Los nuevos héroes de la ciudad

Uno puede imaginar, con cierto grado de razonabilidad, que ciertos trabajos lleven implícitos riesgos de vida para quienes los realizan. Un bombero, un policía, un albañil que trabaja a grandes alturas, en fin tantas actividades a las que finalmente quien las desempeña y su familia terminan por considerarlas un riesgo calculado refugiándose en la ilusión de que a los suyos no les pasará nunca nada malo.

En el caso de los trabajadores del servicio de transporte de pasajeros, en ómnibus y taxis, el tema se ha tornado desesperante. Es así que hoy trabajar conduciendo un ómnibus o un taxi en ciertas zonas de Montevideo, es una actividad de tan alto riesgo, que está llevando a quienes allí trabajan y a su gente, a vivir en la angustia de que en cualquier momento algo terrible les termine sucediendo.

Las cosas se dan de un modo dramáticamente simple. En determinados momentos y en ciertas zonas de la ciudad, choferes y guardas son encañonados con armas de fuego en poder de delincuentes de todas las edades, con una actitud en común en todos ellos. Actúan con una gran agresividad y mostrando que están dispuestos a todo. El asalto, la rapiña, el llevarse el dinero, la amenaza, alguna vez el disparo y la herida o la muerte de trabajador, pero siempre la angustia, están presentes a diario.

Muchas veces la policía atrapa a esos delincuentes, y los envía entonces al Juez Penal o de Menores de turno. Naturalmente allí van al día siguiente, chofer y guarda a reconocer a sus rapiñeros y agresores. Bajo la supuesta protección de la no visibilidad, pero con la simple razón de que el asaltante sabe que quien lo está identificando es el que conducía o era el guarda del bus que él asaltó un poco antes. Lo sabe ese asaltante detenido, y todo su entorno, desde el familiar, que muchas veces conoce las andanzas delictivas, y también lo saben muy bien sus cómplices, mandamás y amigos del «barrio» entre comillas.

Desde allí esos trabajadores vuelven a su trabajo, solos de toda soledad si no fuera por la protección que les brindan sus empresas y sus compañeros de trabajo y por una policía de numero insuficiente, superada por una abrumadora mayoría de menores dispuestos a todo con largos prontuarios de experiencia, que cuando tengan unos años más, los consolidará como avezados delincuentes, contra los que deberá lidiar un sistema social que los padece ya hoy, pero que parece hacerse el distraído respecto de la magnitud del problema agravado por las drogas y el alcohol.

Los vecinos de esos barrios, que por pobres no dejan de ser muy honrados, están desesperados. Saben que si esto sigue así, un guarda o un chofer deberá ser casi un héroe para llevarle y traerle a diario a trabajar o a vivir su vida, mientras desespera esperando a sus hijos y familiares muchas veces haciendo guardia en la parada con un cuchillo de cocina en el bolsillo.

Manejar un bus por muchas horas, tratando con un pasaje muchas veces impaciente, con gente que respeta y otra que no, con un tránsito endiablado, con calles mal señalizadas, con pavimentos rotos o en interminables reparaciones a las peores horas y lugares que les obligan a maniobrar moles de longitudes y pesos enormes entre la gente que camina por las calles, o circula en bicicletas mientras muchos de esos buses van con poca gente, o sorteando carros tirados por extenuados caballos que circulan desbordados, mientras el chofer muchas veces también cobrador, debe hacer maravillas para satisfacer a todos y hacerlo en tiempo y de buen modo.

Ya hemos planteado el riesgo del reconocimiento de los delincuentes en la sede judicial, planteamos un proyecto de ley desde hace años en estudio, para establecer mecanismos de protección de víctimas y testigos, que espera paciente y resignadamente ser tratado en el Parlamento, a pesar de que ya lo hemos informado en comisión, y del que el Poder Ejecutivo tomó parte de sus ideas en algunas normas recientes, pero de corte absolutamente insuficiente por carecer además de rango legal.

Aquí la cosa es simple: la sociedad debe respaldar a aquellas personas como los choferes y guardas, o los conductores de taxis o los inspectores que controlan recorridos, y darles el valor que tienen reconociendo que son ellos quienes con su trabajo le hacen posible vivir.

Si los uruguayos no apoyamos como se debe a la sacrificada policía en su gestión de protección, si no construimos los mecanismos que permitan al Estado cumplir con su deber y defender a la sociedad con todos los recursos disponibles, significa que no nos queremos ni un poco entre nosotros más allá de las urgencias y las dificultades. Seguimos creyendo que la seguridad pública es un tema estanco, donde los demás servicios del Estado incluidas las fuerzas armadas son extrañas, mientras acumulan méritos en sacrificada gestión haciendo de policía en conservación de la paz en recónditas regiones del planeta para la ONU.

Ningún Estado puede renunciar a priori a la utilización de todos sus recursos disponibles para proteger la vida de los habitantes del país, únicos destinatarios de las acciones de un estado de derecho en democracia. El riesgo es grande en vidas, seguridad y estilo de vivir; o actuamos juntos o estaremos condenados al «arreglátelas como puedas», que termina con todo el mundo armado, con el dedo en el gatillo a flor de piel.

Un día llegará en el que terminemos de echar culpas y de encerrarnos en los guetos de las competencias como excusa. Un día llegará en que sabremos construir respuestas ante la agresión y el profundo temor que la gente honrada está padeciendo desde hace largo tiempo, incluso para salir de testigo cuando sabe de un delito, sin que la sociedad haga nada por protegerles.

No estamos imaginando nada, simplemente teniendo presente el profundo deterioro que hemos visto en algunas ciudades de esta América Latina, maravillosa y contradictoria, y que jamás querremos para este Uruguay tan nuestro y lleno de oportunidades de vivir con respeto y solidaridad en plena libertad. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje