Rescatar a los niños de la pobreza
Las últimas cifras proporcionadas por la encuesta de hogares del INE dan cuenta de un hecho auspicioso: la cantidad de uruguayos pobres se redujo en un cinco por ciento aproximadamente.
Sin dejar de resaltar el hecho y reconocer que puede marcar el comienzo de un proceso de reversión, hay otro dato que sigue golpeándonos: la llamada infantilización de la pobreza. En términos generales, se mantiene el índice alarmante de pobreza entre los menores: más de la mitad de los niños que nacen en Uruguay lo hacen en hogares situados por debajo de la línea de pobreza. Es cierto que ese porcentaje va disminuyendo gradualmente a medida que se avanza en las franjas etarias, pero de todos modos la situación es altamente preocupante. Evidentemente, estamos muy lejos de cumplir con la Convención de Derechos del Niño, pues tales derechos de niños y adolescentes (y de los adultos también) son, por vía de los hechos, sistemáticamente violados.
Este dato escalofriante implica varias cosas. En primer lugar, que más de la mitad de los niños que nacen en Uruguay no pueden satisfacer sus necesidades mínimas y ostentan carencias de todo tipo. No tienen una vivienda adecuada (por lo general, nacen y se desarrollan en habitáculos indecorosos, en condiciones materiales deplorables y en total promiscuidad); tampoco cuentan con una adecuada cobertura sanitaria, ya que la asistencia brindada por la Salud Pública –a pesar del abnegado trabajo de médicos y funcionarios– no logra prestar los servicios de medicina preventiva (e incluso muchas veces ni siquiera curativa) que todo ser humano requiere. Tampoco cuentan con una alimentación correcta en la que estén convenientemente balanceados los nutrientes esenciales para el crecimiento. Asimismo, las carencias alimenticias apuntadas conspiran contra un desarrollo de las facultades intelectuales que permitan una escolaridad aceptable; de allí las deserciones escolares y la marginación del sistema educativo, abonadas por la necesidad de «aportar al presupuesto familiar» trabajando de la manera que sea (haciendo malabares o limpiando parabrisas en los semáforos).
Sin contar con que, además de todo esto, los hogares situados por debajo de la línea de pobreza ofrecen un panorama dramático en lo que a cohesión social se refiere. ¿Qué futuro espera a estos niños de hoy que mañana serán hombres? ¿De qué valen los cursos de inglés o las computadoras que pomposamente se han donado a las escuelas? De no mediar una acción decidida del gobierno, ese cincuenta por ciento de niños uruguayos, hoy prácticamente excluidos, no estará en condiciones de integrarse normalmente a la sociedad mediante un trabajo decorosamente remunerado.
Desde hace unos años, el encomiable trabajo de muchas organizaciones no gubernamentales viene tratando de paliar estas iniquidades que los gobiernos anteriores han soslayado sistemáticamente. Pero ese trabajo –con mucho de tarea de Sísifo– sólo adquirirá relevancia en la medida que desde el gobierno haya una propuesta concreta para atacar las causas de la pobreza y la exclusión.
Algo de eso parece empezar a instrumentarse. Las autoridades actuales están dando pasos importantes en ese sentido: priorización del aparato productivo, creación de fuentes de trabajo genuinas, mejora del nivel salarial.
En estas condiciones, la tarea de las ONG significará un apoyo clave para acompañar las medidas gubernamentales y ayudar a una reinserción social auténtica. *
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