Cuando la ideología se impone a la razón
Vivimos en un país de dimensión pequeña, con una economía de agudos altibajos que sobresaltan no solo a los llamados agentes económicos, sino además a los productores de riqueza que no pueden muchas veces hacer pie dentro del desorden imperante en la economía. El gobierno anterior, abierto en apariencia a la moda «neoliberal», fue capaz de sostener las ideas más peregrinas aunque las mismas, a la vuelta misma de la esquina, fueran otra demostración del nivel de atolondramiento que se vivía en las alturas del Edificio Libertad.
El tema de la producción de energía es uno de esos ejemplos, en el cual, sin tapujos, aparece la responsabilidad de toda una concepción ideológica del anterior Presidente de la República, que desde el mismo inicio de su mandato le impidió a UTE la concreción de centrales, ya proyectadas, que le hubieran permitido al país sortear la actual situación de emergencia y, quizás, hacer un buen negocio vendiéndole fluido a los vecinos.
Batlle, en su momento, dijo que no era posible que se utilizaran capitales estatales para concretar las obras que se entroncaban con el ingreso de gas al país. Por razones claramente ideológicas, impuso su criterio de ofrecer las obras –también la de modificar las fuentes de energía para la Central Batlle y Ordóñez– al capital privado, que obviamente no se mostró interesado.
Se perdió un tiempo valioso que se sorteó sin mayores contratiempos y con holgura, en razón de la caída del consumo en la Argentina que fue producto de la crisis que se vivió en el país vecino. Al modificarse la ecuación energética, las ideas de Batlle – lo que no es nuevo – mostraron su sinsentido. Uruguay necesitaba concretar soluciones para autoabastecerse de energía barata y no solo contar para las emergencias con las centrales Batlle y La Tablada, que son alimentadas con fuel oil, subproducto del combustible no renovable que más ha incrementado su precio.
Ni se hizo Casablanca ni se pasó a gas la Central Batlle, porque nuestro ex presidente, siguiendo sus convicciones ideológicas, obligó a los burócratas respectivos a ofrecer las obras a capitales privados que nunca aparecieron. Ni la panacea fue tal, ni con el suministro de gas a los hogares se produjo una caída de los precios a la tercera parte de las otras fuentes de energía, como nos contaron en su momento el inefable ministro de Energía de Sanguinetti, Julio Herrera, y otros burócratas que le «vendieron» al país un manojo de cuentos de hadas, seguramente más etéreos que los que siguen maravillando a los niños en las obras clásicas.
El país comenzó a depender enteramente de la producción de las centrales hídricas, Salto Grande, Rincón del Bonete, Baygorria y Palmar, cuya producción está vinculada al caudal de los ríos Uruguay y Negro y, por supuesto, de la interconexión con Argentina, de donde provenía toda la energía que nos hacía falta. Para suplir la caída de la producción y, en este caso, el corte concretado por Argentina, se depende de las centrales Batlle y La Tablada, que utilizan como materia prima el fuel oil.
Y, obviamente, no había ninguna razón para que esa lamentable situación cambiara por la sola voluntad de Batlle, un presidente que, en la mayoría de las ocasiones, se equivocó. Fueron años de limbo, que estuvo entre las grandezas que Julio María Sanguinetti mantuvo hasta el último día de su mandato hablando del mejoramiento de los índices que miden la condición social de un país, ocultando de paso el déficit con que cerraron las cuentas públicas. Luego vinieron Batlle y su escudero Bensión y la condición siguió inmodificada.
Esta es parte de una historia que todavía, desgraciadamente, se mantiene presente pese a la estabilidad macroeconómica lograda por el nuevo gobierno, signando a los uruguayos hasta nuevo aviso. *
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