Los mitos del batllismo

José Batlle y Ordóñez es una de las figuras más populares de nuestra historia. La enorme mayoría de la población asocia a Don Pepe con leyes sociales avanzadas, crecimiento económico, mejora de la calidad de vida, la existencia de una vasta clase media, armonía social, entre otras maravillas que pueden sintetizarse bajo la expresión «país modelo». Sin embargo, al analizar los hechos y no los discursos, nos encontramos con que la historia no es tan simple como parece. En particular, hay mitos que sólo se sostienen por el interés de algunos políticos y la deshonestidad intelectual de algunos historiadores.

A comienzos del siglo XX, nuestro país era, al igual que la Argentina, uno de los más ricos del mundo, lo que está demostrado por las estadísticas que se han reconstruido recientemente. Cuando Batlle asume su primera presidencia en 1903, se encuentra con un país próspero y pujante. Aunque las medidas proteccionistas que se habían aplicado desde 1875 nos habían frenado, aún seguíamos creciendo al mismo ritmo que los países desarrollados. Así que un mito que debería ser desterrado es el que supone que Batlle impulsa el desarrollo del Uruguay. Muy por el contrario, ¡en sus dos gobiernos el producto cayó! Y no sólo eso: a lo largo del siglo XX nos alejamos cada vez más del producto por habitante de los países ricos, lo que comienza a darse ¡desde los gobiernos de Batlle. Las políticas de Luis Batlle («mero pleonasmo de su tío») tan sólo profundizarán lo peor de un modelo que ya venía fallando desde comienzos de siglo.

También se piensa que Batlle era un hombre de gran visión, un estadista de fuste, que realizó las más formidables reformas de nuestra historia. ¿No es eso lo que nos contaron casi todos nuestros principales intelectuales? Lamentablemente el propio Batlle los desmiente y las estadísticas los pulverizan.

Batlle no era un intelectual. Sus ideas eran en general simplistas y equivocadas, definidas siempre por un apego difícil de entender al krausismo, una ideología de segundo orden largamente desprestigiada. Algunos de sus errores son especialmente trágicos, por ejemplo, pensaba que «es un gran error el querer abaratarlo todo, porque cuando todo se abarata, principalmente los artículos de primera necesidad, se abarata el trabajo del obrero, porque si lo que él produce vale muy poco, lo que gane no puede ser mucho». Tamaño disparate no puede ser justificado en una época en que estaba suficientemente claro que el valor del salario depende del valor que el trabajador agrega a la empresa y no del precio de lo que se vende. Otros errores de Batlle, como confundir rentas con beneficios, los miedos mercantilistas a la fuga de oro, el odio a las empresas extranjeras y la creación de monopolios legales, iban a pasar a formar parte indeleble de la forma de pensar de los uruguayos, por lo que aún hoy los sufrimos.

A esta altura del partido, debería estar claro que el estatismo y el proteccionismo de Batlle y Ordóñez no se debió a su genialidad, sino a sus equivocaciones, que nos desviaron del camino de prosperidad que había seguido el Uruguay liberal. Batlle fue un hombre bienintencionado y honesto, eso está fuera de discusión, pero estaba equivocado. Reivindicar hoy su obra o justificarlo porque era bueno no nos va a ayudar a reconstruir el país extraordinario que tuvimos y que podemos volver a tener. La tarea de desmitificar al batllismo es tan impopular como necesaria, más aún cuando lo que el país necesita son políticas antibatllistas, como reducir el costo del Estado, reducir los impuestos, terminar con los monopolios legales e impedir que el Estado se meta en la vida privada de las personas. De la comprensión de esto depende crucialmente que en el siglo XXI podamos desandar el camino de subdesarrollo que seguimos a lo largo de todo el siglo XX. *

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