No debieron haber ido

Luego de que el gobierno resolviera dejar sin efecto, por decreto, la decisión de establecer el 14 de abril como la fecha en que se conmemoraba «el día de los caídos en defensa de las instituciones democráticas», nombre por demás sui géneris que no admitiría, de profundizarse, un trabajo de análisis del mismo, ni el reflejo de ninguna verdad histórica para aquella jornada de violencia y sangre, los «nostálgicos» de aquel pasado oscurantista –hablamos del sector de militares que participaron en el golpe de Estado y en la posterior represión– hicieron sus actos privados en los clubes sociales que los agrupan.

Actos que se caracterizaron por la reaparición de los mismos personajes de siempre, cada vez más viejos, con sus gestos adustos, con sus trajes bien cortados producto de las «jugosas» jubilaciones que les paga la Caja Militar, para hablar de aquel día tremendo en que los atentados personales –que no queremos calificar– determinaron la muerte de varias personas, entre civiles, militares, policías, muchos de ellos –estamos seguros– inocentes de todo tipo de acción, pero que por una razón u otra aparecieron frente a la mira de aquellos «justicieros».

Entre los asesinados estuvo, por ejemplo, el matrimonio Martirena, en su casa de Malvín, en una acción brutal, solo reflejo de una venganza absurda de militares que se sentían impunes y que, todavía hoy, siguen reclamando y defendiendo a toda costa esa impunidad.

Fue una jornada luctuosa, dramática, que ningún uruguayo debe olvidar. Algún día resplandecerá plenamente la verdad histórica y se sabrá si unos, realmente actuaron contra los responsables del llamado «escuadrón de la muerte», y los otros, contra «los responsables de las acciones armadas» o, como en el caso del matrimonio Martirena, fueron impulsados por el odio y la venganza.

Entre tanto, ese día, familias de uruguayos recuerdan a sus deudos que murieron en aquella jornada, hace 34 años, cuando la violencia parecía enseñorearse en el país, pese a que el gobierno estaba ocupado por un presidente elegido por el voto popular, Juan María Bordaberry, que al otro día, el 15 de abril, decretaría el «estado de guerra interno», para permitir que las acciones de los «grupos de tareas» militares tuvieran todo el país, día y noche, a su disposición, para hacer lo que quisieran con cada uno de los ciudadanos.

Claro, a los pocos meses Bordaberry se erigió en dictador, suprimiendo al Parlamento, en otro paso para destruir a un país en el cual durante muchos años se había ido construyendo, por influencia del viejo batllismo, una democracia sólida y moderna.

Pero volvamos a la conmemoración del pasado viernes, cuando los nostálgicos de aquel pasado oprobioso, que deberían tratar de olvidar y no recordar cada 14 de abril, conmemoraron tras las cuatro paredes de sus clubes sociales, con discursos encendidos defendiendo lo actuado. Por supuesto que no hablaron de la acción en la calle Amazonas, en donde fueron masacrados los Martirena, pero sí recordaron a otros personajes. Por ello, esperamos, que más allá de que se siga rememorando aquella jornada tremenda para la historia del país, alguien se tome el trabajo de desentrañar la verdad histórica, aventando dudas y mostrando cómo el camino de la violencia, elegido por los bandos enfrentados, llevó solo a un drama de dolor y muerte que sigue repercutiendo en las memorias de muchos.

Por supuesto que estos nostálgicos, bien trajeados, con sus bigotes recortados, recordaron en esos actos todo lo realizado por una de las partes. Lo malo que allí, como hecho singular e inexplicable, se hicieron presentes los actuales jefes de las fuerzas armadas, que debieran haber tenido otra actitud ante una conmemoración totalmente parcial reivindicativa del peor golpismo y, por supuesto, de la doctrina de la seguridad nacional.

Obviamente, no concurrieron uniformados –lo que hubiera sido el colmo– con el fin de mostrar que participaban de manera privada, pero igualmente estuvieron allí, junto a los Paulós, a los Rebollo, a los Mermot, a los García Pintos.

Una pifia importante y grave que, por supuesto, debe ser tenida en cuenta. Porque nuestras fuerzas armadas deben transitar en el camino de la democracia, para actuar en su defensa, construyendo los mecanismos más idóneos para que sean representativas de todos los uruguayos, no como en el pasado, de los intereses de la derecha apátrida aliada a las estrategias del Departamento de Estado de EEUU. *

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