El Uruguay y su destino
El 4 de octubre de 1828 se ratifica el acta de la Convención preliminar de paz firmada por los gobiernos de Argentina y Brasil. En las negociaciones de este acuerdo participan, en Río de Janeiro los delegados de los dos países firmantes y el embajador inglés Lord Ponsomby. Estaban ausentes los delegados orientales: ni la Sala de representantes, ni Lavalleja, ni Rivera. Allí se decidió la independencia uruguaya. La Sala de Representantes era el gobierno constituido, Lavalleja el jefe del ejército oriental en armas y Rivera el conquistador de las Misiones Orientales siempre reclamadas por esta Banda. Los tres se enteran de oídas que Buenos Aires, Río de Janeiro y Londres habían decidido el 28 de agosto de 1828 la independencia del Estado Oriental, sin establecer límites y reservándose el derecho de tutorear e intervenir en el novel engendro, según lo aconsejaran los desarrollos políticos posteriores. La verdad de las cosas era que las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina) y el Imperio de Brasil tenían tal lío interno que estar ocupándose de la situación oriental los enfrentaba a un desgaste constante y riesgo de desatender los asuntos internos de gobierno que era lo realmente importante para ellos.
Esta solución no era la buscada por los actores orientales. Ciertamente que tampoco debe desconocerse que la gesta artiguista había dejado elementos que podían entenderse útiles para tal solución. Este es tema para otra reflexión. Aquí Argentina quedaba tranquila pues se sacaba un problema interno de encima, Brasil recuperaba las Misiones y detenía un conflicto para el que no estaba preparado para enfrentar por el momento. Ambos se daban tiempo para resolver el asunto en un momento más propicio. Inglaterra lograba «colocar una barrera entre los contendientes», obviamente con libertad de navegación en los ríos y puertos del Estado recientemente creado. Todos contentos, los orientales mirando.
Internamente juramos una Constitución en 1830 y empezamos a caminar como se pudo, siempre con una dependencia política con las tres fuerzas exteriores.
El Presidente Berro, 1860-1865, no era del agrado de Brasil. En esa época Brasil y Argentina tenían sus diferencias con Paraguay. Ambos aliados invitan al general Flores a unirse a la Triple Alianza contra el emergente Paraguay. La guerra fue cruel, devastadora y duró cinco años. Los socios mayores recogieron lo que buscaban: reparto territorial y fin de un competidor. A Uruguay le dieron unos trofeos de guerra (que luego fueron prolijamente devueltos, para salvar el honor), unas indemnizaciones económicas que nunca llegaron y que finalmente por dignidad Uruguay renunció y –eso sí– Flores llegó a ser presidente.
En el siglo XX los problemas políticos los fuimos solucionando sin una presión externa tan desenmascarada. Sin embargo los políticos uruguayos supieron jugar un ritmo de contrapesos con nuestros vecinos.
El tema de los límites se arregló en todo a favor de Brasil. Aún resta solucionar el Rincón de Masoller. Donde ellos dicen Arroyo Maneco … nosotros decimos Arroyo de la Invernada…
Con el Río Uruguay y Río de la Plata, la intervención de Perón en su tercera presidencia se zanjó el asunto en 1972. Claro, no podía seguirse con el aberrante reclamo porteño de que el Río de la Plata les pertenecía hasta la costa uruguaya. ¡Bañarse en Pocitos era ingresar a aguas argentinas! Quedó mal parada Martín García, pero ante semejantes pretensiones era preferible irse al mazo, además teníamos clara conciencia de nuestra poca insistencia histórica en nuestros derechos sobre la isla.
Hoy quedamos perplejos ante el uso partidista interesado que hace Kichner con el tema de las «papeleras». Y absolutamente desconcertados con la respuesta de Lula: «Ese es un tema binacional». Hay un tercer personaje en acción. Se reúne con los socios menores (Urupabol) y festeja con los grandes. Estás en todas y siempre sonriente.
¿Hay ética política? ¿Los políticos sólo actúan por sus necesidades inmediatas o deben ajustarse a un criterio ético?
Pero la pregunta esencial es para nosotros: ¿cómo salimos de destinos impuestos? *
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