De espaldas al país
La dirigencia de los partidos tradicionales vive horas de efervescencia, apenas disimulada por pretendidas señales de «desinterés por los cargos», «patriótico desprendimiento» y «altruismo en función de los intereses generales del país».
Una prosa conocida.
Cualquier ciudadano que encuentre similitud entre esta y otras «actuaciones» similares, en período como este de «asignación de responsabilidades», no es más que un escéptico empedernido, un profesional de la desconfianza y un dudón acerca de los jubilosos destinos que le esperan al país con el futuro gobierno surgido de las elecciones de octubre y noviembre pasados.
El hecho es que el verano ha puesto en carne viva las pesadas tensiones sobre las que se construyó la victoria electoral del continuismo en la primavera pasada.
Dos factores –esenciales al sistema– afloran ahora con fuerza.
Por un lado, los partidos tradicionales, más allá de algunas figuras aisladas, sin peso significativo en la conducción de los aparatos partidarios, sobreviven gracias a su relación «prebendaria» y clientelística con el Estado.
Desprovistos de toda propuesta programática original y transformadora, los partidos del sistema carecen de «ideas-fuerza» capaces de generar corrientes reales de adhesión en la ciudadanía.
Por supuesto que dentro del Partido Nacional –el más traumatizado en todo este largo período posterior al gobierno de Lacalle- las invocaciones a Wilson Ferreira son reiteradas hasta el hartazgo, pero no hay por parte de los líderes ninguna aproximación ni siquiera remota a la visión de conjunto y espíritu de renovación y lucha que en su momento encarnó el líder desaparecido.
La ausencia de propuestas para el país, el infernal y sordo «catch-as-can» por los cargos estatales que los ocupa, ha puesto a la dirigencia de los partidos tradicionales de espaldas a la sociedad.
Por supuesto que no faltan las consabidas referencias a que «primero está el país y sus problemas» y «lo que verdaderamente importa son las angustias de la gente», ilustradas con referencias a la sequía, la falta de forraje, el peso excesivo de los impuestos en el sector agropecuario, la caída de las exportaciones o el fracaso de la temporada turística.
Pero se trata de frases hechas, prosa de ocasión destinada a ocultar que el centro de las preocupaciones de gran parte de la burocracia política se encuentra en sus propios problemas, en las condiciones de su sobrevivencia como personeros en el aparato estatal.
Hay otro elemento, hijo también de los acuerdos primaverales antiprogresistas, que está ahora aflorando con vigor.
Se trata de la dificultad que encuentran, sobre todo los blancos, para mostrar ante la ciudadanía una identidad propia, después de cinco años de gobierno de coalición, de apoyar –formal y militantemente– al candidato colorado en la disputa por la presidencia de la República.
La solemne consagración de este acuerdo, el 9 de noviembre pasado, y el eufórico patrullaje cazavotos desplegado por el doctor Lacalle en las semanas previas a la elección, soldaron irreversiblemente al Partido Nacional con el gobierno colorado presidido por Batlle.
Por eso resultan patéticas y hasta pueriles las pretensiones de algunos dirigentes nacionalistas en el sentido de que no integrar el gabinete ministerial permitiría al Partido Nacional exhibir una fisonomía independiente con relación al gobierno.
Lo dramático de la situación, para los blancos, es la coincidencia del momento político de constitución del gabinete con la intensificación de la campaña electoral por la conquista de las intendencias municipales.
Como resulta claro, este conjunto de circunstancias estaban ya presentes en los períodos previos a la configuración del actual cuadro político partidario.
En cierto sentido estaban en estado latente en el momento que se discutió y se aprobó, en diciembre de 1996, la reforma constitucional que introdujo el balotaje y separó las elecciones municipales de las nacionales.
Lo que por entonces los dirigentes conservadores que dominan a los partidos tradicionales no pudieron prever es el gran impulso que adquiriría la acumulación de fuerzas en torno a los candidatos progresistas y la posibilidad firme de que ahora disponen de alcanzar la victoria en otros departamentos.
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