Frente al Hotel Liberty de Buenos Aires
VOLVIA DE la manifestación del sábado 20 con la emoción siempre renovada en esta fecha del reencuentro con los compañeros, de oír uno por uno el nombre de los desaparecidos y evocar a tantos conocidos en su vida y en su militancia, y de pasar revista a sus imágenes en la Plaza Libertad. Y me encuentro con la noticia del acto que esa misma tarde uruguayos y argentinos realizaron frente al emblemático Hotel Liberty de Buenos Aires, sobre la avenida Corrientes casi esquina Florida, desde donde fuera secuestrado Zelmar Michelini en la noche del 18 de mayo de 1976.
Nuevamente vuelven a aflorar las vivencias de aquellos días. En esa fecha, cerca de la medianoche, me encontré con Zelmar Michelini precisamente en esa esquina. Y aunque este episodio lo he contado varias veces y está grabado, esos recuerdos se reavivaron ahora, en ocasión del acto efectuado a iniciativa de organizaciones de derechos humanos, autoridades de ambos países y residentes uruguayos en la vecina orilla.
Zelmar retornaba al hotel desde su trabajo de periodista en el diario La Opinión de Jacobo Timerman, en la calle 25 de Mayo, y yo salía del mío en la agencia Prensa Latina, sobre la avenida Corrientes, para tomar el último metro rumbo a Medrano. Esa vez coincidimos casualmente, aunque en varias otras oportunidades nos habíamos concertado para «cambiar figuritas», como él decía, sobre lo que acontecía en el país, o a veces yo le llevaba informaciones a La Opinión. Concluida la charla yo me quedé en la esquina mirándolo alejarse, con paso nervioso y un tanto encorvado, hasta que penetró en el cono de luz de la entrada del Hotel. Poco después estaría comenzando el operativo del secuestro de Héctor Gutiérrez Ruiz en el apartamento de la calle Posadas, cerca de Retiro.
A primera hora de la mañana siguiente recibimos en la agencia la visita del hijo mayor de Zelmar, el «Chicho», a quien yo conocía por haber sido compañero de mi hija en el Dámaso. Estaba azorado, muy pálido pero sumamente lúcido. Nos contó rápidamente los detalles del secuestro (lo que él pudo percibir con la cabeza tapada por una frazada y con una pistola en la sien), pero lo que trasmitió esencialmente es que la vida de su padre corría riesgo inminente y era preciso difundir esa noticia al mundo sin tardanza. Es lo que hicimos por todas las vías posibles, por los canales noticiosos y los contactos con periodistas, principalmente. Siguieron dos días de angustia hasta que aparecieron los dos cadáveres el día 20 en el baúl de un auto junto a los de la pareja Whitelaw-Barredo y era secuestrado como parte del mismo operativo al Dr. Manuel Liberoff, que ha pasado a integrar la lista de los desaparecidos.
Me he encontrado asimismo con un reportaje a Alem García, que ocupó una banca de la Cámara de Representantes durante varias legislaturas, habiendo desempeñado incluso la presidencia del Cuerpo, y brinda opiniones muy fundamentadas sobre el tema por haber integrado la Comisión Investigadora parlamentaria sobre los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz. En primer lugar, refresca la memoria sobre un elemento de juicio fundamental: la entrevista de Wilson Ferreira Aldunate con el ministro del Interior argentino general Albano Harguindeguy (cuando todavía los dos legisladores compatriotas estaban con vida), la cual revela el papel miserable desempeñado por la cancillería uruguaya a cargo del Dr. Juan Carlos Blanco en su secuestro y ulterior asesinato. Un segundo aspecto confirma la disposición del teniente general Hugo Medina de guardar en su caja fuerte las citaciones del Poder Judicial a los militares involucrados en los crímenes de la dictadura, de lo cual deriva la responsabilidad de los gobernantes de la época. Lo tercero es la peripecia azarosa que vivió Wilson Ferreira Aldunate aquellos días, ya que resultó ser el primero cuyo domicilio en Buenos Aires fue visitado por los secuestradores, y casualmente no se encontraba allí por haber resuelto pernoctar en su establecimiento de campo en la localidad de Azul, provincia de Buenos Aires.
Aquí vuelven los recuerdos porque en ese pequeño apartamento de la calle Lavalle lo visitamos con Alberto Suárez y otro compañero, cuando el objetivo fundamental era conjuntar a todas las fuerzas contra la dictadura. Con ese fin, y para denunciar en Argentina y en el mundo al régimen dictatorial, habíamos constituido un grupo de trabajo que integraban, además de los dos legisladores asesinados, dos actuales ministros (Gargano y José Díaz), el catedrático Alberto Pérez Pérez, Julio D’Elía (luego desaparecido, sobrino del Pepe D’Elía) y el autor de estas líneas, y que funcionaba con la tenacidad y el impulso permanente del ex rector Oscar J. Maggiolo. Todo esto vuelve a primer plano ahora, treinta años después. *
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