El etanol, una alternativa energética

Si bien hace veinte años que vengo insistiendo con el tema, las voces cada vez más contundentes, y cercanas a los ámbitos de decisión, nos renuevan los bríos en pro de una causa que no creíamos perdida, pero sí lamentablemente olvidada por quienes manejan el poder. Quizás «la lógica de los hechos», unida al razonamiento, conducen a resultados alentadores al respecto. Resultados que fueron por otra parte anunciados dentro de una estrategia de país productivo, ya en aquella época, por dirigentes políticos de todos los colores. La Comisión Especial del Senado, formada en el año 1985, con el objeto de estudiar la reactivación de Arinsa y el Anglo fue claramente ejemplo de ello y ejemplar en su trabajo y en sus conclusiones, lamentablemente desechadas por accidentales mayorías, como lo son las políticas, que pusieron solamente por delante la razón de sus votos. En este país de memoria corta habrá que reivindicar ahora los trabajos de aquella Comisión, integrada por los senadores Bernardo Pozzolo, Raumar Jude, Alberto Zumarán, Carminillo Mederos, Hugo Batalla y Francisco Rodríguez Camusso. Dicha Comisión produjo un informe precursor en el tema, planteando de paso una apuesta integral en el rubro al país productivo. Su informe debería ser leído por los actuales legisladores preocupados en el tema, como asimismo las actas parlamentarias, como la del 8 de febrero de 1986, donde se dio una discusión sobre los efectos de las políticas económicas neoliberales sobre la producción. El entonces senador Zumarán desnudó la esencia de la teoría, con referencias críticas a sus principales ideólogos históricos, desde Adam Smith a Roberto Malthus, pasando por David Owen y los por aquella época vigentes «Chicago Boys». Pero Jorge Batlle, entusiasta defensor de aquellos teóricos, tuvo los votos necesarios para que el informe de la Comisión Especial fuera archivado. En esa línea, él y toda su barra patearon la temática, no sólo del azúcar, sino también de los combustibles alternativos, como el etanol. A tal punto llegaron en su dogmatismo novelero que el antiseregnista capitán de navío quincista José Bello Gándara, actual funcionario oficialista, llegó a decirle al suscrito que «a Arinsa había que ponerle una bomba». Años después se sacaron las ganas, regalando la fábrica para que la desguazaran, mientras ellos sonreían con el barril de crudo a menos de 30 dólares. A propósito, esta fue la cifra que el informe de la Comisión manejó para, a partir de ella, afinar en la ecuación económico financiera de la producción de etanol a sobre la base de los cultivos de sacarígenos. Cifra que había sido tomada de informes brasileros, dada su gran experiencia en la temática.

Lo antedicho viene a cuento a raíz de los comentarios sobre «la crisis energética» expuestos por Fernández Huidobro en la contratapa de «La República» del jueves 27. Por primera vez un dirigente del Frente Amplio reitera públicamente conceptos expuestos en el informe de la Comisión del Senado mencionado anteriormente. Todo lo explicado por Fernández Huikdobro sobre la política brasilera de producción de azúcar y alcohol   política de Estado mantenida durante más de veinte años contra viento y marea   concuerda con lo argumentado en el informe de la Comisión, hace veinte años. Fernández Huidobro dice por ahí que la burocracia le dijo NO a las fuentes y tecnologías energéticas alternativas, optando por «la fácil» de seguir comprando petróleo y centrales térmicas dependientes de él. No aclara a qué burocracia se refiere: si a la oficial, a la opositora, o a ambas a la vez. Porque esta temática nunca ha sido sencilla, incluso dentro de las mentes «revolucionarias», que también fueron y siguen siendo deslumbradas por los «Silicon Valley», y más recientemente por los «cuentos chinos». De la boca para afuera, todos los «revolucionarios» – «aparatistas o anarquistas»   nos daban la razón a quienes procurábamos mantener la agroindustria azucarera, habiendo sido informados   como la Comisión del Senado   de las potencialidades en materia energética. Habíamos averigüado incluso, en aquella época, también a través del ex senador Zumarán, sobre el costo de las destilerías a adosarse a los ingenios, las cuales eran muy accesibles. No obstante, salvo los integrantes de la Comisión, nadie movió un dedo para evitar el final de la agroindustria.

Ahora, a la luz de las nuevas circunstancias, tratemos por lo menos de hacer las cosas bien. Ello quiere decir que cuando hablamos de fuente de producción del etanol, estamos hablando de todos los sacarígenos, o sea: caña de azúcar, remolacha azucarera y sorgo dulce, por citar los que conocemos. Insistir solamente con la caña de azúcar es muy loable para mejorar a Bella Unión, pero no es correctamente estratégico para el país. Lo de Bella Unión debe inscribirse en una redefinición de la política sucroalcoholera, que abarque desde Bella Unión hasta Maldonado, pasando por Soriano, Colonia y Canelones. Reactivar los ingenios cerrados y/ o crear nuevos en las zonas donde hay condiciones para los cultivos es una temática que merece la mayor discusión, porque encierra una porción del futuro bienestar de nuestra población. Es una manera   además   de pasar del «país productivo» de las palabras al «país productivo» de los hechos. *

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