El viaje de Astori a Londres
La memoria colectiva del mundo recuerda solo tres cosas de Uruguay: el campeonato mundial de Maracaná de 1950, el golpe de Estado de 1973 y la vuelta a la democracia de 1985. Este tipo de memorias tarda 10 o 20 años en «aggiornarse» sobre la realidad de un país.
La memoria individual en el mundo es otra. En escritorios oscuros de alguna oficina en el Foreign Office británico, en mesas de reunión del Consejo Nacional de Seguridad o el Pentágono americano, en los bancos mundiales o en las casas de préstamos internacionales, todos saben lo que pasa en Uruguay. Al detalle. Porque hay plata de ellos metida en el país.
En esos lugares están los que en inglés se les llama los «busy bodies». Son los que buscan problemas donde no los hay. Son los que tienen la oreja de los que toman decisiones políticas, militares y económicas. En una conversación de media hora, en uno de esos lugares, se puede determinar el destino de Uruguay para los próximos 10 años o la vida de miles de personas. Y no hay nada que los uruguayos puedan hacer al respecto.
O tal vez sí. La visita del ministro de Economía y Finanzas de Uruguay, Danilo Astori, a Londres tuvo esta intención. Mostrar en la capital financiera europea que Uruguay tiene una política fiscal pensada y madura. Una que no solo tiene en cuenta los intereses de las postergadas masas nacionales, sino que también tiene en cuenta las inversiones actuales y las que vendrán al Uruguay en los próximos años. Si Uruguay no cumple, los «busy bodies» se van a poner a trabajar otra vez. Y las consecuencias de eso ya son conocidas por todos.
El rumor del mensaje de Astori recorre ya las principales oficinas del poder financiero mundial. Pero las de Astori no solo fueron palabras. Incontestable está el 6.6% de crecimiento del año pasado y el 5% pronosticado para 2006.
Incontestable está la colocación de bonos del tesoro uruguayo que superaron todos los cálculos de especialistas, cuando se vendieron bien y a buen precio. También está el hecho de que Uruguay pagó sus intereses de préstamos, algunos hasta antes de la fecha de vencimiento. Esto es algo que le da munición a los amigos de Uruguay en el exterior. A los que piensan que no es necesario que Uruguay sea el próximo Irak, a modo de ejemplo.
Según las conversaciones de Astori, el principal objetivo de Uruguay es pagar la deuda externa, que es, en proporción al PBI, la segunda peor en el mundo. Para esto, la única forma de hacerlo a corto plazo, es mejorando la captación de recursos a través de una política tributaria más eficiente y de una consolidación de la deuda cara. No va a venir plata de ningún otro lado, por ahora. Lo que se ahorre, es de suponer, se gastará en los «planes de emergencia» para los sectores más necesitados.
A largo plazo, Uruguay tiene una única alternativa: trabajar más. La única forma de trabajar más es creando nuevos empleos reales a través de inversiones productivas. El país no tiene inversión propia de alta capacidad, entonces tiene que salir a buscarla al exterior. No hay otro lugar adonde ir a buscar plata.
Pero hay algo también importante y que ocupa mucho tiempo en el ministerio de Economía y Finanzas uruguayo: son las masas postergadas que hoy tienen influencia política y es el sector empresarial que hoy parece haberla perdido, pero que es muy necesario para el desarrollo.
Lo que está aconteciendo en Uruguay es una caída a la realidad. La convivencia democrática se desvirtúa si un grupo tiene demasiado poder sobre el otro. Durante los últimos treinta años el sector empresarial se favoreció de una economía sin responsabilidades sociales. Pero eso tampoco funcionó y el resultado fue la caída financiera del 2002. El empresario había entrado en una especie de sueño de «proteccionismo social». Se acaba de despertar. Ese proteccionismo lo hizo ineficiente y poco trabajador.
Según la revista «Euromoney» inglesa, ninguna empresa uruguaya salió mencionada en un estudio sobre empresas latinoamericanas eficientes. Astori acusó recibo de esa crítica en Londres.
Pero esto no significa que haya que salir con un palo a darle por la cabeza al empresario nacional. Está probado que el estado no tiene los recursos mentales o materiales como para controlar todos los sectores de la economía. Alguien, con su plata y sus préstamos, tiene que salir a la calle a manejar sus empresas. Desde un restorán hasta un banco. Simplemente, ahora lo que tiene que hacer el empresario es trabajar con más responsabilidad social, más eficiencia comercial y bajo leyes claras, que sabe se van a aplicar. Como en cualquier parte del mundo.
A Uruguay no le cabe ahora otra alternativa que la maduración económica de sus sectores. El país tiene leyes democráticas suficientes como para manejar todos los vericuetos de la relaciones de trabajo. Solo hay que aplicarlas. La democracia no es solo una palabra política. Es también una palabra social.
Estamos en un mundo sin ideologías. La caída del comunismo ha impactado tanto a Rusia como a Estados Unidos. Ambos perdieron poder hegemónico y expansionista. La guerra de Irak es simplemente un reconocimiento tácito de la pérdida de poder de Estados Unidos en el mundo. Es una demostración de fuerza solo por que la está perdiendo. El gran negocio de la Guerra Fría dejó sin trabajo a mucha gente.
Estados Unidos está nervioso. El crecimiento chino, el precio del petróleo y la independencia de muchas naciones, lo tiene preocupado. Anda con ganas de amoratarle el ojo a alguien y Saddam Hussein no fue el tipo de peso que prometía. China le molesta, pero con las ataduras comerciales entre ambos y con los miles de billones de dólares depositados en bancos chinos, es intocable. Por ahí están Irán, Cuba, Corea de Norte, Siria y Hugo Chávez. No será una sorpresa si uno de ellos la «queda» en los próximos años.
Las realidades políticas y sociales en el mundo no significan que Uruguay tenga que perder su categoría de «gobierno popular». Todo lo contrario. Como dijo el ministro Astori en Inglaterra: «No creo en esa premisa de que primero se tenga que crecer para empezar a repartir».
Uruguay es un país que precisa maduración social, económica y política en forma urgente. Las soluciones infantiles que terminaron en dictaduras ya está probado que no funcionan. El problema para Uruguay no va a ser solamente de subsistencia. Va a ser el crear una sociedad justa, madura, inteligente, hábil, adulta. Una sociedad insertada en el mundo moderno con una visión social y un ejemplo para otros. Así de sencillo, así de difícil. *
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