La cuna de Hércules

«El Estado Oriental existe, pero su cuna es como la de Hércules: dos serpientes la rodean», decía Frutos Rivera en su correspondencia al Gobierno de Montevideo, al finalizar la Convención Preliminar de Paz en 1828, en pleno parto del Estado Oriental, refiriéndose nuestros vecinos continentales.

Desgajados políticamente para siempre de la nación castellana de la que formábamos parte, fuimos base de operaciones de las marinerías francesas e inglesas en sus actos de conquista comercial contra nuestros vecinos argentinos. En nuestros campos siguieron librándose durante todo el siglo XIX las batallas y escaramuzas en las que se batía en retirada el viejo partido federal, de Paysandú a Cerro Corá. Convertidos en «una estancia cuyo directorio está en Londres», al decir del presidente colorado Julio Herrera y Obes, inventamos a fines del siglo XIX, «la Leyenda Patria».

Sacamos al faccioso presidente colorado del período de «la Defensa» Joaquín Suarez y en su lugar colocamos la estatua ecuerstre de un Artigas tan ajeno a América como el frisón en que lo montara el escultor. Así ingresamos al siglo XX como «la Suiza de América», Montevideo como «la tacita de Plata», modesto rival de Buenos Aires. Jugamos en este siglo también como apostadero de agentes yanquis anti argentinos en tiempos de Perón. Fue nuestro secular destino el oficiar de nido de serpientes oligárquicas contra todo lo auténticamente amiricano.

Con ojos de europeos balconeamos la suerte de nuestros hermanos continenales durante setenta años. Solo nos despertamos cuando el gorilaje que había asolado la región por décadas se instaló entre nosotros. Pero eso no fue suficiente como para despertar del sueño de ser la «Bruselas de América», delirio de Jorge Batlle y de su círculo unitario.

Así pues jugamos a la «plaza financiera» , sirviendo de refugio transitorio a todos los capitales que los cacos del continente exportaban impunemente, fruto del hambre de nuestros pueblos americanos, a cambio de una modesta comisión bancaria local. Plaza financiera, inmensa zona frnca para el contrabando de divisas y de bienes a toda la región, en un titánico esfurzo por arruinar a nuestros vecinos, fundamentalmente a nuestros hermanos brasileros, pues al desmantelamiento del polo industrial de San Pablo es a lo que apuntan todas estas baterías …

Los recaudos puestos en la ley forestal respecto a las tierras forestales fueron groseramente violentados por las oportunas modificaciones hechas por Lacalle posteriormente, con lo que quedaba expedito el camino a la construcción de un gran desierto verde. En su momento la oposición pudo salvar el honor votando algo que creía, si no bueno, por lo menos manejable. Hoy nos encontramos con la tierra preñada por un monstruo: el eucaliptus globulus.

Era inexorable que tras el eucaliptus vinieran las procesadoras de celulosa, pues para ello habían sido plantados, por lo que todo lo que vino luego era fácilmente previsible. Al cambiar el destino de nuestras tierras afectamos gravemente también el destino de nuestros vecinos de cuenca fluvial. Por trescientos años fuimos parte de esa cuenca fluvial, integrados a ella por una misma actividad: la ganadería.

Ambas bandas del río Uruguay siguen un destino paralelo, ambas tienen sus centros termales y turírsticos a la misma altura por ser comunes las vetas termales.

Los caciques de la «banda oriental» enloquecieron víctimas de la codicia ramplona de ser laderos de un proyecto colonizador que es para muy pocos indios. Todos quieren ser socios de una papelera para que algunos de sus vasallos se salven del seguro exterminio que saben les espera si no entran en los planes del Banco Mundial. Pero los vecinos también ven amenazadas sus tierras puesto que el apetito insaciable de las pasteras pronto cruzará el Uruguay acaparando las fértiles tierras de la banda occidental como parte de un proyecto de colonización que sigue designios exógenos.

El Uruguay parece no poder «con su naturaleza», como el escorpión de la fábula: para ser, debe negarle el ser a sus vecinos. «Los Orientales son todos unitarios», supo decir con amargura Juan Manuel de Rosas; por ello hoy todos estamos unidos en defensa de las plantas de celulosa.

Rivera se equivocaba: no era la cuna de Hércules, era un serpientario.

Tal vez para eso fuimos paridos por nuestra madre «Inglalaperra». *

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