La redefinición de la izquierda o una saludable autocrítica
El sábado pasado el doctor Tabaré Vázquez no sacudió las raíces de los árboles pero sí provocó un importante sacudón en la dirigencia, la militancia y los adherentes del Encuentro Progresista-Frente Amplio.
La tan postergada evaluación de los resultados electorales registrados en el año transcurrido entre abril de 1999 y mayo de 2000 –evaluación más que necesaria y que todos (tirios y troyanos) estaban aguardando– tuvo su primer planteo en el Plenario del sábado pasado, cuando el presidente de la coalición de izquierda arrojó sobre la mesa de diálogo su punto de vista al respecto.
No vamos a pronunciarnos –no nos corresponde hacerlo– sobre el contenido de las reflexiones del doctor Vázquez adhiriendo a ellas o rechazándolas. Pero creemos sí necesario resaltar lo trascendente de la instalación de un debate fermental.
Lo primero a destacar es que el presidente del EP-FA llamó a reflexionar sobre la performance electoral de ese partido apelando al espíritu crítico para no atribuir la derrota de noviembre –a manos de la entonces informal coalición de blancos y colorados– a factores ajenos a la coalición de izquierda. Sólo en la medida en que se asuman responsabilidades, se estará maduro para corregir errores y modificar comportamientos.
Cuando un dirigente de la talla del doctor Vázquez –presidente de una fuerza política y su líder natural indiscutido– propone un debate sobre la base del reconocimiento de los errores propios, está señalando el rumbo correcto.
El EP-FA fue la fuerza política más votada en octubre (y en las municipales de mayo) pero fue la segunda fuerza en el decisivo balotaje de noviembre. A partir de entonces, ya no se puede hablar de un electorado dividido en tercios: el mapa político uruguayo exhibe una marcada polarización entre una fuerza que aglutina las corrientes progresistas favorables al cambio y una coalición conformada por los dos partidos tradicionales identificados con el statu quo y con los intereses conservadores.
A tal punto ello es así, que desde el año pasado, se vienen verificando desprendimientos de dirigentes y sectores que militaban en los partidos tradicionales al advertir que éstos han agotado sus ofertas y no dan cabida a propuestas de corte progresista. Luego de la ruptura de Víctor Vaillant con el Partido Colorado, ha trascendido la intención del ex diputado Rubén Martínez Huelmo de abandonar el Partido Nacional donde había militado desde siempre. Ayer se supo que el médico fernandino Héctor Volonté también se ha desvinculado del Coloradismo para pasar a militar en el EP.
Todos estos movimientos son confirmatorios de esa polarización de que hablamos, entre dos proyectos de país, nueva situación que exige definiciones y decisiones de enorme trascendencia.
Mientras los partidos tradicionales permitían la convivencia –merced al perverso mecanismo del doble voto simultáneo–, pensamientos tan dispares como los de, por ejemplo, Manuel Flores Silva y Pablo Millor en el Coloradismo, o Wilson Ferreira y Mario Aguerrondo en el Nacionalismo, resultaba muy difícil que se verificaran deserciones.
Pero ahora –y reforma constitucional mediante– el panorama es muy otro. Y las corrientes progresistas y sus dirigentes advierten que las viejas colectividades ya no les reservan espacios.
Es por ello que la instalación de un debate que abarque la autocrítica del accionar reciente, así como una reformulación hacia el futuro, debe ser visto como un elemento imprescindible para el desarrollo de las fuerzas progresistas, que deben ofrecer a las nuevas corrientes decepcionadas de los partidos conservadores el lugar de militancia, de pensamiento y de debate que las viejas colectividades les niegan.
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