La suspensión de las obras: en espera de la "mano de Dios"

Es oportuno preguntarnos para qué hay que suspender por 90 días la construcción de las plantas de celulosa. El pedido del presidente argentino, según expresa, se funda en que en ese tiempo se podrán hacer los estudios pertinentes de impacto ambiental. Corresponde entonces señalar que en noventa días de construcción, estaremos en el final del mes de julio de este año, mientras que las plantas recién comenzarán a producir un año después de esa fecha, en el año 2007. En este tiempo están siendo construidas ediliciamente, es decir armando solamente su estructura como edificio.

Se ha generado la compleja impresión que el presidente argentino espera que en esos mágicos noventa días se determine que las plantas no podrán operar por ser contaminantes. No importa lo que resulte de los estudios a realizar, la reanudación de las obras contará con el recelo a priori de quienes en su país solo se conforman con la clausura definitiva de los proyectos celulósicos en la zona litoraleña de Uruguay.

Los dos gobiernos se han posicionado de tal modo que han quedado atrapados en una lógica muy peligrosa. En Uruguay, si las plantas contaminan por encima de los estándares más elevados, ya se ha dicho que no se permitirá el funcionamiento de las mismas hasta que se perfeccione el sistema de producción, si fuere necesario. Para Uruguay, si los estándares de control ambiental del proceso de industrialización es adecuado a los más altos estándares internacionales en la materia, entonces no tiene forma ni razón de impedir la puesta en funcionamiento de un proyecto industrial para el cual se dieron todos los permisos y se concedieron todas las habilitaciones, al amparo de normas jurídicas nacionales e internacionales, reforzadas por si fuere necesario por un tratado de protección de inversiones aprobado por el Parlamento Uruguayo. Todo realizado con toda legitimidad, y sostenido por dos gobiernos de signo ideológico absolutamente diferente, como lo son el anterior del Presidente Batlle y el actual del Presidente Vázquez.

En el lado argentino, la gente fue excitada y predispuesta desde la advertencia de que el procesamiento de celulosa por las plantas le produciría enormes perjuicios a su salud y a su economía. Cuando se instala esa creencia, cuando inescrupulosamente a la gente de buena fe, por razones que algún día conoceremos plenamente, se le infunde ese temor, luego es muy difícil en el corto plazo, revertirlo por fuertes que sean las evidencias. Porque de las plantas, supongo que humo saldrá, de lo contrario no tendrían enormes chimeneas, y cuando el humo se dirija hacia argentina, la gente temerá lo peor, y la razón no siempre se logra imponer a los temores, cuando estos se convierten en creencias.

Va a tener que ser muy sólida la explicación respecto a las garantías de que las plantas no habrán de contaminar. Habrá que demostrar hasta el infinito que los habitantes de Río Negro no son suicidas que ponen sus vidas y la salud de sus hijos al servicio de los beneficios económicos que generen las plantas. Uruguay tiene dificultades económicas, pero está en una fase positiva de su economía que viene desde hace ya casi tres años, después de superar la contaminación financiera y aftósica, procedente del otro lado del Río de la Plata. La riqueza forestal esta allí desarrollada y es una fuente de trabajo enorme para muchísima gente, y no solo con las plantas de celulosa, ya que otros emprendimientos están en pleno desarrollo sobre la base de la materia prima forestal. La gente en Río Negro, esos uruguayos que allí viven, no están en la miseria, con sus hijos clamando por un trozo de pan. Así que no hay de por medio ningún estado de necesidad superlativa, de esas que llevan muchos veces a los pueblos a transar con cualquier cosa para llevar comida a la mesa de sus hijos. No es ni remotamente el caso. Tampoco se trata de gente desinformada o menos inteligente que sus vecinos argentinos. Por el contrario, el analfabetismo es prácticamente inexistente, y la comunicación social, la abundancia increíble de medios de comunicación, tanto de origen nacional como internacional, los tienen informados y alertas, por lo menos tanto como sus vecinos de enfrente. Los uruguayos que allí viven, no son menos laboriosos, ni menos cultos que sus vecinos con los que conviven diariamente. Tampoco son menos sensibles, o les importa menos la salud de ellos y la de los suyos. Tampoco les gusta vivir contaminados y en medio de pestilentes efluvios. Son la misma gente que sus vecinos, a los que no tienen por qué desearles ningún mal, unidos por un puente de pocos cientos de metros que los une indisolublemente en costumbres, cultura, gestos, afectos y pasiones.

Entonces… La tarea mayor consiste hoy en convencer a los argentinos del litoral de que los uruguayos no transaremos con cualquier cosa. Que bajo ninguna circunstancia permitiremos que el proceso industrial perjudique a la gente, no importa del lado donde estén. *

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