Lecciones de la Historia
Analista uruguayo radicado en Noruega
El año pasado apareció en noruego el libro del médico y psiquiatra también combatiente en la segunda guerra mundial, Leon N. Goldensohn, «Nürnberg-intervjuene». Se trata de la recopilación de algunas entrevistas psiquiátricas hechas por el autor a los jefes de más confianza de que dispuso Hitler durante el período nazista en Alemania. Robert Gellately escribió el prólogo del libro donde pone al descubierto detalles muy interesantes sobre los prolegómenos y discusiones de los tres grandes, Stalin, Churchill y Roosevelt, en relación al destino final de los responsables de la catástrofe mundial que fue el nazismo con todos sus crímenes abominables. Durante la conferencia de Teherán del 28 de noviembre al 1 de diciembre de 1943, más concretamente durante el almuerzo del día 29 de noviembre, Stalin comentó como al pasar que si al finalizar la guerra 50.000 (cincuenta mil) líderes militares nazistas son arrestados y pasados por las armas (ejecutados), el peligro militar alemán desaparecería. Churchill quedó escandalizado y sorprendido ante la voluntad liquidadora de Stalin, ya que para él bastaría con que 50 o 100 líderes nazistas fueran juzgados. El parlamento inglés jamás aceptaría tamaña ejecución, argumentaba Churchill. Roosevelt en cambio reaccionó de manera más positiva a la propuesta de Stalin. Después de la reacción de Churchill, Roosevelt reconoció que las fuerzas aliadas no deberían matar a 50.000 nazis, pero deberían matar sí solamente 49.000, y seguramente el ejército de USA apoyaría esta medida.
Lo que resultó al final es de todos conocido: muchos de los siniestros jefes nazis como por ejemplo Hermann Göring resolvieron suicidarse, pero muchos salvaron el pellejo huyendo al «exterior», como Mengele. Por suerte algunos fueron capturados y ejecutados por sus propias víctimas, como fue el caso de Adolf Eichmann.
Muchos años después de esto, leí en el suplemento semanal de El País de España los detalles de la ejecución de Anastasio Somoza. No recuerdo si alguien pidió perdón, tampoco recuerdo si alguien cometió el atrevimiento de perdonar. Dijo Borges en Nicaragua el día que los sandinistas tomaron el gobierno: «nuestra venganza será el perdón», ¡y así le fue al gobierno sandinista! ¿Quién se hace responsable de las víctimas de la «contra»?
En Sudáfrica la cosa todavía es difícil, pero el jucio, y más que ello, la verdad sobre lo acontecido fue posibilitando una convivencia. En nuestro país, los pedacitos de verdad, los hemos ido desenterrando nosotros, muchas veces de entre mentiras oficializadas. Hoy si algo sabemos, es porque la gente se cuenta las heridas que no acaban de cicatrizar; un desaparecido no está muerto: ellos, los criminales, lo saben, por eso los hicieron desaparecer.
No sé a quién se le ocurrió la idea de que alguien pidiera perdón, y mucho peor, ¿quién se cree con el derecho de perdonar? Si alguien puede y tiene derecho de perdonar es Elena Quinteros, por solo dar un nombre, que más que una persona es y seguirá siendo un símbolo de dignidad y lucha.
No, cincuenta mil es una barbaridad, pero ¡cuarenta y nueve mil sería lo justo! *
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