Hacia el debate educativo

La semana pasada quedó instalada una comisión que tendrá por cometido promover un debate sobre la educación. Habilitará la realización de debates, foros, mesas redondas e instancias de diálogo con diversos actores sociales y con la población en general de las cuales surjan ideas, propuestas y proyectos tendientes a mejorar la enseñanza tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, de modo de lograr la democratización del sistema educativo.

Desde los tiempos aciagos de la dictadura, la enseñanza pública uruguaya fue sufriendo un deterioro progresivo que la llevó a la situación caótica que heredó el gobierno progresista.

Los sucesivos gobiernos democráticos posteriores al régimen de facto cayeron en contradicciones e incoherencias al abordar el muy delicado tema de la educación. No nos referimos solamente a la flagrante incongruencia de, por un lado, proclamar la necesidad de priorizar el conocimiento y, por el otro, asignar recursos más que mezquinos a la enseñanza pública. Eso es ya un lugar común. Se trata de algo más profundo, menos visible y más peligroso pues tiene que ver con los contenidos de la educación concebida por las fuerzas conservadoras.

Recordamos concretamente al doctor Batlle cuando afirmaba que «la capacidad de pensar es el valor primordial para el futuro»; que «en el mundo de hoy la diferencia está entre el que tiene conocimiento y el que no»; o que «el cambio fundamental del mundo es aprender a pensar».

Resulta imposible no estar de acuerdo con tales postulados pues su obviedad asegura un apoyo unánime. El problema se presenta a la hora de determinar cuáles son los conocimientos prioritarios que hay que impartir, y cuando la realidad nos indica que el propósito de que los jóvenes aprendan a pensar ha quedado relegado en los programas educativos.

Vale la pena volver a citar al escritor argentino Ernesto Sabato, quien en los años setenta lanzaba severas advertencias. «La verdadera educación tendrá que hacerse no sólo para lograr la eficacia técnica sino también para formar hombres integrales. Me estoy refiriendo a la enseñanza primaria y secundaria, no a la especializada que inevitablemente deben impartir las facultades», enseña el pensador argentino. Y dice más adelante: «El ser humano aprende en la medida en que participa en el descubrimiento y la invención. Debe tener libertad para opinar, para equivocarse, para rectificarse, para ensayar métodos y caminos, para explorar. (…) En el sentido etimológico, educar significa desarrollar, llevar hacia fuera lo que aún está en germen, realizar lo que sólo existe en potencia. Esta labor de partero del maestro muy raramente se lleva a cabo, y tal vez es el centro de todos los males de cualquier sistema educativo». Y finalmente, la propuesta de una educación cuyo objetivo es el hombre y no el mercado: «Una escuela que favorezca el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condene ese feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes. El trabajo comunitario favorece el desarrollo de la persona sobre los instintos egoístas, despliega el esencial principio del diálogo, permite la confrontación de hipótesis y teorías, promueve la solidaridad para el bien común».

¿Es acaso en esos sabios postulados que pensaba el doctor Batlle cuando sostenía que la capacidad de pensar es el valor primordial para el futuro? La respuesta surge sola cuando vemos que la gran preocupación de las autoridades de la educación era proveer de computadoras y de profesores de inglés a las escuelas. No está mal que se enseñe computación a los niños ni tampoco que se les impartan conocimientos del idioma que hoy domina el mundo globalizado. Pero lo que es altamente peligroso es que se confundan herramientas con metas y medios con fines, porque aprender a pensar no se consigue mediante la capacidad de manejar un ordenador. Debemos velar por que lo informativo no prevalezca sobre lo formativo. En ese equilibrio entre información y formación, entre tecnología y humanismo, entre conocimientos útiles y enriquecimiento espiritual, está la clave para mejorar y democratizar la educación. *

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