¿Violencia en centros de enseñanza?
¿Cuántas veces nos encontramos con situaciones de violencia que se registran en centros de enseñanza? Cuando ello sucede con ciertas características, los medios de comunicación levantan el tema, lo amplifican y es noticia en toda la sociedad.
Que existe es cierto, pero también es cierto que se genera una sensibilidad que no se corresponde con la realidad.
De los casi 3.000 centros docentes que hay en nuestro país y en los cuales se desarrolla la vida diaria de relación propia de los mismos, los casos de violencia que superan ciertos niveles pasan a ser excepciones.
Pero lo primero que debemos precisar en los conceptos, es que cuando se registran estas situaciones en un centro educativo, es porque en la sociedad misma hay problemas de violencia, que se manifiestan en los distintos ámbitos en que vive el niño o el joven: en la casa, en la calle, en el centro docente, en la institución deportiva o social, en local bailable, etc.
Quien tiene actitudes y conductas violentas es porque tiene problemas que no ha podido superar positivamente. La violencia es un emergente como lo es el alcohol o la droga, y por ello no podemos combatirla si nos detenemos sólo en las consecuencias, en los problemas que genera.
Las consecuencias hay que atenderlas con toda la dedicación que se merece. Pero lo que no podemos perder de vista jamás es que se trata de combatir las causas, de ir al encuentro de ellas para buscar las mejores formas de combatirlas y de minimizarlas. De lo contrario lo patológico continuará y no seremos capaces de actuar con eficacia ante este problema que no es de los centros educativos, es de la sociedad en su conjunto, y allí donde haya ámbitos de la misma se manifestará.
Por eso esta es una tarea de la sociedad toda.
El niño o el joven que no vive en una relación armónica familiar y que termina sufriendo estos problemas, o que sufre la agresión que significa la pobreza o un medio hostil, es campo propicio para la generación de conductas violentas.
Por todo ello no puede haber respuestas simplistas a este problema que emerge a temprana edad. No hay fórmulas mágicas ni tampoco se puede resolver en un plazo inmediato.
Descartado está de que con métodos represivos haya solución y menos aun tomar al niño o al joven por el simple hecho de serlo, como un sospechoso.
Todo lo contrario. Una actitud de compromiso, que sólo puede existir cuando hay afecto a dar y a recibir, es lo que debe primar.
Para lograr los máximos resultados posibles, es la sociedad en su conjunto la que debe actuar, así, tanto la violencia como otros emergentes, irán reduciéndose progresivamente. La familia que no es una cosa etérea, tiene un papel relevante en la materia, en lo que hace al medio en el que se forman conductas y actitudes de los hijos. No cualquier relación entre sus miembros es válida. Sólo un ambiente familiar con tiempo para compartir con los hijos, con relaciones respetuosas y comprensivas entre sus miembros, genera condiciones propicias, aunque no da seguridades.
Políticas sociales inclusivas de salud, educación, vivienda, coadyuvan en la materia.
El tiempo que un alumno permanece en la institución educativa es clave para motivarle o para que se sienta a gusto en ella, para que sienta a sus compañeros y docentes como parte de su vida misma, para ir generando conductas de respeto y de tolerancia. Pero el tiempo por sí mismo no genera resultados positivos si las metodologías no son las adecuadas.
A nivel de la sociedad en general, se precisa una red que contenga, que incluya y que atienda en forma especial a quienes tienen problemas especiales. En esto juegan un rol muy especial las instituciones deportivas y sociales.
Nada nuevo bajo el sol, el tema es realizarlo, incrementar el compromiso para ello. El esfuerzo vale la pena. Se trata de formar generaciones que contribuyan a una sociedad más humana, sin violencia, única forma de combatir este flagelo que se ha venido gestando en nuestro país y fuera de él, globalizando este problema. *
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