informe sintetiza toda una concepción, que no sólo le hace bien a la izquierda, sino al país.

Es un documento que como lo dice su autor, introduce los temas, los enuncia, y da una primera visión general. Y ése es precisamente su mayor mérito. Nadie reclama y acepta una verdad oficial como punto de partida para una reflexión seria y profunda, sin espacio para recoger los ricos aportes que provengan de la sociedad, del mundo académico, de los actores y clases sociales, de la sociedad civil en su conjunto, y que se conecten con el mundo de la política.

Su reivindicación y defensa argumentada y profunda de la política es otro de sus aspectos clave. Este replanteo sobre la política va contra la corriente casi dominante a nivel mundial, tan llena de superficiales lugares comunes, de tecnicismos interesados o ingenuos, de descalificaciones por parte de los que manejan el poder y saben que sólo a través de la política se puede desarrollar el juego democrático de la alternancia y de la competencia. En definitiva, de los que denuestan a la política y la utilizan para tratar de perpetuar su poder. Cuando se cansan de proclamar el fin de la historia, proclaman la muerte de la política o su decadencia.

Esta reivindicación de la política y de las causas colectivas es un aspecto nodular de toda su argumentación. Sobre él se apoyan aspectos fundamentales de la convocatoria al debate, al esfuerzo, a la participación cultural e intelectual. De espaldas a la política no hay posibilidad de mirar de frente a la sociedad y sobre todo de trazar los caminos del cambio y la renovación. Para el continuismo se puede utilizar y promover la despolitización, el fin de la política y el reinado de la economía global. Para el progreso, para construir nuevas prioridades y cambios, hay una herramienta imprescindible: la política.

Hay que preguntarse si en los más graves fracasos de la izquierda, en los derrumbes más estrepitosos, no hubo por encima de todo la transformación de la política en un ritual del poder, la burocrática construcción de formas sin alma y el abandono de una imprescindible exigencia: mantener el diálogo con la sociedad, que sólo es posible en el juego dialéctico de los contrarios y en el ejercicio del arte de lo posible, que nunca puede ser sustituido por la administración de lo obligatorio.

Otro de los centros del informe de Vázquez refiere a esa compleja y sutil relación entre la política y la moral; respondiendo a esa gran interrogante que hace medio milenio formuló el genial florentino, si la política y la moral –moral cristiana, decía en esa época Nicolás Machiavelo– se mueven en planos absolutamente diversos y muchas veces contrapuestos.

Nosotros no nos resignamos a que la ley suprema para ordenar la sociedad es la del mercado, despiadada, sin humanidad, implacable, que hace la selección natural de la especie humana. Y por otro lado, en otra dimensión, debe actuar la moral cívica y social que tiene que ver con la justicia, la solidaridad, en definitiva con los valores sustantivos de la libertad y de la humanidad.

La ideología del poder-mercado-global, como nuevo paradigma, tiene no sólo sus realidades, sino también sus representaciones, sus valores, sus relaciones sociales y humanas. Subsiste únicamente en el crecimiento ininterrumpido del consumo, impulsado no sólo ni principalmente por la incorporación de nuevos consumidores, sino por la excitación publicitaria y por ciclos de vida cada día más breves de todos los bienes. Con una alta dosis de despilfarro.

Esta reivindicación de la política como escenario central de una transformación progresista, no debe ocultar ni empequeñecer la necesidad de un análisis muy riguroso y realista de los factores económicos internacionales, regionales y nacionales y en particular de la economía de la información y el conocimiento. Para actuar ahora y para proyectarse hacia el gobierno en el futuro. Un camino, este de la economía, que desde ya se anuncia lleno de espinas y de pruebas. Este es un tema débil en el informe de Vázquez.

El desarrollo sustentable –basado en una armoniosa relación entre el hombre, sus semejantes y la naturaleza–, no es sólo un proceso de distribución más justo, una explotación más racional y respetuosa de los recursos naturales, es también una nueva moral social con valores muy diferentes. Es en esta óptica que la suma de los intereses sectoriales, y menos aún corporativos, no representa un proyecto de sociedad más justa. Una advertencia muy importante para todas las fuerzas políticas y en particular para la izquierda.

