El Ddeporte es política
Tal vez pueda sorprender con una afirmación de este tipo, y hasta es posible que alguien se pueda enojar por la misma, pero sinceramente creo que los argumentos sobran y están a la vista de quien vea la realidad sin prejuicios de ningún tipo.
Que conste, uso el término «política» no refiriéndome al acto de gobernar, sino, en forma más genérica y abarcativa, al conjunto de actividades humanas que se desarrollan en la esfera de lo público, de la comunidad.
Y no es que no hubiera podido ser menos amplio si hubiera querido. No en vano tenemos un Ministerio de Turismo y Deporte en nuestro país, y tampoco en vano es que desde hace un par de meses existe en el Parlamento la Comisión Especial del Deporte, la cual tengo el honor de presidir este año.
Pero me interesaba referirme en este artículo al Campeonato Mundial de fútbol, que hace un par de días comenzó en Alemania. Este torneo es la cabal demostración de lo que digo.
¿Alguien puede dudar del impacto global que tendrá dicho certamen? Desde la ceremonia inaugural hasta el partido final se calcula en miles de millones de personas que vivirán, sufrirán y se emocionarán con el acontecer del mismo. Las empresas sufrirán un porcentaje mayor de ausentismo laboral que el usual; en los boliches y reuniones sociales será tema de conversación casi obligatorio; pencas y encuestas se organizarán por doquier; etc.
También generará hechos culturales, e impactará notablemente en la economía del país dueño de casa. Hace ya varios años que las mayores justas deportivas (Mundial de fútbol y Juegos Olímpicos) son utilizados por los eventuales anfitriones como marquesina turística y vender imagen en el exterior. Hoy por hoy, organizar un evento de este tipo es una inversión segura para todo aquel que tiene la infraestructura o puede afrontar la inversión necesaria.
Adicionalmente, actividades y eventos culturales de todo tipo están programados para acompañar el próximo mes, demostrando, de este modo, que ha quedado definitivamente atrás el tiempo en que el mundo «culto» miraba por encima del hombro al fútbol como expresión de cultura popular. Tal vez, esto marque una vuelta a las raíces, a aquella famosa y sabia sentencia griega: «Mente sana, en cuerpo sano».
A no engañarnos, que el fútbol –y el deporte en general– son eso también. Basta ver que la forma de jugar y sentir el deporte son elocuentes demostraciones del carácter y la forma de ser de los distintos pueblos. Así, los latinos somos más pasionales que los escandinavos y los anglosajones; y mientras que los brasileños lo juegan con la alegría y el desenfado que demuestran en otros aspectos de su cultura, nosotros –tal vez más que los argentinos– lo asumimos de manera más seria y circunspecta.
He dejado para el final otro aspecto que me parece sumamente interesante, y es el de cómo influirá el mayor o menor éxito de los seleccionados de fútbol en el estado de ánimo de su población, y por ende, también en sus gobiernos.
Desde la época de los romanos se sabe que los eventos deportivos son buenos generadores de satisfacción y de alegría popular; en definitiva, los espectáculos de gladiadores no eran más que eso. Una variante extrema, de acuerdo, pero que hacía inmensamente populares a quienes solventaban esos espectáculos.
En tiempos más modernos tenemos varios ejemplos. Tal vez, el más famoso de todos sea el de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, cuando Hitler aprovechó para montar toda una parafernalia y propaganda nazi. También pensaba utilizar esos juegos como demostración de la «superioridad» de la raza aria; afortunadamente, no tenía en cuenta a cierto atleta de color que descolló en esos juegos y se transformó en la indiscutible figura de los mismos: Jesé Owens, la «flecha negra».
Dos años más tarde, se hizo tristemente célebre una frase de un jugador de fútbol húngaro. Cuenta la anécdota que luego de perder la final frente a Italia, el golero húngaro lloraba desconsoladamente, hasta que un compañero se le arrimó y le dijo: «tranquilo, ten en cuenta que hoy le hemos salvado la vida a 11 hombres». Efectivamente, se rumoreaba que Mussolini había amenazado de muerte a los italianos si no ganaban la final.
Más cercano en el tiempo y la geografía tenemos el ejemplo del Mundial del 78, organizado y utilizado por la dictadura argentina con fines propagandísticos; ¿y qué decir de nuestro propio Mundialito del año 80? Más recientemente, un claro ejemplo de cómo un éxito deportivo puede influir positivamente en la imagen de un gobierno lo pudimos ver cuando Colombia ganó la Copa América de 2001. Ante un gobierno de Pastrana, que estaba sumamente desgastado, el triunfo de la selección sirvió para generarle un mayor grado de apoyo al propio gobierno.
¿A qué se debe esto? Las respuestas pueden ser variadas, y creo que sería interesante que el mundo académico estudiara este fenómeno en algún momento. Desde mi punto de vista, creo que parte de la explicación la podemos encontrar por el lado de que en estos tiempos en que el concepto de nacionalidad y Estado-nación es discutido por arriba y por abajo, desde la globalización y las identidades locales y regionales; el deporte, y el fútbol en particular, es uno de los pocos ámbitos que aún concitan la exaltación de los valores y tradiciones nacionales; y defender la camiseta del país, se equipara a nivel simbólico con defender las enseñas patrias y el orgullo nacional. *
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