Revisar la formación militar

Entre los innumerables temas de debate, figura uno no menor: el papel de las Fuerzas Armadas en Uruguay. Ya nos hemos ocupado del asunto, saludando el inicio del diálogo entre diversos y variados actores sobre un tema especialmente delicado y sensible, que hasta hoy había sido tabú y que merece un tratamiento profundo.

Los uruguayos padecimos durante doce años una dictadura cívico-militar cuyos efectos se sienten aun hoy. Pero debemos tener en cuenta que todo el horror del terrorismo de Estado, en el que los uniformados actuaron como brazo ejecutor de la política imperial y como celosos guardianes de los intereses de las clases privilegiadas, no se produjo porque sí, ni hizo irrupción como consecuencia del golpe de Estado de junio de 1973.

Si bien el Ejército uruguayo no tomó como modelo al prusiano (como fue el caso de Argentina y Chile) sino al francés, después de la Segunda Guerra Mundial y específicamente durante la guerra fría, la influencia estadounidense ejercida a través de la tristemente célebre Escuela de las Américas convirtió a nuestros militares en verdaderos oficiales prusianos.

Un libro al que ya hemos hecho referencia (y cuya lectura recomendamos) –Exilio– que recoge textos de Juan Gelman y de Osvaldo Bayer, resulta por demás ilustrativo de esa mentalidad militar. Obviamente, los textos de Bayer hacen referencia a la realidad argentina –cuyo ejército sufrió la influencia alemana desde comienzos del siglo pasado–, pero en ellos es posible descubrir que, en definitiva, la mentalidad castrense es una sola, independiente del país.

Dice Bayer: «Todo es seguridad: no sólo la industria, las materias primas, las rutas marítimas, la red vial y ferroviaria, las fronteras exteriores e interiores, el abastecimiento de la población, sino también la educación, la religión, la cultura, la política. Para defenderse del enemigo exterior hay que eliminar al enemigo interior que ya se introduce furtivamente hasta en la educación de los niños y puede así roer los cimientos de la nación. Todo es seguridad, y la seguridad debe estar en todos lados vigilante en la vida entera de los pueblos. (…) Los hombres en armas tienen el deber ineluctable de vigilar la Patria, ellos representan la Nación, son la Nación misma en constante alerta».

A continuación aborda el tema de los «ayudantes del desarrollo» enviados por el ejército prusiano a fines del siglo XIX para introducir la tecnología militar de avanzada encarnada en la fábrica Krupp: «Esa ‘ayuda al desarrollo’ militar dejó sus huellas indelebles en la vida del sur americano. En mi país se originó el ‘nuevo ejército’ que triunfó en cien batallas en nombre de la patria y de los valores occidentales y cristianos. Todas esas batallas las ganó contra el propio pueblo y sus búsquedas».

El verticalismo, la obediencia ciega, la unifomidad, la exaltación de la agresividad y del coraje mal entendido, la convicción de tener la sagrada misión de defender la civilización, la patria, la familia y la propiedad, la desconfianza en las instituciones democráticas y republicanas, el odio al intelectual que se permite la duda crítica, son todas características de la mentalidad militar en todas las latitudes.

Por eso es fundamental incluir en el debate sobre el papel de nuestras Fuerzas Armadas los programas de estudio y sus contenidos. Revisar a fondo los «valores» que se vienen inculcando en el cerebro de los jóvenes que ingresan a los institutos de formación castrense, de manera de formar ciudadanos y no autómatas de la obediencia y de la disciplina, sin capacidad de discernir el bien del mal y sin espíritu crítico. *

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