El Uruguay en la región

Tras la derrota de Artigas vino el castigo ejemplarizante a todos aquellos que insistieran en el Proyecto Federal. Artigas se volvió innombrable por medio siglo largo. Rivera salva su pellejo rindiéndose al portugués, cambiando su vida y la de sus tropas por servicios al Imperio. Los que no aceptaron «pasarse», fueron degollados o llevados como Andresito a morir como esclavos en la Isla das Cobras. Luego de ocho años de Provincia Cisplatina se crea el Estado Oriental.

Convertidos en una «estancia cuyo directorio está en Londres», al decir del presidente colorado Julio Herrera y Obes, inventamos a fines del siglo XIX, la «Leyenda Patria». El faccioso presidente colorado del período de «la Defensa», Joaquín Suárez, fue mandado a la calle homónima, y en la Plaza Independencia se levantó el monumento ecuestre a un Artigas tan ajeno a América, como el frisón en que lo montara el escultor. Así ingresamos al siglo XX como la «Suiza de América», Montevideo la «tacita de Plata», modesto rival de Buenos Aires.

En la década de 1940, somos portavoces de la doctrina norteamericana de la intervención multilateral, la bochornosa doctrina Larreta, por la que nuestra cancillería traducía al castellano los mandatos de Tío Sam, en clara agresión a la Argentina peronista. En la década siguiente, nos convertiríamos en base de operaciones de la alianza oligárquico-imperialista antiargentina, con la complicidad del gobierno colorado de la época. Los amotinados bombardearon Buenos Aires, un mediodía de julio de 1955, en criminal atentado contra la población civil.

Con estos antecedentes históricos estamos prontos para explicar nuestra integración al Mercosur, el cual nace mal parido –y peor querido– por los gobiernos neoliberales de Menem, Lacalle y Collor De Mello. Menem, que estaba en pleno proceso de «relaciones carnales con Tío Sam», en plena tarea de destrucción del aparato productivo de su país, en medio de la jauja de la convertibilidad de su peso=dólar. Lacalle, que en tren de alegre imitador, apostaba a la entrega del patrimonio público y el privado si era necesario. Recuérdese el intento de entregar Conaprole al grupo Exel. Los apóstoles del liberalismo cipayo apuestan a la empresa privada si es extranjera. Los nacionales no deben pasar de las testimoniales pymes.

Así pues jugamos a la plaza financiera, depósito y lavadero de capitales para los cacos de la región, a cambio de una modesta comisión bancaria. Además, una ley de Zonas Francas, pensada para convertir al país «cabeza de playa» de la industria asiática en la región, completa el diseño desintegrador dado a este país. Una verdadera amenaza para el desarrollo industrial de Brasil, seguramente captado por Itamaraty. El poderoso e inteligente empresariado paulista supo sacarse de encima a tiempo a los enemigos del desarrollo independiente, Collor y Cardozo.

Entramos pues al MERCOSUR, sin creer en él, sin nada que ofrecer en genio ni fortuna, con un diseño de país que conspira contra una sana integración regional. Nuestra última genialidad, una ley forestal destinada a convertir a esta banda del Uruguay en un desierto verde, estancia forestal de los monopolios mundiales de la industria papelera. ¡Este es nuestro aporte al Mercosur!

«El Estado Oriental existe, pero su cuna es como la de Hércules: dos serpientes la rodean», decía Frutos Rivera en su correspondencia al Gobierno de Montevideo, al finalizar la Convención Preliminar de Paz en 1828, en pleno parto del Estado Oriental, refiriéndose nuestros vecinos continentales. El mismo resentimiento, la misma actitud hacia los vecinos, expresan los que hoy reniegan del Mercosur. El Uruguay parece no poder «con su naturaleza», como el escorpión de la fábula: para ser debe negarle el ser a sus vecinos.

Nuestra «intelligentzia» siempre gustó exhibir monumentalmente los símbolos de su reconocimiento… De muchos años antes de que el Opus Dei nos plantara su cruz, está el Obelisco. El monumento a los constituyentes es el vértice del compás formado por las calles Canning y Ponsomby, nuestros padrinos de bautismo fundacional. Como confirmación permanente de esta alianza, en el nacimiento de estas calles pueden verse las residencias de los embajadores de Estados Unidos y de Inglaterra.

¡Con semejantes padrinos, somos Hércules! ¡No necesitamos ni hermanos ni vecinos! ¡Ah, benditos hijos de «inglalaperra»! *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje