Construir mecanismos de acuerdo y control
En nuestra columna publicada el domingo pasado, concluíamos sosteniendo que bajo ninguna circunstancia permitiremos que el proceso industrial perjudique a la gente, no importa del lado donde estén.
Eso ya está dicho y resuelto por los uruguayos, y se puede poner en grandes letras en un cartel que cruce el puente de ambos lados. No somos así, nunca lo fuimos, es más, esta situación nos ha enseñado mucho. Lo que antes dejábamos pasar aunque nos perjudicara o fuera capaz de hacerlo, y que sucedía en nuestros países vecinos, ya no lo dejaremos pasar más. Aprendimos la lección, aunque espero que jamás hagamos nada fuera del derecho y del respeto al derecho inalienable de la libre circulación de las personas, como en el medio de la pasión ha sucedido en este tiempo, con el omisivo y contumacial incumplimiento de las obligaciones esenciales de un gobernante, como lamentablemente ha sucedido con el gobierno de la hermana República Argentina. Un gobierno argentino capaz de desalojar la ruta a Mar de Plata, o los subtes en Buenos Aires, pero incapaz de resolver que un pequeño grupo de personas bloquee día y noche rutas internacionales.
¿Cuál fue el esquema operado en el asunto? Se generó un hecho ilícito: bloquear las rutas argentinas hacia Uruguay, abusando de mucha gente de buena fe. Y este sitiamiento medieval se utilizó como moneda de cambio para obtener en contrapartida de su inevitable cese, que las plantas dejaran de construirse aunque tuvieran legítima autorización para hacerlo en la inversión más grande de la historia de país. Se pretende canjear el levantamiento del bloqueo por el hecho jurídica y éticamente imposible, de que se dejaran de construirlas plantas o que estas se relocalizaran en otra parte, porque de todo ha habido en este tiempo en materia de improvisación e impericia en el manejo de lo público.
Cuando los hechos no se gobiernan, cuando se dejan correr, cuando a la gente se le infunde temor, cuando no se explica o se explica a medias, cuando se presiona, cuando se evita la intervención de organismos internacionales o cuando se quiere dejar el tema en el desparejo escenario bilateral, se está actuando muy mal. Solo nos resta la ilusión que no sea de mala fe, que por formación es lo último que presumo, pero que los hechos nos hacen presumir con su porfiada persistencia lo peor, no hay duda alguna, y eso no es poca cosa.
Desde hace meses hemos propuesto que se negocie bilateralmente, al mejor nivel técnico, con veedores del litoral que estén cercanos al proceso del grupo de trabajo binacional de alto nivel. Que se acuerde desde el comienzo que los puntos en que ese grupo binacional no logre acuerdo, se irá por los dos países juntos al Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, para que éste, haciendo uso de la cláusula de equidad de su estatuto, con todos los recursos de Naciones Unidas, arbitre una solución justa y duradera. Hemos propuesto, además, que al mismo tiempo, desde el vamos, los dos países –también juntos, civilizada y fraternalmente– planteen al Consejo Permanente de la OEA la puesta en construcción de un reglamento Modelo que regule los estándares exigibles para todas las Américas, sobre la producción de celulosa, como ayer nomás nos tocó hacerlo en temas tan complejos como narcotráfico, armas y explosivos, lavado de dinero, por dar algunos ejemplos que vivimos muy de adentro. Los noventa días que pide el Presidente argentino son un mero patear la pelota de punta y para arriba, en espera de la «mano de dios» que una vez más le dé un campeonato imposible. Lo que necesitamos es construir sólidamente un mecanismo de acuerdo y de control que nos ponga al abrigo de la arbitrariedad y nos saque de este baldío espacio en el que estamos, con este papelón de las papeleras, que la historia de nuestras naciones no merece. *
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