Uruguay, EEUU y las relaciones comerciales
La historicidad de los hechos y acontecimientos se establece, generalmente, en los 30 años, criterio que como todo criterio- no deja de ser arbitrario; pero que ciertamente sirve para algo: la Historia, en cuanto disciplina científica y de conocimiento humano, gana en capacidad de análisis una vez transcurrido cierto tiempo de los hechos estudiados. Ya se sabe, no es lo mismo opinar con los hechos «en caliente», que con la natural perspectiva que brinda el paso del tiempo.
Lo mismo vale para los hechos periodísticos. Resulta indudable que la reciente gira presidencial por los EE.UU generó sobrados hechos periodísticos, y sus consiguientes artículos, notas y editoriales. Aun no se han acallado del todo, sobre todo lo que tiene que ver con la posibilidad de lograr un acuerdo comercial más amplio con la potencia del Norte, y más específicamente, el tema de firmar o no un Tratado de Libre Comercio (TLC).
Parece bastante claro que ya hay individuos y sectores que han tomado y formado una opinión sobre el tema. Por un lado están aquellos que aduciendo cuestiones ideológicas e históricas se oponen enfáticamente a la propuesta de un TLC; y por otro, están aquellos que en aras del «ser pragmáticos» ya le han dicho que sí a esa posibilidad.
Creo que ambas posiciones, si bien respetables, son erróneas y parten de premisas equivocadas.
Profundizar las relaciones y lazos comerciales con otro país, sea cual sea, significa solamente eso: que existe un mutuo interés en aumentar las relaciones comerciales entre ambos. No implica que aceptemos las políticas internacionales de ese país, se trate de los EE.UU o de cualquier otro con el cual tengamos intercambio comercial.
Y voy a ser aun más claro: si este gobierno opta, finalmente, por aumentar las relaciones comerciales con los Estados Unidos, eso no implica de ningún modo una aceptación de la ilegítima e ilegal invasión de Irak, ni que vayamos a olvidar las invasiones militares protagonizadas por sus marines, ni los golpes de Estado y dictaduras apoyadas a lo largo y ancho del mundo.
Si pretendiéramos cobrar esas cuentas a través del comercio, ni siquiera tendríamos que permitir las exportaciones hacia ese país. Por ejemplo, Chávez no es menos anti-imperialista por venderle petróleo a los EE.UU.
Me preocupan más, sin embargo, los otros. Los que supuestamente con una mirada «pragmática», critican la ideologización de quienes se oponen y aun de quienes decimos que es una posibilidad interesante que merece ser estudiada.
Y me preocupa más, porque detrás de ese supuesto pragmatismo, en realidad se esconde una mirada tan ideologizada como la de aquellos que se oponen tenazmente. Me pregunto, ¿cómo pueden estar de acuerdo con algo que por ahora es una entelequia?, ¿cómo pueden estar de acuerdo con la firma de un Tratado que no pasa de ser una posibilidad y del cual no se ha redactado ni su primera oración? Una vez que formulamos estas preguntas, el discurso «pragmático» queda absolutamente desnudo y vemos claramente lo que es: la «leyenda rosa» del TLC, que busca oponerse a la «leyenda negra».
Entonces, para poder fijar una opinión realmente fundada obre el tema, deberíamos esperar a que avancen las charlas y negociaciones de la Comisión Bilateral de Comercio.
Por supuesto, entendemos que haya ciertos sectores de actividad que tengan enormes y fundadas esperanzas en un mejoramiento de las relaciones bilaterales de comercio con los EE.UU. Pero nosotros no podemos ni debemos- gobernar pensando solamente en los posibles beneficios de algunos, sino en el mayor bien común posible.
Como se sabe, todo acto, todo hecho tiene sus impactos positivos y negativos; y decidir cuáles son más importantes no es una tarea sencilla para nadie, y donde también entran a jugar diversas consideraciones e interpretaciones. Si fuera un tema de lógica pura, bastaría con ingresar datos a una computadora y que esta resolviera el dilema.
Pero las cuestiones humanas nunca resultan tan sencillas, ni son fácilmente reducibles a una cantidad de índices y variables mensurables. Hay mucho de intangibilidad también, y la incertidumbre es un factor que nunca podemos obviar ni erradicar totalmente, aunque sí podemos intentar minimizar.
Si por un lado disminuyen los aranceles para la exportación de carne, ¿cuál será el impacto sobre el precio de la misma en nuestro mercado interno?; si aumentamos nuestras exportaciones con destino a los EE.UU, ¿no estaremos cayendo otra vez en el mismo error de ser excesivamente dependientes de un solo mercado?; ¿y qué hay de las asimetrías entre ambos países?, ¿un TLC fomentará que podamos exportar mayor cantidad de bienes industrializados y procesados… o solamente servirá para seguir exportando bienes primarios?
Estas son, simplemente, algunas dudas e interrogantes que me surgen mientras escribo esta nota. Por tanto, lejos de las leyendas «negras» y «rosas», debemos tener la amplitud suficiente como para afrontar y encarar este tema.
Porque gobernar es tomar decisiones que procuren el mayor bien común posible y permitan nuestro desarrollo nacional. Gobernar es, también, adoptar decisiones sobre temas y cuestiones que traerán consecuencias. Gobernar implica estudiar todas las posibilidades, sin descartar ninguna a priori. Nuestra fuerza política fue votada para gobernar; no puede ni debe dejar de hacerlo, de otra forma le estaríamos fallando a todos quienes nos dieron su voto y al país entero. *
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