El vacuo discurso político de lo obvio

Daniel Pereyra Maneli *

Han transcurrido solamente 15 años de la reinstalación democrática en nuestro país –con sus enormes carencias y defectos– durante los cuales el nuevo orden internacional con todo el viento a su favor, transformó villas y castillos, sueños y esperanzas en una traumática y formidable frustración colectiva apta para todo público.

Se comenzó por poner un freno de mano al país productivo y luego de anclar la cotización del dólar y renegociar hasta el infinito la deuda externa solicitando préstamos leoninos que fueron derrochados, tuvieron la llave maestra de la reforma del Estado y de las privatizaciones. En medio de la algarabía de los políticos de dos caras y de los referentes tradicionales del liberalismo nacional, aquellos cambios nos han sumido en el trance de ser un país que está jugando su integridad y su razón de ser.

Con inusitada frecuencia oímos preguntar qué futuro nos aguarda: ser un apéndice geográfico de Brasil o una provincia de Argentina. Esta dolorosa realidad fue puntualmente advertida desde diversos foros y actores, y también ignorada tozudamente por gobernantes que hoy ya no dominan ninguno de los factores económicos de la vida nacional. Pero ni el estruendoso fracaso, ni el vaciamiento institucional de la democracia, ni la quiebra moral de muchísimos operadores, logran reducir un ápice la impavidez de los personeros que continúan mintiendo para liberarse de responsabilidades y culpas.

Días pasados dos hombres públicos –uno colorado reelecto con menos de cien votos y el otro ex legislador blanco– ante las cámaras de la televisión oficial hicieron uso de los mediocres mandamientos políticos con olor a naftalina y mediante carbónicos gastados dijeron, muy frescos, cosas como «no somos tan pobres; estamos estudiando un paquete fermental del doctor Lacalle; no son temas tabú, sino que llaman a la reflexión; la misión es clara, hacen falta fondos frescos porque las fuentes económicas están cegadas», y luego de preguntarse cuál es el hilo conductor en esta hora, concluyeron en la deslumbrante idea de «no gastar».

Interrogados por el escándalo en la Fiscalía de Corte, el legislador colorado pontificó que «es muy difícil que un político abarque todos los temas; yo no estoy en él (el tema), que opinen mis compañeros», mientras que el ex dijo seguir de oídas el conflicto pero que los cuestionamientos son muy fuertes y duros, siendo aconsejable no anticiparse.

En buen romance, ambos ensayaron la teoría de la durabilidad política siguiendo el camino que otros les marcan con una dureza certificada por el constante uso y abuso de un modelo para armar en cada oportunidad en que se representa una obra clásica de la feroz decadencia nacional.

En puridad, es una estéril toma de distancia política de nuestro anochecido mundillo que, en medio del naufragio, ve salvarse a la dirigencia mientras los tripulantes se aferran a los tablones.

En esto de hablar sin decir absolutamente nada, nos permite reflexionar que, así como hay temas muy respetables, no todas las opiniones lo son. Cuando un político afirma que dos más dos son cuatro o que Madrid es una capital, queda muy claro que menosprecia a sus auditores, a quienes considera beocios confiando que absorberán, con ciega credulidad, sus momificadas ideas.

Por el contrario, tales conductas públicas enfrentan la irrisión y el descrédito multiplicando el rechazo popular a estos encallecidos opinantes que debieran ser presas metafóricas de una suerte de combustión espontánea.

Han agotado todas las causas y motivos –nacionales, comarcanos y globales– de nuestra agonía, pero anunciamos que estamos preparados para que muy educadamente nos afirmen que, ahora, la culpa es de los extraterrestres.

 

* Ex magistrado judicial

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