Compra de armas: un fenómeno poco comprensible

Tal como se ha informado por estos días, América Latina ha incrementado notoriamente su presupuesto militar. Algunos países, concretamente Venezuela, Colombia y Chile, parecen haberse embarcado en una carrera armamentista que no encuentra justificación. Tal vez con la excepción de Venezuela, un país que ha sido catalogado como integrante del «eje del mal» por la administración Bush y que tiene por tanto una amenaza seria, el resto de los países latinoamericanos no parecen estar seriamente amenazados al punto de necesitar distraer tanto dinero en novísimas armas. ¿Contra quiénes, contra qué naciones habrían de emplearse los fusiles, tanques, aviones y todo el armamento sofisticado que casi todos los países están incorporando?

Sobre todo cuando se leen las estadísticas y las cifras de pobreza escandalosa en que viven millones de latinoamericanos resulta cruelmente paradojal que los gobiernos destinen recursos financieros a la compra de armas en vez de utilizarlos para mejorar las condiciones de vida de sus pueblos.

Esta carrera armamentista desenfrenada no condice con los llamamientos a construir la Patria Grande latinoamericana y hace dudar de las intenciones integracionistas de los gobiernos.

Hace un mes escribimos a propósito del Mercosur:

«La creación del Mercosur, a comienzos de los años noventa, pareció revivir el sueño de la Patria Grande, pero bastaron pocos años para que el bloque empezara a resquebrajarse en razón de la grosera prevalencia de los intereses de los dos colosos.

Hoy, a quince años de su nacimiento, el acuerdo regional aparece maltrecho. Y lo que más sorprende es que las desavenencias y los motivos de roces y conflictos se intensifican cuando en Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia y Venezuela tenemos gobiernos de neto corte progresista; una situación impensable unos años atrás.

Es ya un lugar común decir que el Mercosur así como está no nos sirve; lo ha dicho el presidente Vázquez, quien no pierde oportunidad de declarar la necesidad de fortalecer el Mercosur, de reformularlo sobre otras bases.

Salvo algunas voces aisladas que preconizan directamente el abandono del bloque, los dirigentes políticos de todos los partidos coinciden –con matices– en la necesidad de mejorar el acuerdo, de limar las asperezas y los motivos de fricción entre sus miembros, de modo que el bloque beneficie a todos y sea una verdadera alternativa a los afanes imperiales –estos sí nunca apaciguados– de formalizar el ALCA.

Sobre el propósito de mejorar el Mercosur no parece haber discrepancias. Las hay a la hora de determinar cuáles son los pasos a seguir en pos de esa mejora o de esa reformulación. Todo acuerdo o negociación implica, necesariamente, concesiones recíprocas. Esto, que parece tan elemental, no es tenido en cuenta por los dos grandes, que no están dispuestos a resignar sus ambiciones.

Debemos seguir bregando por el bloque regional, por ampliarlo y mejorarlo para hacerlo más equitativo. Pero corresponde a Buenos Aires y a Brasilia dar señales positivas en ese sentido y mostrar su disposición a ceder en lo que es justo».

Pues bien, la compra de armas de última generación por parte de gobiernos hermanos no parece ser una señal positiva para esa equidad que reclamamos y que es condición sine qua non para que la integración regional funcione aceitadamente. *

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