Más sobre educación y trabajo
El país discute acalorada y participativamente el futuro de la educación. El Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Educación y ANEP, analizan la posibilidad de un convenio acerca de la educación y el trabajo. Algo habíamos adelantado en nota anterior, cuando hacíamos notar el papel importante de la educación a efectos de inculcar a los ciudadanos conceptos acerca del lugar central que ocupa el trabajo en cualquier sociedad. Trabajo que en determinados estamentos está subvaluado culturalmente, consecuencia de una realidad lacerante, vigente desde hace muchos años.
Tiempo atrás, un personaje del primer mundo de triste recuerdo, alabado por la derecha del mundo, Fukuyama su apellido, anunciaba el fin de las ideologías, como si su visión viniera del limbo. Quizás considerara estúpidos a los que no coincidieran con la suya. También se hablaba por esos años del ¡fin del trabajo y/o del proletariado!
Hoy día, desmintiendo a esos tristes personajes, la abrumadora mayoría de la población depende del salario. Cuando consigue trabajo, por supuesto.
Ya no es noticia expresarlo: el neoliberalismo perjudicó a todo el proletariado. Y si se analizan tasas de desocupación, precarización, informalidad, resulta que son los jóvenes los más perjudicados. Y si son mujeres, más aun.
Fue tal el grado de informalidad, precariedad y exclusión generada por dichas políticas, que no deben sorprendernos expresiones que ya hemos mencionado: «Gano más recogiendo basura que trabajando por un sueldo miserable y sin protección». Hay una cultura, o ausencia de ella, detrás de tal afirmación. Es la desculturalización del trabajo, que refuerza la vulnerabilidad y exclusión social.
Durante años se dijo que la educación era la herramienta privilegiada, condición ineludible para acceder a un trabajo. Hoy, lamentablemente, a juzgar por la realidad y las cifras, no parece ser condición tan suficiente. Ergo: a la desculturalización del trabajo se suma la insuficiencia de la educación como garantía para su obtención.
Sin perjuicio, constatemos que el no acceso a la educación y al trabajo de familias enteras durante generaciones (abuelos, padres, nietos) precipita y profundiza su pobreza, contribuyendo a la reproducción de la misma.
Si el trabajo es bastante más que fuente de ingresos, al contribuir al reconocimiento social de quien trabaja, lo que es fundamental para la dignificación del ser humano y de la sociedad toda, concluyamos que el no poder acceder al mismo acrecienta la desigualdad y fractura social.
En el indiscutible camino hacia la construcción de políticas públicas destinadas a la inserción laboral de los jóvenes, el papel de la educación es sustancial. Se trata de revertir el proceso de desculturalización laboral y valores que eran caros a nuestro país.
La ética del trabajo sigue vigente, por más que surjan y se desarrollen valores netamente individualistas y consumistas, promocionados descaradamente por el establishment. Razón por la cual la educación sigue siendo trascendente, aportando no sólo conocimientos y cultura al respecto, sino además espacios para la formación ciudadana y reflexión sobre el tema, que es referente económico, sicológico y cultural de toda la ciudadanía. Nuestros muchachos deben saber cuáles son sus derechos y obligaciones con su sociedad, como trabajadores o ciudadanos. Serán nuestros futuros dirigentes. Y repetimos: «con su sociedad». Nadie es ajeno a ella.
Las políticas públicas encaran el tema. La actual discusión sobre educación lo prueba. El convenio a estudio entre el MTSS, el MEC y ANEP lo ratifica. Es que a los jóvenes que no consiguen trabajo la adolescencia y juventud pueden resultarles interminables. Para mal, indudablemente. Así perdemos miles de muchachos acá en Uruguay que demonizan el trabajo. O los que se nos van al exterior. Hay que dar vuelta la pisada. En eso estamos.
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