Vigencia de la laicidad
El respeto a la laicidad en la Educación y el valor que ella tiene para la sociedad uruguaya es tan grande, que es muy difícil encontrar detractores que la ataquen custionándola públicamente.
Por eso quienes no tienen actitudes laicas han utilizado el procedimiento de fomentar los dogmatismos y la ignorancia, por la vía de hacerlo en nombre de la propia laicidad: con un ropaje simpático han vestido una sustancia totalmente antagónica
El súmmum de ello se registró en la dictadura: con libros y opiniones prohibidas, con docentes destituidos por pensar distinto al régimen, por la persecución de quienes no comulgaban con el adoctrinamiento antidemocrático y por la proclamación de la verdad oficial. Todo en nombre de la democracia y de la laicidad.
Sin llegar a esos extremos, en nombre de la defensa de la laicidad (la que no puede admitir trabas para el conocimiento), se ha fomentado la ignorancia –consciente o inconscientemente–, tal el caso de negarse a la enseñanza de la historia reciente o a la educación sexual.
La laicidad significa libertad de conciencia, respeto al ser humano y a la diversidad, espíritu científico, exposición integral de todas las opiniones. Por tales razones ella está reñida con la ignorancia.
Se ha argumentado que la subjetividad del docente, inmerso en una historia vivida en cuyo proceso ha tomado opciones, implica el riesgo de dogmatizar la enseñanza no apegándose a los hechos y mutilando la exposición de las distintas interpretaciones existentes. En nombre del riesgo se decreta la ignorancia y por tanto se viola la laicidad.
Los riesgos son inherentes a la vida misma y hay que enfrentarlos con mayor información, con mayor cristalinidad, con el fomento de las conductas éticas. Y si alguna situación anómala se registra para eso están las normas creadas a tal fin.
Si alguien pretende violar la laicidad no precisa hacerlo con la historia reciente, o puede hacerlo con la pretérita: enseñando por ejemplo los colonialismos en el Africa o los pensamientos de otros siglos como Platón, Marx, Jefferson,. O con la revolución rusa de 1917.
El sistema educativo es el ámbito privilegiado por excelencia, no el único, para abordar también el estudio de la historia reciente. No hacerlo significaría una grave omisión. Si un niño pregunta que fue la dictadura y qué pasó en ella, cómo se reinstauró la democracia o aspectos de la vida política, económica o social, ¿hay que negarle la información?
Es más, tenemos la obligación de planificar la enseñanza de dicha etapa, no ocultarla, respetar al alumno en su libertad de conciencia y en su necesidad de saber.
La vigencia de la laicidad en la Educación significa aire fresco, una actitud cristalina ante la vida y la realidad, el conocer para tener la libertad de poder optar.
No significa neutralidad ante los valores compartidos por la sociedad. No puede haber neutralidad entre democracia y dictadura, ni entre libertad y opresión.
Por estas razones es que saludamos la decisión de las autoridades de la Educación de incluir la enseñanza de la última parte de nuestra historia, de terminar con una actitud deliberada de ocultarla y de hacerlo con una actitud tan cristalina y normal, de que lo propios padres podrán conocer cómo se hará ello.
Ventanas cerradas se están abriendo, aire fresco penetra por ellas, la laicidad gana terreno, el alumno y la sociedad uruguaya se ven beneficiados.
Tampoco comprendemos cómo ha tenido que llegarse a este período para que con convicción plena se alejen los tabúes de la educación sexual.
Estos temas también deben estar presentes en el debate educativo en el que debemos participar todos, discutiendo libremente y aprendiendo todos de todos, para que el fermento de ello nos mejore en información, en actitudes y en decisiones, y para que la futura Ley de Educación también se nutra de la deliberación en torno a esta temática. *
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