La tragedia armenia: un genocidio impune
A menudo se ha dicho que la masacre del pueblo armenio, a principios del Siglo XX, constituía la primera expresión contemporánea de un crimen que tendría luego otras expresiones en el mundo como el Soah u Holocausto del pueblo judío.
La tragedia del pueblo armenio se inició en 1915, en el transcurso de la Primera Guerra Mundial cuando el Imperio Otomano, aliado de Alemania y el Imperio Austro-húngaro combatía contra los «aliados» Rusia, Francia e Inglaterra.
La conflagración europea causó una enorme cantidad de pérdidas humanas y materiales. Fue el comienzo de un largo ciclo de matanzas para el pueblo armenio, cuando cientos de miles de familias fueron ultimadas por las tropas turcas.
En estos días en una buena cantidad de países se han realizado conmemoraciones públicas en las que los líderes de esa comunidad nacional y cultural han denunciado la situación de oscuridad e impunidad que sigue reinando sobre aquella brutal operación masacre. En nuestro país los episodios se conmemoraron en un acto con estas características, con una muy numerosa concurrencia, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo.
Refiriéndose a estos hechos, Coriún Aharonián ha escrito en Brecha un largo y fundamentado artículo donde, entre otras cosas señala: «el genocidio cometido entre 1915 y 1923 significó el barrido de más de dos millones de armenios y la limpieza étnica de los territorios de Turquía que éstos habitaban, con la muerte de por lo menos un millón seiscientos mil.
El operativo fue iniciado por el gobierno de los Jóvenes Turcos, aprovechando la cortina de humo de la Primera Guerra Mundial, que significaba una inevitable complicidad germana y la relativa imposibilidad de acción de quienes estaban en el bando opuesto, y se completó en el gobierno ‘occidentalista’ de Kemal Atatürk.
No era la primera matanza: había habido una previa, un poco menos gigantesca, entre 1894 y 1896. Abdul Hamid II, el ‘Sultán Rojo’ depuesto en 1909 precisamente por los Jóvenes Turcos había descubierto que se podía ‘acabar con la causa armenia acabando con los armenios’, doctrina de ‘solución final’ que tendría prolijos seguidores en el siglo XX.
Hasta este abril, a noventa años del comienzo de la matanza, el genocidio ha sido reconocido por pocos países. Grecia lo hace en 1996. Francia en 2001, y la respectiva ley consta de un artículo único: ‘Francia reconoce públicamente el genocidio armenio de 1915. La presente ley será ejecutada como ley del Estado’. En Argentina, Menem veta un proyecto de ley en 1995.
El gobierno de Estados Unidos se niega a reconocerlo, en su juego de intereses militares y económicos en el Cercano Oriente. Uruguay mismo hace (en el año 2004) una redundante ley que agrega poco a la de 1965 (‘Declárase el día 24 de abril como ‘Día de recordación de los mártires armenios’ en homenaje de los integrantes de esa nacionalidad asesinados en 1915′) y no osa usar la palabra genocidio».
En torno a la cuestión resulta clara la posición del gobierno turco que ha negado sistemáticamente el reconocimiento en aras de un negacionismo insostenible.
Pero la posición de Turquía en el concierto internacional se fortalece por el apoyo incondicional que le brinda la política exterior norteamericana. De hecho, desde hace ya decenios Turquía ha venido actuando como un soporte logístico muy importante para la política norteamericana en aquella convulsionada región de Medio Oriente.
Finalmente, en una nota de Atilio Borón publicada en estos días se señala: «El reconocimiento del genocidio armenio es una penosa asignatura pendiente que requiere de urgente reparación. Los infatigables reclamos de la comunidad armenia a nivel internacional han impedido que el tema cayese completamente en el olvido».
Para los uruguayos el asunto no es ajeno pues el «negacionismo» turco se parece demasiado a la «omertà » que aún pervive entre los terroristas de estado. *
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