Lo que queda por hacer

Hay tantos elementos en juego que una interpretación adecuada de la situación se hace difícil. Las reuniones del Presidente uruguayo, tanto en México como en EEUU, países que lo recibieron con honores de mandatario del primer mundo, parecería que determinarán un más intenso intercambio comercial y, según algunos analistas, la posibilidad de inversiones en el país, las que evidentemente son necesarias en algunos campos, por ejemplo el de producción de energía.

Sin embargo, hay urgencias. El país necesita que ese tercio de la población que todavía sobrevive debajo de la línea de la pobreza comience a dignificar al resto de la sociedad, dejando esa situación que es inaceptable en un país moderno que, pese a los esfuerzos que se han hecho, no ha podido remover el flagelo.

Que mejoren los volúmenes de las exportaciones, ya tenemos la experiencia, sirve para enriquecer a sectores del país pero no afecta mayormente a los marginados. El mejoramiento del trabajo se produce cuando el mercado interno se reactiva, el comercio comienza a multiplicar sus ventas en una cadena económica ya conocida.

La ansiedad se multiplica cuando la situación con la Argentina, por el tema de las plantas de celulosa, parece alargarse en el tiempo y una tirantez de esas características no es buena ni para los países ni para los pueblos que van perdiendo la armonía de su convivencia histórica. Pueblos que quieren trabajar en paz y no bombardeados día a día por las declaraciones de unos y otros, tratando de imponer sus encontradas posiciones sin lograr los gobiernos, como debieron haberlo hecho hace mucho tiempo, los necesarios puntos de acuerdo.

¿Es grave que Uruguay se desvincule del Mercosur? Solo una mente frívola o sectarizada puede sostener que no lo es, porque este pequeño país está en el centro mismo del pacto regional y, más allá de los desacuerdos en las bicicletas y el arroz   la Argentina y el Brasil siguen siendo compradores de primer orden de nuestra producción. Somos un país, además, altamente dependiente de los países vecinos en materia energética, porque, lamentablemente, por aquí se habla mucho pero se hace muy poco. No contamos, por falta de inversiones adecuadas, de producción de energía suficiente para cubrir la totalidad de las necesidades que tiene el país, y cuando llevamos adelante un proyecto, en lugar de realizar una obra de punta, pensada, como por ejemplo campos de producción eólica de energía, hacemos centrales, como la de La Tablada, que consume cuando se pone en funcionamiento, un millón de dólares al día. Pero también hablamos de la usina en Paysandú, de otra, de ciclo combinado, que se levantaría en el departamento de San José. Pero cuando llega el invierno, debemos establecer restricciones al consumo y apagar la necesaria iluminación callejera.

¿No había posibilidades de levantar a lo largo y ancho del país centenares de gigantescas columnas para producir energía con el viento? Quizás para ello se deba recurrir en forma urgente a la inversión extranjera, la que financie una obra en que el país se juega su misma existencia.

Pero mientras ello no ocurra, seguimos dependiendo de la «buena voluntad» de los vecinos. La provisión de gas que viene también de Argentina, depende también de diferentes elementos, agravados por el deterioro de las relaciones políticas entre los dos gobiernos. Por ello también se hace necesario que se adopten las medidas necesarias para restablecer un diálogo interrumpido, se acuerden etapas y de una vez por todas se solucione un conflicto que cada día se está volviendo más difícil.

Es evidente, sin abdicar de nada, que hay que dejar de atizar la hoguera y tratar de llegar, lo más rápidamente posible, a un acuerdo que nos permita trabajar para crecer, con tranquilidad. *

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