Crisis energética
En momentos en que el país sufre la amenaza de que el suministro de energía eléctrica deje de satisfacer sus necesidades y el gobierno uruguayo busca afanosamente alternativas a la penosa dependencia de factores meteorológicos o de lo que puedan proporcionarle los países vecinos (con la agravante del conflicto con Argentina), bueno es tener presente que la crisis energética no es un fenómeno que sólo nos ataña a nosotros sino que se verifica en todo el planeta.
Desde hace ya un buen tiempo, sobre comienzos del último tercio del siglo pasado por lo menos, voces de alerta se alzaron advirtiendo de un hecho ineluctable: prácticamente todas las fuentes de energía empleadas por el hombre –combustibles no renovables como el carbón o el petróleo– amenazaban con agotarse en plazos más o menos cortos.
Comenzaron las investigaciones científicas en procura de hallar fuentes alternativas que aseguraran la energía necesaria para que la Humanidad siguiera creciendo y desarrollándose. La electricidad producida por medio de represas fue una alternativa válida surgida bastante antes (recuérdese que la primera central hidroeléctrica en el país, la de Rincón del Bonete, data de los años treinta del siglo pasado). La generación de electricidad por este medio tiene la gran ventaja de tener un mínimo impacto ambiental y casi nulas consecuencias en el equilibrio ecológico. Pero lamentablemente, el asunto tiene sus desventajas. Además del inconveniente de depender del caudal de los ríos (que depende, a su vez, del régimen de lluvias), el incremento incesante del consumo de energía eléctrica torna rápidamente insuficiente la generación de las represas hidroeléctricas. Por esta razón, el país necesita contar con usinas generadoras de electricidad que utilizan combustible, petróleo o gas, de manera de paliar las insuficiencias derivadas de la falta de lluvias y/o del aumento de la demanda de energía eléctrica.
En este sentido, son plausibles las iniciativas para implementar fuentes alternativas a la termoeléctrica y la hidroeléctrica. Se habla de la posibilidad de aprovechar la energía solar directa además de la energía eólica, perspectiva apropiada en un país en que el viento es casi una constante de las características del clima.
Y si hacemos referencia a la necesidad de hallar alternativas, es no solamente porque el Uruguay carece de yacimientos petrolíficos sino, también, porque el petróleo, como queda dicho al comienzo, es un recurso no renovable en vías de agotarse.
Al respecto, resulta oportuno citar las palabras de Rafael Ramírez, ministro de Energía y Petróleo venezolano y presidente de la estatal petrolera Pdvsa. En una entrevista concedida a la revista América XXI, sostiene Ramírez: «Tendremos petróleo para los próximos 70 o 100 años, pero los ritmos de consumo y depredación de los países industrializados son muy altos. El fin del petróleo es una posibilidad estrechamente vinculada al capitalismo. Hay un consumo de las principales economías que es liquidacionista de nuestros recursos, incluido el petróleo».
Desde que a fines del siglo XIX el petróleo se convirtió en la materia prima de los combustibles por excelencia, el mundo empezó a dilapidarlo de manera irresponsable al tiempo que todas las economías se volvieron dependientes del petróleo y se sucedieron las guerras para asegurarse o aumentar su suministro.
Así llegamos al comienzo del tercer milenio con la perspectiva de una crisis energética de consecuencias imprevisibles.
Prevenir esa crisis y superarla es uno de los mayores desafíos que enfrenta el mundo hoy. *
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