Los "errores" de Bush

Desde que el 11 de setiembre de 2001 el corazón del Imperio fue atacado y sufrió el terrible golpe terrorista que causó miles de víctimas y cuantiosos daños materiales, el mundo globalizado ha asistido a una feroz escalada de violencia.

Al tiempo que la política internacional de Washington se volvía cada día más dura e intransigente y preconizaba la doctrina de la guerra preventiva como sustento ideológico para invadir Afganistán e Irak, en el ámbito interno las libertades «burguesas» se eclipsaban para dar paso a una guerra preventiva interna que no tuvo inconveniente en soslayar la vigencia de los derechos y garantías individuales que fueron el sustento doctrinario de la democracia liberal moderna, surgida del pensamiento enciclopedista.

Hacia 1976 Ernesto Sábato había escrito lo siguiente:

«Una vez más, los acontecimientos históricos nos enfrentan al clásico problema, cuando diferentes movimientos cometen atrocidades invocando fines nobilísimos». No olvidemos que por aquellos tiempos comenzaba a afianzarse en Argentina la dictadura militar responsable de tantos horrores, una dictadura que contó con el apoyo de individuos que se proclamaban católicos. Continúa el escrito argentino:

«…es escandaloso lo que sucede con ciertos cristianos que, en nombre de Dios olvidan las enseñanzas evangélicas; en nombre de la Patria abominan de los fundamentos sobre los que se construyó, y en nombre del Hogar colaboran en la destrucción física de tantas familias». (…)

En este triste examen de fines y medios llegamos a la conclusión de que hay algo seguro de lo que no podemos dudar: los medios no pueden ser perversos, y es trágicamente ilusorio perseguir grandes fines con medios innobles».

El caso de la política exterior estadounidense es un claro ejemplo de cómo la afirmación maquiavélica de que el fin justifica los medios mantiene plena vigencia. Elevando la lucha contra el terrorismo al rango de fin supremo para salvar la democracia, la libertad, y los derechos y garantías individuales, la estrategia –vale decir los medios– empleada por el gobierno de George W. Bush no ha vacilado en apelar a los medios más horrorosos; y lo peor es que no se han revelado eficaces para lograr el fin perseguido.

Precisamente la guerra preventiva llevada a cabo contra Afganistán e Irak –y próximamente tal vez contra Irán– se ha convertido en un trágico emporio de violaciones a los derechos humanos más elementales. Independientemente de los efectos que toda guerra acarrea (destrucción de bienes materiales e innumerables víctimas inocentes entre la población civil), las denuncias de tratos inhumanos y degradantes a los prisioneros de parte de las tropas de ocupación convierten este conflicto en una muestra monstruosa de los niveles que puede alcanzar el desprecio por el ser humano. El mismo desprecio de que hicieron gala los terroristas que perpetraron los ataques contra Nueva York, Madrid y Londres. O sea que para combatir el terrorismo se recurre a sus mismos métodos.

Pero quizá lo más terrible de todo este infierno sea el comentario de Bush ante las pruebas de tratos degradantes contra prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. «El mayor error que ocurrió hasta ahora ha sido Abu Ghraib», dijo el mandatario estadounidense. Que alguien sea capaz de catalogar la tortura, el maltrato físico y psicológico infligido a prisioneros indefensos como de «error» resulta por demás elocuente del modo de pensar y de sentir del amo del imperio. No difiere en mucho del modo de sentir y pensar de los centuriones que usurparon el poder en nuestro país y que ni se avergüenzan ni se arrepienten de las aberraciones cometidas. *

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