LA LENGUA NO ES DE TRAPO

Nuestro Día

Así como los niños, las madres, los padres, los abuelos, las secretarias, las Naciones Unidas, el Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea, la lucha contra el sida, los Derechos Humanos, la Mujer, etcétera, tienen su día que se celebra pomposamente y comercialmente, hoy debemos homenajear nada menos que a nuestra lengua, conocida como español, castellano o lengua de Cervantes.

Personalmente, considero que esa maravillosa herramienta que es el lenguaje, ese medio de comunicación insustituible exclusivo de los seres humanos, debería ser homenajeada, venerada y cuidada con esmero no sólo en su Día sino también en los 364 restantes. Del mismo modo que los derechos humanos, las mujeres, los niños, el medio ambiente no deben ser homenajeados sólo en su Día oficial sino que deben respetarse todos los días del año, el idioma con que nos comunicamos unos cuantos cientos de millones de individuos (los hispanohablantes) merece el respeto y el cariño que no todos (por desgracia unos cuantos) le prodigan.

Precisamente, esta columna que a fines de diciembre cumplirá nueve años se debe a que diariamente nos encontramos con yerros, gazapos, macaneos, barbarismos, extranjerismos, que atentan contra el idioma. El español es sistemáticamente maltratado por ignorancia, por desprecio (total, igual se entiende, ¿no?) o por la novelería tilinga de ciertos comunicadores y hombres públicos que se creen con derecho de innovar –mediante neologismos absurdos–, de importar voces extranjeras o de fabricar clones extraños a la genética castellana.

En todo esto mucha de la culpa la tiene la educación, que ha descuidado –por una suerte de menosprecio derivado de doctrinas de moda– la enseñanza sistemática de la gramática. Y esto conspira no sólo contra el buen uso del idioma, sino que afecta, también, el adiestramiento de los jóvenes en el razonamiento lógico.

Asimismo, la pérdida de valores, la devaluación de la cultura, la entronización de antivalores, el triunfo de la frivolidad y la chabacanería, han hecho su aporte para que el idioma se empobrezca. Basta constatar la pobreza expresiva, el léxico reducido, el predominio de la interjección en el lenguaje de nuestros jóvenes, para avalar lo afirmado.

Y por último, debo mencionar un hecho no menor. El desprecio por el idioma propio y el embelesamiento por idiomas extraños no es otra cosa que un sentimiento de inferioridad que se introduce subrepticiamente en el inconsciente colectivo de los pueblos culturalmente colonizados.

En fin, mi anhelo en este día es que pronto llegue un tiempo en que esta columna ya no sea necesaria; eso querrá decir que los uruguayos nos hemos reconciliado con nuestra lengua.

–Festejemos, amigo, festejemos nuestro día. Levantemos las copas y brindemos por la lengua de Cervantes.

–De acuerdo, Mendieta. Pero con la condición que después de levantarla, la empinemos; porque si no, no tiene gracia, ¿no le parece?

–¡Qué lo parió! *

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