El asesinato de un pontífice

Para los antiguos romanos, pontífice era la persona investida de la capacidad de servir de nexo, de ligar (de ahí la palabra religión) a través de ritos o liturgias, a los seres humanos y los dioses. Este vínculo era fundamental para que aquellos hicieran oír sus protestas, sus aspiraciones, elevaran sus demandas y sus esperanzas. En ese sentido religioso el término pontífice fue tomado luego por el cristianismo y es así que a través de la Iglesia Católica y también del judaísmo, llegó hasta nosotros,

Pero pontífice en la misma Roma, había tenido un origen más mundano, o si se quiere más secular. Pontífice era la denominación de un oficio; el de constructor de puentes.

Ese oficio, esa virtud es una de las que más recordamos junto a su sentido de la solidaridad y su coraje cívico, de Zelmar Michelini.

Recordar hoy a Michelini y los crímenes del 20 de mayo no constituye ninguna tarea excluyente. No queremos dejar fuera a ninguno, por el contrario, el recuerdo de uno es memoria de todos.

Aquel rol de pontífice, de constructor de puentes, de buscador de diálogo y acuerdos y entendimiento era el que hacía creer a Michelini que la idea de asesinarlo no se concretaría. No percibió Michelini, como ninguno de nosotros, que la dictadura había instaurado un nuevo tipo de cultura política, caracterizada por el desapego a todas las normas de civilización y relacionamiento, había instaurado una cultura política signada por la bestialidad.

En ese sentido los crímenes del 20 de mayo muestran algunos rasgos relevantes. Como en toda la actuación de la dictadura el Estado se clandestinizó; la dictadura dictaba las normas sin ningún tipo de control y al mismo tiempo actuaba al margen de ellas. Una de las características más viles del crimen fue el asesinato de Barredo y Whitelaw , una pareja de adolescentes, a fin de presentar los crímenes como un «ajuste de cuentas» entre la izquierda.

Extraña paradoja la del terrorismo de Estado: dicta normas, reglamenta, mientras actúa fuera de toda legalidad y control. Asesina, hace desaparecer personas, trafica con niños y al mismo tiempo niega los hechos. Y para finalizar termina dictando leyes de olvido e impunidad. Pretende presentar su inocencia no alentando la investigación de lo ocurrido, sino legislando para no hacerse responsable de los crímenes que afirma que nunca ocurrieron

El asesinato de Michelini y Gutierrez Ruiz perseguía objetivos específicos: su eliminación física y de la vida política desde luego, pero también significó una vuelta de tuerca en la política de terror. Si el Presidente de la Cámara de Representantes, si un senador reconocido internacionalmente son asesinados ¿qué podía esperar el resto de los ciudadanos? Si se intentó secuestrar a quien era el líder del Partido Nacional, el candidato que había logrado la mayor cantidad de sufragios en las elecciones de 1971 ¿qué podían pretender los que se animasen a alzar la voz?

Treinta años han pasado.. Treinta años durante los cuales fue necesario vencer la impunidad y el olvido. El olvido no es otra cosa que enviar las personas y sus hechos al ostracismo, a un espacio sin presente y también sin pretérito ni futuro, al limbo de la nada.

Esa fue la política que se pretendió aplicar con los desaparecidos: no están vivos, no están muertos, no están presos, no están, no estuvieron, no estarán.

Si no fue ese el caso de los acontecimientos del 20 de mayo de 1976, otras de las características del terrorismo de Estado fueron metódicamente aplicadas: la impunidad política y la impunidad histórica en primer lugar. Los responsables, tanto los directamente involucrados por los crímenes como los instigadores y responsables políticos siguieron manteniendo sus cargos, sus beneficios, su estatus. Y no menos vil: se continuó con la política de convertir en victimarios a las propias víctimas. Hasta el pasado año todavía en forma por demás artera, había quienes se preguntaban si en efecto no había sido un «ajuste de cuentas».

Esa política de olvido e impunidad fue ejercida desde los poderes del Estado, durante la dictadura obviamente, pero también a partir de 1985. Desde el Ejecutivo, pero no sólo desde él. La Justicia ensayó todo tipo de galimatías a fin de no cumplir su cometido básico: hacer justicia. La mayoría del Parlamento no fue capaz, no se sintió obligada a investigar hasta lograr que se aclarara la suerte de tres de sus pares (Y digo tres, porque si Wilson Ferreira no fue asesinado se debió simplemente a que no lo encontraron cuando fueron a secuestrarlo). Quienes ocuparon hasta el año 2004 la mayoría del Legislativo, los colegas de los asesinados, se convirtieron así en especiales artífices del olvido oficial, pasaron a ser soldados tranquilos de la impunidad.

Entre tantas cosas, somos también nuestros sueños, nuestras quimeras. Somos lo que quisiéramos ser, pese a tan a menudo quedar prisioneros tras las rejas de la inmediatez y del instante.

Zelmar Michelini fue sus sueños, su ejercicio de la solidaridad, su defensa de los perseguidos, su coraje y decencia cívicos.

En 1975 junto a otros compañeros integramos el pequeño grupo de uruguayos presentes en la Segunda Sección del II Tribunal Russell que se reunía en Roma. El año anterior, en marzo de 1974, Zelmar Michelini había participado en él denunciando la dictadura. Su intervención era recordada como la del tribuno que hablando a nombre del dolor de su pueblo, colocó a los tiranos en el banquillo de los acusados.

Terminó Michelini su alegato diciendo:«… los hechos no suceden en vano, siempre hay una sanción moral, un juicio de la historia; a ella nos remitimos pero no pasivamente.

Aspiramos a hacer nosotros mismos la historia de estos años. En este Tribunal Russell representamos a quienes no pueden venir porque han desaparecido de la faz de la tierra; a los que no pueden llegar porque han sido mutilados, a los que no pueden hacerse oír porque sus mentes se cerraron para siempre, víctimas de los tormentos padecidos. Nuestra voz es la de todos aquellos que habiendo sufrido no pueden gritar su rebeldía, no pueden proclamar su lucha. Pero no es sólo una voz de acusación y de condena. Es también una voz de esperanza y de fe. De esperanza y de fe en nuestra patria, en nuestro pueblo, en nuestra lucha, en el Hombre Nuevo que está surgiendo para la liberación. Por eso, como el poeta lo dijera tan cálidamente: honramos a los que se han ido para siempre y cantamos a los que estando en la Tierra ya están renaciendo con el trigo».

Hoy el trigo ya está maduro. Es hora de comenzar a amasar nuestro pan. *

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