El chivo expiatorio de nuestras desgracias
De acuerdo a testimonios de personas que acudieron el fatídico domingo 12 de marzo pasado al Estadio Centenario con motivo del match Peñarol Cerro nada ocurrió en cuanto a hechos violentos en el interior del mismo, durante el desarrollo del juego.
La trágica muerte del Sr. Da Cunha, presenciada por su señora esposa e hijo, de manos de execrables sujetos, se suma al ataque a otro parcial, con heridas graves. Estos deplorables sucesos que nada tienen que ver con el fútbol dan cuenta del vandalismo y de los efectos de la ingesta de alcohol y consumo de drogas en los espectáculos deportivos. Tiempo atrás, un hincha del Club Nacional De Fútbol fallecía en Maldonado, luego de una semana de agonía en el CTI de un hospital fernandino. La causa de su muerte se produce por golpes en su cráneo de parte de un grupo de energúmenos que le reclamaban droga para su consumo personal. No se produce esta tragedia por una caída desde la tribuna, como se informó a la opinión pública. Allí también abundó la droga.
Allí –por cierto– hubo ocultamiento y tergiversación de la información por parte de los periodistas deportivos que en su enorme y casi total mayoría son dependientes del «zar» del fútbol uruguayo, el Sr. Casal.
En estos días hemos asistido y continuamos asistiendo al ensañamiento contra unos de los más grandes sentimientos del pueblo uruguayo, que nada le debe a Casal y a sus cómplices en las canchas o fuera de ellas, para que criminales y pusilánimes escribas y opinantes pretendan crucificarle y endosarle un crimen .
¿Qué responsabilidad tienen los jugadores del Club Peñarol en relación a un homicidio?
Del mismo modo, ¿qué responsabilidad tienen los vecinos honestos del Barrio Casabó frente al reciente y horrendo crimen de un chofer del transporte colectivo?
¿Qué responsabilidad, por último, poseen los vecinos y asistentes a las «llamadas», durante el último carnaval, donde pulularon delincuentes cometiendo hechos graves, vinculados a tentativas de robo, violencia, riñas, etc.?
En todos estos hechos existe un denominador común: la presencia del alcohol y la droga en el comportamiento del colectivo social.
La violencia nuestra de cada día está presente marcándonos con su impronta en hechos salvajes, donde las conductas adictivas exacerban y potencian el comportamiento criminal.
El gobierno de este país está librando una lucha sin cuartel contra los narcotraficantes. He allí la piedra de toque y una de las mayores desgracias de la sociedad uruguaya y global: la adicción a las drogas y el alcohol y la sumisión de jóvenes y niños, muy particularmente de nuestra sociedad y sin distinción de clases, a conductas degradantes.
Los hipócritas y serviles al empresario mayor del fútbol buscan en el Club Peñarol el chivo expiatorio de nuestras desgracias, como si la historia de hazañas desde Piendibene hasta el presente pudiera destruirse por hechos ajenos al deporte y por provocadores mediáticos que utilizan los micrófonos y la prensa gráfica para generar más irritación, confusión y violencia social.
El fútbol, actualmente en suspenso, está en la mira del gobierno y no precisamente por estos deplorables crímenes e incidentes. Sucede que tal oligopolio, en manos de los Sres. Figueredo, Casal, Gutiérrez y la empresa, ha generado una suerte de moderna esclavitud en muchos de nuestros deportistas, quienes desde la cuna y en las divisiones inferiores de instituciones del balompié vernáculo sueñan con enriquecerse pateando una pelota a la manera de los Fonseca o los Francescoli, dejando de lado valores superiores sobre los cuales se construyeron nuestras gestas deportivas. Queremos y nos merecemos que el fútbol vuelva a convertirse en un juego y en una pasión de multitudes, que se termine con el monopolio, con la sumisión de una pasión tan uruguaya a los dictados de una firma comercial. Nuestros jóvenes no son de «Paco». Son sujetos de derecho a quienes el Estado debe amparar y proteger de eventuales abusos.
En ello la Mutual uruguaya de futbolistas profesionales debe prodigarse para devolverle honestidad y transparencia al juego.
Para recobrar nuestro antiguo esplendor debemos expulsar del su seno y del deporte a quienes lo han desvirtuado por completo.
La nominación de Tabárez a la dirección técnica de la selección es un buen comienzo. En ello descontamos que el gobierno tuvo que ver. Figueredo debe dimitir. No está en sintonía con este tiempo de cambios, no representa a nadie sino a sí mismo y sus propios intereses.
Deben irse también, para sanear al fútbol, los funestos relatores y comentaristas antideportivos que analizan la violencia social, de la cual el deporte no está exento, desde el oscuro prisma de su propia ignorancia y bolsillos. *
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