Lo malo del liberalismo económico integralista es que –como todos los integralismos– ante su fracaso, ante sus sobresaltos y crisis, a lo único que atina es a reclamar más firmeza, más pureza del modelo. La respuesta de la izquierda no puede ser sólo un paquete de recetas económicas alternativas, debe ser un proyecto social diferente. Y en ese camino nos encontraremos con fuerzas mucho más amplias de las que se han agrupado hasta ahora en las sendas de los cambios y del progreso, en América Latina y Uruguay.

La mano tendida hacia ese gran potencial social, cultural, político y también ético de nuestras sociedades es un mensaje muy importante del informe de Vázquez. Es, en sí mismo, una estrategia para ahora y para gobernar.

Pero es también un mensaje urgente. La crisis del país requiere respuestas valientes, osadas, y abiertas para todos. La mayor fuerza política nacional asume plenamente sus responsabilidades, aun
que no sea gobierno, porque comprende que un nuevo acuerdo social en la apertura de este siglo puede y debe ser una senda obligada para salir del pantano, de la desesperanza, de la sangría diaria de jóvenes y de trabajadores que vive la república.

Es un mensaje con los pies en la tierra, con el alma en este Uruguay dolorido por sus frustraciones, por sus necesidades básicas insatisfechas, por sus desintegraciones geográficas y sobre todo sociales. Es un mensaje urgente y por eso de gran respiro, de gran aliento, de responsabilidad por el destino nacional. Y es un mensaje optimista, porque solamente el que está animado del poderoso optimismo y la confianza en nuestra gente, los uruguayos, puede proponerse una búsqueda tan amplia, tan abierta y tan sensible sobre los destinos del país. En este mundo, en esta región y ahora.

Hemos dejado para lo último uno de los aspectos más complejos que debe afrontar una fuerza política que –aunque joven– tiene detrás muchos decenios de sus partidos fundacionales: la historia y el futuro. Ese delicado equilibrio que, en un país nostálgico como el nuestro, se hace todavía más sutil y necesario.

La relación se hace más compleja entre pasado y futuro porque en realidad resume el debate sobre valores, principios, definiciones, y su actualización y renovación. Entre un tiempo que cambia y una izquierda que no siempre ha sido capaz de acompañar esos cambios. Sólo aquel que desconfía de su propia identidad, que no tiene suficiente confianza en su capacidad de avanzar en los nuevos escenarios, teme analizar con audacia las nuevas preguntas que nos formula la sociedad.

La izquierda debe reinvidicar como parte de sus valores fundacionales, precisamente su capacidad crítica, su irreverencia frente a las verdades reveladas, frente a los pasajes prohibidos al pensamiento. No nacimos sólo por sentarnos a la izquierda de la Asamblea Nacional en la Revolución Francesa, sino porque fuimos –o debíamos haber sido siempre– los que subvertimos el status quo, los que nos atrevimos a preguntar y a cambiar un orden social y económico que parecía eterno y divino.

No construyamos ahora mirando hacia atrás con temor, un orden ideológico y cultural, que asuma la misma eternidad y divinidad, porque ha nacido de nuestras tradiciones. Los valores de la solidaridad, de la más plena libertad espiritual y material, de la justicia social, no los podemos blindar de barreras impenetrables al pensamiento. Porque allí donde no penetra la luz indagadora, curiosa e irreverente de las ideas, siempre ha habido olor a muerte. Para que vivan, para que no sean una utopía poética, sino que formen parte del esfuerzo histórico concreto para hacer progresar y para cambiar la sociedad, deben estar abiertas, a la intemperie, capaces de soportar las preguntas y las dudas.

Qué interesante sería que los partidos tradicionales convocaran a un debate de la misma amplitud y profundidad, y sobre la relación entre su larga historia y sus tradiciones y sus actuales políticas, con un mínimo sentido de la autocrítica. Le haría muy bien al Uruguay.

De todas maneras y siguiendo el hilo de la cita cervantina de Vázquez, es bueno recordar aquel dicho castellano que decía: «Vinieron los sarracenos y los molimos a palos, que Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos». Para ser más y mejores, la senda no es la de la moderación, ni la de parecernos a los «sarracenos», sino la de aceptar el difícil y permanente desafío radical de renovarnos. Porque lo mejor de nuestra historia está todavía por escribirse.

 

* Analista político

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