Niños y jóvenes pobres estigmatizados
Desde que el Uruguay empezó a transitar la senda trazada por el neoliberalismo globalizado, los males derivados de la aplicación de ese modelo de crecimiento liberal, aperturista, concentrador y excluyente empezaron a hacerse visibles. Son los devastadores efectos sociales que los ideólogos del pensamiento único pretenden presentar como «costos inevitables» que toda sociedad debe pagar en aras del desarrollo y del crecimiento económico.
Dichos efectos son por todos conocidos e integran la parte medular de la «herencia maldita» que recibió el gobierno y que se resumen en pocas palabras: pauperización, marginación, fractura social, delincuencia.
Particularmente esta última, la delincuencia, es uno de los fenómenos sociales más visible y el que más alarma genera entre la población ya que son todos los integrantes de la sociedad, sin distinción de clases, quienes la padecen directamente. De ahí esa famosa sensación de inseguridad que viven los vecinos de todos los barrios y sus reclamos de mayor vigilancia a las autoridades.
En su discurso ante la Asamblea General, el 1 de marzo de 2005, el doctor Vázquez se comprometió –e invitó a todo el colectivo social– a trabajar por un país «donde nacer no sea un problema, donde envejecer no sea una condena y donde ser joven no sea sospechoso». Este último aspecto es de particular importancia ya que desde hace ya muchos años, los jóvenes –uno de los segmentos que padece la exclusión con mayor rigor– son percibidos por la mentalidad media de la sociedad como potencialmente peligrosos. Y así como es preciso reconocer la legitimidad de los reclamos de mayor seguridad, también es preciso reconocer que esos reclamos muchas veces exceden ciertos límites y se tornan peligrosos.
Nos referimos a ese sentimiento que poco a poco va ganando la sensibilidad de la gente común, que tiende a estigmatizar a los jóvenes y que puede llegar a asociar a niños y jóvenes con delincuentes potenciales. Sobre todo si se trata de individuos de esa franja etaria que ocupan los estratos más bajos de la sociedad. La triste realidad es que los niños y jóvenes de clase baja son percibidos como enemigos.
Un reciente informe del «Colectivo Rompesilencios» hace referencia a situaciones concretas que deben mover a reflexión:
«El pasado 9 de mayo, en la zona de Carreras Nacionales y General Flores, un adolescente fue encontrado sin vida y con dos disparos en el pecho, en circunstancias no aclaradas. Se trataba de un adolescente en situación de calle y que solía frecuentar los semáforos de ese cruce.
No es ésta la primera muerte violenta de niños o adolescentes en situación de calle. Año tras año venimos siendo testigos de homicidios de niños en esta situación, y nos preguntamos: ¿son homicidios en defensa propia o son ajusticiamientos por mano propia?»
Y en otro documento agrega otros datos puntuales:
«Niños, niñas y adolescentes torturados por vecinos para que se alejen de la zona de la Unión.
En Colón los vecinos se organizan para pedir que se baje la edad de imputabilidad.
En Casabó vecinos se organizan para tomar justicia por mano propia. ¿En contra de quién?
En Ciudad Vieja y en la Unión se contratan 222 y 223 para prohibir la circulación de niños y adolescentes por la calle».
Tal es la dolorosa realidad de una sociedad fracturada en la que niños y jóvenes son estigmatizados por una población atemorizada que no vacila en reclamar mayor rigor punitivo, mayor presencia policial y penas más severas sin advertir que la represión es incapaz de resolver problemas que no son otra cosa que manifestaciones, síntomas, de una patología social de causas profundas y complejas. *
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