Sanguinetti y la ola de izquierda en América Latina

El ex presidente Julio María Sanguinetti publica en El Observador del domingo 16 un artículo sobre América Latina titulado «¿Ola de izquierda?». La verdad es que los signos de interrogación salen sobrando, como se decía en México.

América Latina vive un auténtico giro hacia la izquierda. Esa es la característica dominante en el continente desde el inicio del nuevo siglo y milenio. Por más que el artículo esté destinado a negarlo y a convencernos de que todo es igual, nada es mejor…

Empecemos por casa. Una coalición de las fuerzas de la izquierda unida superó en el primer turno de las elecciones de octubre 2004 a la sumatoria de todos los votos del Partido Colorado, del Partido Nacional, de todos los demás partidos, más los votos observados, anulados y en blanco.

Alcanzó la presidencia, la mayoría absoluta de ambas Cámaras, 7 intendencias del Interior que sumadas a la reconquistada Montevideo por cuarta vez reúnen tres cuartas partes de la población y los cuatro quintos del PBI. El Partido Colorado (que durante los 170 años largos de vida independiente ocupó la presidencia por elecciones o por golpes de Estado, al punto de que Wilson Ferreira decía que era el nombre que en Uruguay se le daba al gobierno) quedó relegado a una bancada reducida y a una intendencia en 19. ¿Puede discutirse que se registró un auténtico viraje a la izquierda?

Esto se logró en una marcha progresiva, dado que en la anterior elección el Frente Amplio (hoy totalmente unificado en todas sus vertientes más el aporte del Encuentro Progresista y el Nuevo Espacio) ya había sido el primer partido, superado en el segundo turno por la suma de los votos blancos y colorados. Ahora venció a los dos juntos, más todos los demás. Es sorprendente que al respecto no haya un átomo de autocrítica en la evaluación del líder del Partido Colorado.

Ampliemos ahora el panorama para abarcar a América del Sur. La elección de Lula en Brasil inauguró un nuevo período. Fue el acontecimiento más importante después de la revolución cubana, que trajo el socialismo a América Latina. Asumió el gobierno una fuerza raigalmente de izquierda, que en su propio seno engloba a fuerzas de distintos orígenes y tradiciones, y con un formidable anclaje en un movimiento obrero que encabezó las luchas contra las dictaduras militares. Por otra parte, el presidente Chávez ha seguido ganando todas las elecciones por cifras categóricas, sobrevivió con el apoyo decisivo del pueblo al golpe de estado de abril de 2002 y al paro petrolero salvaje, puso en juego su cargo y volvió a concitar el apoyo popular, al extremo de que las dos fuerzas políticas tradicionales, duchas en la repartija del poder durante casi medio siglo, quedaron reducidas a su mínima expresión y sin representación en la Asamblea Legislativa. No sé si llegará a los 10 millones de votos en diciembre, pero está fuera de duda que gana.

El año 2006 se ha iniciado con buenos auspicios. La socialista Michelle (y no Ivonne) Bachelet derrotó a la conjunción de la derecha y los restos del pinochetismo, un resultado doblemente simbólico por su condición de mujer y por haber sido su padre un militar constitucionalista torturado hasta la muerte por la dictadura.

Asumió Evo Morales como consecuencia de su victoria con más de 54% de los votos en el primer turno de diciembre 2005. Se dice en el artículo que «más que una definición ideológica representa (Evo Morales) un profundo reclamo de inspiración étnica». Pero es ambas cosas a la vez.

Por cierto que su aspiración, firmemente sostenida, de disponer en forma soberana de la riqueza energética del país en beneficio de su pueblo tiene profundas raíces nacionalistas y patrióticas.

Pero Morales, con una votación alta y pareja en todo el país, es un líder de estatura nacional, pegado por cierto a los indígenas y campesinos que constituyen la mayoría de la población, y también a los trabajadores, a sectores de capas medias, a la intelectualidad representada por su vice y presidente del Congreso, Alvaro García Linera.

En las elecciones de Haití prevaleció la mejor opción y René Preval asumirá después de las elecciones legislativas de este mes, tras un proceso en que fue fundamental la misión de la Minustah, dirigida por Brasil y Chile e integrada también por efectivos uruguayos, para crear el clima de pacificación imprescindible a la realización de los comicios.

En Perú –escribe Sanguinetti– «no está claro que el populismo se imponga». Lo que sí quedó clarísimo es que la derechista Lourdes Flores quedó relegada al tercer lugar y fuera de la troya para el segundo turno. «En México» –agrega, con un dejo de esperanza marchita– «todo está por verse». No falta mucho para que lo veamos, menos de tres meses.

El PAN del presidente Fox se ha colocado a la rastra del gobierno de Bush en actitudes indecorosas (cumbres de Monterrey y de Mar del Plata) y ni siquiera defiende a sus connacionales emigrados a EEUU y amenazados por una legislación inhumana.

La era del PRI, después de 70 años ininterrumpidos de gobierno, de lo cual el pueblo estaba harto, ya pasó. Ha sonado la hora del PRD con Andrés Manuel López Obrador, y con ella llegará la izquierda al gobierno en la América del Norte.

Dice Sanguinetti que los nuevos gobiernos de izquierda en América Latina no han introducido cambios significativos, y lo condimenta con algunas apreciaciones sobre el socialismo, el marxismo y el apego a los viejos ideales.

Por otra parte, intervino el miércoles 19 en la presentación de un libro del embajador Adolfo Castells Mendívil, asesor suyo en la segunda presidencia y que, recién finalizado el primer año del gobierno frenteamplista, ya se ha apresurado a presentar conclusiones sobre su desempeño. Estos aspectos los veremos en próxima nota. *

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