Otras miradas sobre el mundial de fútbol
El campeonato que está por culminar en Alemania ha concitado, como nunca antes, la atención del público todo el planeta.
La audiencia de las principales cadenas de televisión que trasmiten los partidos está situada en guarismos impresionantes: se cuentan por miles de millones los espectadores pendientes de los resultados de cada encuentro.
La atención concentrada ha sido a la vez, obra trabajosa y tentación irresistible para las grandes marcas de productos de consumo masivo, como cervezas, refrescos, artículos deportivos y aparatos electrónicos.
A Eric Hobsbawm, el célebre historiador británico especializado en siglo XX, no le ha sido indiferente la singular expresión de internacionalización que se evidencia en el campeonato mundial de fútbol.
Preguntado acerca de las «grandes corporaciones transnacionales, como Nike o Coca Cola, ganan mucho dinero con la Copa. En los vestuarios, Nike, que patrocina a algunos de los más famosos jugadores, como Ronaldo, llegó a ser acusada de influir en la decisión del cuerpo técnico de los equipos a la hora de alinear jugadores. ¿Cómo analiza Usted el poder de estas empresas y la implicación de las mismas en la organización de un acontecimiento deportivo de esta importancia?
Responde el historiador británico: «No sé hasta qué punto las grandes transnacionales que patrocinan la copa influyen de hecho en las alineaciones, así que no tengo opinión sobre el asunto. Ciertamente, estas empresas tienen gran influencia en el diseño y el formato de la competición, los horarios de los partidos, etc., y, claro es, en la visualización de sus logotipos y productos. Por ejemplo, la FIFA forzó de hecho a los holandeses a cambiar de pantalones, porque los que llevaban tenían el logo de una cerveza holandesa que compite con la Budweiser, patrocinadora oficial de la Copa. Pero la relación de la Copa con el moderno capitalismo globalizado es más compleja que eso. La industria, actualmente, está supremamente globalizada, y no podría subsistir en su presente escala sin la existencia de un capitalismo mediático global.
Pero el fútbol, en general, está dominado por un puñado de equipos europeos, como el Manchester United, el Real Madrid, el Milán, etc., que, desde los años 80, reclutan a sus jugadores en todos los rincones del mundo. Algunos otros equipos europeos ganan dinero descubriendo talentos en el exterior, comprándolos baratos y revendiéndolos a los grandes. Eso viene ocurriendo con frecuencia con jugadores brasileños y argentinos, por ejemplo. Pero lo paradójico de esa situación es que el atractivo global del fútbol, que genera un enorme público del que transnacionales como la Nike sacan beneficio, se funda en el atractivo nacional del juego. La Copa del Mundo es el ejemplo más espectacular de eso. Aquí está la contradicción. Las implicaciones políticas, económicas y sociales de esa situación no han sido suficientemente analizadas.
Preguntado acerca de si ¿cree que la Copa del Mundo tiene algún carácter político, bueno o malo?
Responde Hobsbawm: «La Copa, en sí misma, probablemente no tenga ningún fondo político particular, pero, lo mismo que las Olimpíadas, es con seguridad vulnerable a las presiones y promesas diplomáticas o de otra naturaleza de los países poderosos. Desgraciadamente, ganar la Copa tiene que favorecer al régimen del país, como ocurrió en la Argentina durante la dictadura militar, incluso con independencia de las posiciones políticas de sus jugadores. Sólo puede esperarse que los ganadores de la Copa del Mundo tengan regímenes aceptables».
El tema es materia rica para una reflexión que recién se inicia. *
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