Hacia el país productivo

La última reunión del Consejo de ministros –que se llevó a cabo en Salto el viernes 31– fue la oportunidad propicia para que el gobierno diera a conocer los grandes lineamientos de proyecto de país productivo.

Paralelamente, en la noche del mismo viernes pasado, la central sindical divulgaba su propio proyecto de país productivo, en el que se dejan sentadas las diferencias de enfoque y de prioridades con la línea sustentada por el gobierno.

Más allá de las diferencias apuntadas, importa resaltar la coincidencia entre gobierno y trabajadores sobre la necesidad urgente de impulsar y desarrollar estrategias que persiguen el mismo fin: recomponer el aparato productivo.

Es un paso auspicioso tendiente a dejar atrás y enterrar definitivamente el otro proyecto dictado por el neoliberalismo que pretendía hacer del Uruguay un paraíso fiscal, una gran plaza financiera y un país de servicios. Un proyecto, un modelo de país, que se intentó imponer y que fue presentado como la solución perfecta para promover el despegue.

De ese modo, se emprendió un camino que llevó al país al caos, a la miseria y a injusticia. Merced a ese proyecto, paulatinamente, se fue desmantelando el aparato productivo, se cerraron fábricas, se perdieron puestos de trabajo, aumentó la desocupación, se multiplicó la pobreza, se destruyó el entramado social y se incrementó la delincuencia.

Estos resultados, estos efectos devastadores, habían sido advertidos por intelectuales de peso y ya asomaban al poco tiempo de comenzar a aplicarse el modelo neoliberal. No obstante, desde los púlpitos del fundamentalismo libremercadista, los sermones de sus popes repetían machaconamente el mismo discurso que reflejaba lo que se ha llamado el «pensamiento único».

Como ha señalado Ignacio Ramonet, el pensamiento único es «la traducción en términos ideológicos pretendidamente universales, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional».

Recordemos que fue bajo la dictadura cívico-militar que los dogmas del credo neoliberal cobraron fuerza y empezaron a aplicarse en una sociedad ahogada y amordazada, sin posibilidades de rebelarse y luchar contra las medidas económicas tomadas por los usurpadores. Fue entonces que se franquearon las aduanas para el paso majestuoso no de los hombres libres sino de productos, artículos y bienes de consumo extranjeros sin importar que ello implicara la ruina y la muerte de los modestos emprendimientos productivos nacionales.

Recordemos, también, que los sucesivos gobiernos colorados, blancos y coaligados prácticamente no se apartaron de la línea trazada durante el régimen de facto y trataron incluso de profundizarla aun más. Así surgieron los intentos de privatización, muchos de los cuales fracasaron gracias a la movilización popular que logró derrotar en las urnas la embestida privatizadora inspirada en las recetas más emblemáticas del neoliberalismo.

El gobierno progresista que tomó las riendas del país en marzo del año pasado se encontró con una realidad, con una situación de hecho, que exhibía los daños profundos causados por el modelo libremercadista. En tales circunstancias, los cambios prometidos no pueden ser radicales ni implementarse de la noche a la mañana. No obstante, la apuesta a recomponer el aparato productivo empieza a tomar cuerpo con las medidas anunciadas en Salto.

Como decimos al comienzo, es un primer paso. Y un primer paso auspicioso. *

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