El hombre que las sabe todas

En una nota de opinión con firma publicada en el matutino El Observador, el ex presidente Julio María Sanguinetti hace gala de su habilidad y su audacia para transitar sobrevolando una serie de preocupaciones que existen en América Latina.

En la incorregible convicción de que él las tiene todas, Sanguinetti no vacila en repartir premios y condenas. Con soltura digna de mejor causa define la naturaleza de los principales movimientos latinoamericanos que, en los últimos años han conseguido la victoria electoral.

En esos movimientos, Sanguinetti no ve nada nuevo. Y sobre todo, no ve nada bueno.

Para el ex presidente, «desde que Den Xiao Ping acuñó la histórica frase de que «no importa el color del gato sino que cace ratones», quedó claro que seguir dividiendo el mundo, como en los tiempos de la guerra fría, en democracia y comunismo e izquierda y derecha, era algo obsoleto.

Tan obsoleto como que la China que construyó el genial estadista chino a partir de 1978, sigue siendo políticamente comunista y económicamente capitalista. Sin embargo, es tan fuerte la tendencia a estampar etiquetas con los viejos moldes, que todos los días oímos simplificaciones como la que por estos días dice que América Latina está bajo una rampante oleada izquierdista».

No hay, pues, un ascenso de las fuerzas de izquierda, sostiene Sanguinetti y agrega:

«Lo que sí es verdad es que la mayoría de estos gobiernos practican una retórica antiglobalización, asumen políticas económicas serias más por resignación que por convicción y siguen pensando que «otro mundo es posible». Desde ese ángulo es que podemos lamentarnos de que el rechazo a los gobiernos anteriores, sea por desgastes políticos, por reclamos de corrupción, por fatiga de los ajustes o simplemente porque se ganaron elecciones sobre un paraíso de promesas, conduzca hoy a un estado de «impasse» en que ni se arma un programa socialista moderno, ni se procura ganar bajo unas reglas que no fijamos pero que regulan el juego de nuestro mundo».

En las palabras escritas del ex presidente no hay la menor insinuación autocrítica. Este Sanguinetti no parece tener nada que ver con el que fue dos veces presidente de Uruguay. Nada que ver con el hombre que dispuso de las mayorías parlamentarias para llevar adelante sus ideas y lo que logró fue colocar a su partido en los parámetros electorales más bajos de toda su historia.

Sin la menor vacilación, reparte premios a lo largo de Latinoamérica. Unos líderes están desgastados, otros son populistas y no de izquierda. Otros todavía no se sabe si van a ganar (¡). Para Sanguinetti la única experiencia exitosa es la de Chile que no es el caso de una experiencia de izquierda: «Para empezar descartemos a Chile, país gobernado por una coalición de centro constituida por el europeo socialismo de Ricardo Lago y la histórica democracia cristiana del país. Que la señora Bachelet sea originaria del socialismo no cambia la naturaleza del gobierno, que seguirá los parámetros de sus antecesores, con la economía más abierta de la región, insertada en el mundo global a base de tratados de libre comercio que van desde EEUU hasta China».

La solvencia que el líder colorado aparenta a la hora de juzgar las experiencias del resto de los países de la región no lo acompañó en el largo período en que le tocó demostrar la claridad de sus ideas, del ajuste a la realidad del país de las mismas y de la capacidad del dirigente para hacer que se aceptaran voluntariamente. *

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