EEUU en Irak: la espiral de violencia

Desde que el 11 de setiembre de 2001 EEUU sufrió los brutales atentados que destruyeron las Torres Gemelas y causaron miles de víctimas inocentes, la espiral de violencia ha adquirido un ritmo vertiginoso.

Nadie puede dudar de que se trató de un típico acto terrorista si nos atenemos al concepto que cuenta con más consenso entre los juristas, quienes definen las acciones terroristas como aquellos actos perpetrados contra poblaciones civiles o contra personas ajenas al conflicto, y excluyen de esa tipificación las acciones que pueden cobrar víctimas inocentes pero cuyo objetivo tiene vinculación directa con los actores y/o con las causas del enfrentamiento.

Como era de prever, aquel ataque criminal tuvo por efecto unificar a la clase política y a la opinión pública estadounidense. Con el orgullo imperial herido, la Casa Blanca no tuvo dificultad en obtener el apoyo casi unánime para responder a su manera: con más violencia. Una violencia –dicho sea de paso– que también se manifestó hacia el interior de los EEUU por medio de medidas liberticidas que cercenaron los derechos y garantías constitucionales en aras del supremo fin de combatir el terrorismo y «defender a la patria en peligro». Una violencia que se resumió en la amenazadora expresión de Bush: «El que no está con nosotros, está en contra nuestra».

El primer objetivo militar fue Afganistán, país desde donde se suponía actuaba Al Qaeda dirigida por el mítico Osama Bin Laden. Y así como en EEUU existe la costumbre de poner nombre propio a los huracanes, la acción militar contra Afganistán fue bautizada «Justicia infinita».

Pero evidentemente, el verdadero objetivo militar no era Afganistán, donde resultó imposible hallar rastros de Bin Laden, sino Irak, viejo sueño imperial acariciado por Bush padre.

Para justificar esa nueva incursión bélica, la Casa Blanca se ocupó de convencer al mundo de que el gobierno dictatorial de Saddam Hussein estaba en posesión de temibles armas de destrucción masiva. Armas atómicas, químicas y biológicas conformaban un arsenal de funesto poder letal que podía ser usado en cualquier momento contra cualquier país occidental. A esa cruzada contra el mal liderada por EEUU se unieron en santa alianza la Inglaterra del laborista Blair, la Italia de Berlusconi y la España de Aznar. A sangre y fuego los aliados lograron derrocar el régimen de Saddam Hussein, capturaron al dictador y ocuparon el país.

No obstante, esa fulminante victoria militar se ha ido convirtiendo en una estrepitosa derrota política. Al cabo de cuatro años de guerra, la resistencia interna iraquí ha causado más de dos mil muertos a las tropas de ocupación. Desde luego que las víctimas civiles iraquíes suman decenas de miles, pero la cifra de soldados estadounidenses muertos es demasiado voluminosa teniendo en cuenta el optimismo de Bush y sus aliados al comenzar la ofensiva.

A esta altura de los acontecimientos, puede decirse que EEUU se halla empantanado. Obligado a mantener la ocupación, sufriendo ataques de ese «ejército de las sombras» que empezó a actuar después de la derrota de las tropas regulares iraquíes, con una opinión mundial adversa y con una opinión pública interna cada vez más opuesta a la guerra, el gran imperio no encuentra salida.

Deberá comprender y aceptar que al terrorismo no se lo combate con terrorismo, pues de ese modo se entra en una espiral de violencia incontrolable. *

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