¿Acuerdo entre guerreros?
Cuando Oribe decide reducir los gastos militares en un estado que naciera quebrado por la disoluta presidencia de Rivera, Rivera, comandante en Jefe de la campaña, se subleva y es derrotado en Carpintería en setiembre de 1936, en el primer año del segundo gobierno constitucional.
Huye al Brasil, a pedir el apoyo de los brasileros a los que sirviera durante la ocupación en el período cisplatino. Con tropas brasileras invade, enciende la guerra civil en su país y la región, llamando a la intervención francesa con lo que se inicia la Guerra Grande. No tendrá paz el Uruguay durante un siglo, culminando este proceso con la aventura florista y el genocidio paraguayo, todo en aras del militarismo colorado.
Hoy Tabaré ocupa el sillón y se enfrenta a la situación por la que pasaron los pocos gobiernos ajustados a la ley y el derecho que este país pudo darse, entre motín y motín. Debe enfrentar las amenazas que viejos milicazos hacen desde sus clubes sociales, pero también las de sus laderos políticos civiles, como Sanguinetti, el cual advierte que la extradición de sus protegidos puede «alterar la paz interna».
Tabaré debe pasar este examen de ingreso al club de los civiles del proceso, bloqueando el acto judicial de la extradición, o dejándose «retorcer el pescuezo» por una asonada de generales, como lo hizo Lacalle.
¿Quién duda de que el secuestro y asesinato del químico Berríos no fue un acto institucional? ¿Por qué los presidentes de época, tanto Lacalle –cuyo edecán, Casella, participa en el operativo– como Sanguinetti, que luego los pondrá a buen recaudo como agregados militares en el exterior, actuaron coherentemente cuidando a sus centuriones. Esa responsabilidad por la suerte de los centuriones se expresa en todas las movidas de los civiles que atraviesan el estado, por ejemplo el archivo del caso por parte del juez de Pando. Ni su reapertura cuando se prueba que la foto que lo mostraba en Italia era fraudulenta, al aparecer su cadáver.
¿Quién duda que este asunto era tan importante que el mismo Pinochet en persona vino al Uruguay a asegurarse de la ejecución del químico? ¿Quién puede negar el hecho de que esto es un acto de justicia interna destinado a mantener la disciplina y el silencio de los militares implicados en el Plan Cóndor? Pinochet se hizo cargo personalmente de que se cumplieran sus órdenes, salteándose fronteras y consiguiendo que el gobierno de la época le auxiliara. Intemporal garra del Cóndor, caza a quien decidiera traicionarla, exponiéndolos a la justicia de otros estados, como el asesinato de Letellier en Washington, del cual Berríos sabia demasiado.
De lo que se trata es de saber si luego de veinte años, los gobiernos civiles van a seguir amparando a los centauros del continente, creándoles un ámbito de impunidad continental. Puesto que estos militares jamás van a agredir a otros países que no sean los propios, el único riesgo al que están expuestos es a ser capturados por crímenes fuera del continente americano, puesto que hasta ahora han sorteado con éxito todos los requerimientos de extradición por delitos cometidos contra ciudadanos europeos, por ejemplo.
Así como por Berríos nos visitara Pinochet, vino por estos lares la señora presidenta de Chile, en viaje igualmente fugaz como misterioso. Más allá de nuestras nominales soberanías, pretendidamente heridas, lo que parecen estar heridas son esas extrañas solidaridades que se dan entre guerreros, última carta que sacan de la manga. En nuestras guerras civiles de antaño, algunos cuellos eran salvados del sable, por las dudas, porque en la próxima los papeles podían invertirse. ¿Estamos frente a un acuerdo entre ex revolucionarios y militares?
América, tierra donde los centauros engordan y se reproducen en sus praderas, saciando su sed en charcas de sangre siempre fresca y renovada. ¡Hasta cuando! *
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