La Justicia todavía existe
La impunidad está comenzando a caerse destrozada por hechos vertiginosos que día a día muestran las aberraciones del pasado, cometidas al amparo de estados dictatoriales y basadas en ese manual de atrocidades y encubrimiento que fue la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional. No sabemos cuál será la posición del Poder Ejecutivo ante los nuevos pedidos de extradición que posiblemente realice la Justicia argentina, pero la verdad es que por primera vez en lo que va de nuestra historia moderna, una acción está dirigida a la centralidad de lo que fue la responsabilidad de aquel período negro que vivió el país.
Que llegue un pedido de extradición para el ex presidente y general (r) Gregorio Alvarez, que la misma se concrete y que este personaje siniestro sea llamado a responsabilidad por hechos ocurridos durante su actuación al frente del Ejército y como presidente de facto, es un elemento con un valor paradigmático en torno al difícil tema.
Porque recordemos que este señor fue quien estuvo a la cabeza del golpe de Estado, que liquidó las instituciones democráticas que, algo rengas, todavía existían en el país. Fue además quien, encabezando a las fuerzas armadas, puso en marcha la maquinaria infernal de la tortura, el apremio ilegal, la capucha, la desaparición, de acuerdo con los mecanismos teóricos que se establecieron en la referida Doctrina, pero con un estilo sanguinario y atroz, que hizo vivir al Uruguay en esos años de dictadura, una de las tiranías más férreas y duras de las que se conocen.
¿Por qué decimos esto? Porque en ninguna dictadura se llegó a los extremos que aquí, en que todo fue censurado; desde las representaciones culturales, hasta las audiciones radiales, clasificándose a los artistas, escritores, docentes, periodistas, en categorías. En ninguno de los países vecinos se llegó a clasificar a la población en tres clases, A, B y C. Los impolutos para el régimen, los maculados (que perdían el trabajo y no lo conseguían más, siendo condenados al hambre o al destierro) y los réprobos, a quienes se los perseguía y cuando caían, por la simple razón de haberse expresado en alguna oportunidad en contra del régimen, eran agredidos de todas formas en las salas de tortura de los cuarteles.
Una etapa del país en que se obligó a los alumnos de los liceos a llevar el pelo a la usanza cuartelera y, ¡cuidado!, si por detrás la cabellera tocaba en los varones el cuello de la camisa y la falda de las mujeres mostraba las rodillas, porque eso era motivo de suspensión y hasta de expulsión de las aulas. El Uruguay, con estos señores, pasó de ser un país modernizado por el impulso de las ideas y la obra de José Batlle y Ordóñez, a otro que rápidamente entraba en un medioevo donde imperaba una especie de inquisición para servir a los intereses de personajes siniestros como Alvarez, que a la vez tenían el reaseguro imperial por lo menos eso creían del Departamento de Estado.
A la cabeza de toda esa represión estuvo este personaje autoritario, de pensamiento unilateral, básicamente inmoral, que poco entiende del género humano y hoy se refugia en una coraza de soberbia que ya aparece más que ridícula. Que, por fin, alguien llame a Alvarez a declarar, que deba sentarse en un banquillo de acusados, demostrará que la Justicia entre los hombres todavía existe.
Decimos al comienzo que no sabemos todavía cuál será la actitud del Poder Ejecutivo respecto de un futuro pedido de extradición de los firmantes de la carta en que se responsabilizan por todo lo actuado
¿Por qué no lo sabemos? Porque es evidente que desbrozando el camino, aparecerán de entre los «nostálgicos» firmantes, muchos que no tienen vinculación directa con aquellos hechos. Y esa consideración deberá hacerse previamente, pese a que todos ellos, los diez, se sumaron en una misiva «solidaria» con quienes reprimieron, torturaron y eventualmente asesinaron en nombre de la Patria. *
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