De la diversión a la tragedia
Edgar Bellomo
El gobierno «divertido» que anunció el presidente Batlle no solamente sigue sin serlo, sino que parece agravarse aun más el triste y doloroso discurrir de los últimos períodos.
Creo, además, porque surge de las propias expresiones del primer mandatario en ocasión de uno de sus tantos diálogos con el doctor Tabaré Vázquez, que ni siquiera a él le está resultando divertido. Si así fuera, no alcanzaría toda la frivolidad del mundo para compatibilizar ese estado del espíritu (divertido-agradable) con la frase «no, usted no tiene idea de cómo estamos…».
Así que, una de dos: o siguen sin concretarse los anuncios positivos y habrá que esperar el calorcito, o no nos están diciendo la verdad.
Como no debo especular ni presumir intenciones, a los hechos me remito.
Y no es que a mí me parezca así; puede preguntarse a los trabajadores de Metzen & Sena si hay algo divertido en la situación que enfrentan, o a los del Frigorífico Pando, o a los de Alur, etc. etc. Puede también preguntársele a cualquier comerciante en cualquier punto del país, si le resultan divertidos su trabajo o sus perspectivas de futuro. O a los más de 200 mil desocupados y a los casi 400 mil que trabajan en forma por demás precaria cómo están viviendo.
Si observamos a la gente –y para esto es imprescindible salir a la calle, trascender el cristal que a veces nos separa de la realidad y que aun viendo, nos impide sentir el frío o los olores y dolores–, a los miles y miles de uruguayos cada día más grises, veremos que la diversión es hoy un privilegio, un lujo inalcanzable para aquellos a los que la vida golpea duramente, condenándolos a «comer salteado».
Claro está que las soluciones pueden ser discutibles; lo que es seguro es que no aparecerán rápidamente, y esto no es lo más grave. Lo peor es que –a mi juicio– no transitamos el camino que nos llevaría a ellas y, por tanto, en vez de acercarnos, nos alejamos diariamente.
¿Estamos en el mundo del revés? ¿Quién es, realmente, el que dice NO a todo? ¿Somos los que efectivamente nos oponemos a la venta de Ancel y de Antel? ¿O son los que dicen NO a todas las alternativas que responsablemente proponemos para mejorar la calidad de vida de nuestra gente?
Cuando planteábamos el Plan de Emergencia, que en una primera etapa insumía un gasto de aproximadamente 300 millones de dólares, se nos dijo que NO, que esas cifras eran «palabras mayores».
Sin embargo, ese mismo monto debió ser emitido en bonos para afrontar otra «emergencia pública» hace muy poco tiempo.
Cuando alguien dijo o insinuó la posibilidad de utilizar parte de las reservas que el país tiene para invertir en obra pública, contestaron que NO era conveniente, aunque ahora se sabe que igualmente seguimos vendiendo el oro, eso sí, a precios cada vez más bajos y no para invertirlo productivamente. y seguimos pagando una deuda contraída/impuesta que nos condiciona y nos atormenta.
Sin entrar en consideraciones acerca de la legitimidad o la moralidad de esa deuda, ¿no resultaría conveniente juntarnos con otros países hermanos a los que les pasa y les pesa lo mismo, para obtener mayor fuerza en las negociaciones? La respuesta es, obviamente, NO una vez más.
Cuando no hace mucho en el Parlamento consideramos el proyecto de ley por el que se establecía que los empleadores públicos y privados retendrían el importe que voluntariamente los trabajadores verterían a sus sindicatos para luego volcarlo a la organización social correspondiente, y nada más que eso, los integrantes de la mayoría de la Cámara dijo NO y entonces el referido proyecto volverá a la comisión y a remar otra vez.
Un último ejemplo por esta vez: antes nos «vendían» este modelo globalizador como la panacea; hoy, buscando siempre defender lo indefendible, nos explican que NO se puede cambiar, que NO podemos apartarnos de esta receta.
Como quien esto escribe no se resigna a aceptar calladamente esa supervivencia del más apto (y los demás que se las arreglen como puedan) y cree que las soluciones son posibles, es que se siente en la obligación moral y política de formular la siguiente advertencia a cualquier oído receptivo: de continuar este camino, este gobierno –que pretendió ser divertido– corre el riesgo de terminar siendo un gobierno trágico para el país.
Hoy, lejos de divertido, está resultando tremendamente doloroso para la mayoría de los compatriotas. Pero atención: el hecho de estar tocando el fondo del pozo no constituye ninguna garantía de que el mismo no sea más profundo aún mañana.
*Diputado de Alianza Progresista. EP-FA
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