La ironía del senador Heber
La resonancia pública del expediente elevado por el Directorio de Antel a la Justicia, que resume en varias páginas las gestiones de legisladores y dirigentes políticos, especialmente del Partido Nacional, ha servido –sin ninguna clase de dudas– para mostrar en toda su magnitud algo que no era desconocido, pero que sí quedaba envuelto en silencios cómplices, falta de ética y actitudes mediocres de quienes lo conocían.
Lo que quedó al descubierto de manera descarnada fue un obsceno tráfico de influencias, mayoritariamente protagonizado por personajes vinculados al Partido Nacional que, a esta altura de los acontecimiento como colectividad política, no ha dado ninguna respuesta satisfactoria de lo que es, a ojos vista, una práctica más que reprobable que exigiría, eso sí, que los demás organismos del Estado siguieran el mismo camino del ente de las comunicaciones.
Sin embargo en el Senado de la República el senador Luis Alberto Heber, uno de los integrantes del informe firmado por la ingeniera María Simon, ha comenzado a ensayar por la vía del enfoque irónico una defensa de su acción y la de sus correligionarios, deslizando, como quien no quiere la cosa, que los hechos denunciados no son tan graves.
Su tono fue de chanza, de mofa, restándole importancia a un tema que, lo quiera o no el senador Heber, fue de comentario público, determinando para muchos de los integrantes del listado, en particular y para el Partido Nacional como colectividad, un blasón ético difícil de sobrellevar.
¿Qué dijo el senador? Nada menos que temía que se interpretara mal su gestión ante el Senado para que se mantuviera en Pueblo Risso una cabina telefónica, que el Directorio de Antel habría pensado en «levantar» porque la tecnología de la telefonía celular habría avanzado.
Pero el meollo de su planteo estuvo en otro lado, al decir que el hecho de traer este tema al Senado podría ser tomado como una actitud de clientelismo, en el sentido de que todo el pueblo de Risso lo votara… Agregando con tono irónico que no sabe si estos pedidos que la población le hace pueden ser traídos al Senado, si acá están «más santiguados» o tendría que llamar directamente al Directorio de Antel.
Y termina diciendo, en el desiderátum de la ironía, que no se olviden de adjuntar este pedido a otros que ha realizado antes y que pasaron a la Justicia penal.
¡Qué lástima que el senador Heber, un hombre ducho en la lucha política, confunda trigo con margaritas y entienda que un planteo lícito, a la luz del día, realizado en la hora previa del Senado, es lo mismo que una vergonzante misiva de recomendación o una «oportuna» llamada telefónica a un jerarca amigo para que gestione el trámite de algún otro amigo! Eso se llama aquí en el Uruguay, o en cualquier otro lado, tráfico de influencias.
Y el tráfico de influencias que surge con diáfana claridad de las informaciones que fueron de conocimiento público –no precisamente por acción de dicho Directorio– es un hecho repudiable. En todo caso será la Justicia la que tenga la última palabra. *
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