La violencia y la negación de la realidad
Por estas horas estamos abrumados por el asesinato de un hombre joven, muerto por cobardes a puñaladas, ante su hijo jovencito y su esposa.
Esta vez la víctima fue un hombre joven. Un trabajador del transporte, que le ganaba a la vida en cada jornada, sirviendo honestamente a la comunidad, al tiempo que construía una familia.
Su debilidad era el fútbol y el equipo de sus amores, el histórico Club Atlético Cerro, que junto al también pleno de historia Rampla Juniors – del cual tengo la alegría de ser socio de honor- representan el corazón futbolístico de una zona inigualable del Uruguay, como lo es el Cerro de Montevideo, un lugar que comencé a querer de niño.
A ese Club Cerro, el de sus amores, era el que acompañaba siempre que podía llevando consigo a sus seres más queridos.
Unos anormales de la vida, una horda salvaje mimetizada en hinchada deportiva, lo acribillan a puñaladas y se van, así como si nada.
Claro, después un excelente trabajo policial para detener a los culpables, y de ser juzgados por una justicia ejemplar como la uruguaya, vendrán complejísimos y elaborados análisis de la realidad del fútbol en el país y sus conductas asociadas.
Por unas semanas así será. Después, como siempre sucede, todo seguirá igual, o casi. Porque el fútbol naturalmente debe proseguir y seguirá, y porque otros potenciales asesinos estarán por allí usando hoy al fútbol como excusa, pero mañana como ayer, podrá ser la política o pasado la religión, o el color de la piel, la salida de un baile, o cualquier otro día aflorarán por un tema personal.
Son cultores de la savia donde se alimenta la barbarie, que va desde la violencia familiar, hasta el crimen organizado.
Hoy esa barbarie y la miseria humana, una vez más ha tenido al deporte como excusa.
Lo cierto es que el fútbol y el deporte en general, reúnen a muchísima gente, y las encierran en espacios reducidos, donde todos estamos cerca de todos y la pasión se alienta y nos desborda.
Hoy, están cumpliendo su parte en esta terrible ecuación, el alcohol y las drogas. Con un individualismo y un «yo hago lo que quiera» imperando como principio rector.
No me controles, ni me pongas limites, porque yo sé lo que hago, y como tengo derechos y creo que ninguna obligación con nadie, no me digas lo que hacer, ni lo que no debo hacer, ni cómo hacer lo que debo, no importa la edad, aun cuando se trate de un menor.
Yo te tuteo aunque no quieras y me río de ti y te falto el respeto, y me meto contigo y tu novia o tu familia, porque mi modo de entender mi libertad me permite no respetarte. En consecuencia, puedo insultarte, o golpearte, o romperte los vidrios o meterme en tu casa y llevarme lo que quiero, o te asalto en una esquina y me quedo con lo que es tuyo.
Son los valores del «sálvese quien pueda» que parecería que en alguna gente está prendiendo como principio de vida.
Hazme feliz, solo tengo derechos, y el que se esfuerza, sacrifica y construye su horizonte, está jaqueado mientras solventa a algunos de esta gente, con la cuota de su club o con sus impuestos, mientras las víctimas tienen enrejada el alma y su vida sometida a la intemperie.
Se cree por algunos que el tema es culpa del Ministerio del Interior, de la Policía, de la Justicia, de las leyes, de las autoridades del deporte, del presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, de los contratistas, de los padres, de los educadores, del baby fútbol, de la herencia de los gobiernos anteriores, de la falta de saber qué hacer con las cosas del país del gobierno actual. Lo que nos sobra son los diagnósticos y a quienes ponerles la culpa de su cargo. La lista de culpables indirectos se construye de inmediato y naturalmente es interminable.
Lo cierto es que esa es la dura realidad en la que estamos. La agresión, la falta de respeto por el otro, la falta de cariño por los demás, la falta de valoración por la vida, el compañerismo devenido en patota y la amistad en circunstanciales conveniencias.
Los uruguayos no permitiremos que nos quieran imponer esta forma de no vivir como modelo de vida. Se lo debemos a nuestros mayores, se lo debemos a los que vendrán.
Hoy a mucha gente no le sirve la educación ni el educarse, no le sirve la religiosidad, ni sirve tampoco escuchar a nuestros mayores porque no son post Internet.
La familia es un detalle, y el hogar un lugar donde comer y dormir. Ya no nos sirven los centros sociales de recreación y formación en convivencia, hoy solo se va a un club a sudar en lucha feroz contra aparatos terribles de musculación, que someten a la gente por su gusto, a los esfuerzos más grandes e impensados, aunque después esos sacrificados monoaurales del ejercicio en solitario, no estén dispuestos a hacer el más mínimo esfuerzo en sus casas, para sacar por ejemplo una pesada bolsa de basura.
El club social y deportivo de ayer, es hoy un lugar donde ir a perder peso, afinar la figura o desarrollar la masa muscular.
Puede que de cuando en vez la comisión directiva del club, cualquiera fuera, se arriesgue a organizar bailes, o espectáculos, pero siempre que estén los imprescindibles patovicas, los 222 y los 223 de custodia policial, o las empresas de seguridad privadas, para contener a los locos sueltos que siempre aparecen aunque sean unos pocos, pero siempre dispuestos a arruinarlo todo.
Esos clubes fueron pensados en el mundo entero para que aprendiéramos a convivir con los demás, donde conocer gente, compartir juegos y horas, donde aprender a competir, a ganar y a perder entre amigos, donde tener adversarios que por momentos se puede llegar a pensar que son el enemigo, hasta que la vida se encarga de demostrarte lo que es un enemigo de verdad.
Esta cultura de ganar rompiendo al otro, es la que nos está dejando fuera de competencia en tantas cosas y no nos deja llegar ni a las puertas de un mundial. Esa es la misma mentalidad que nos lleva a que esté en la lógica de algunos, bajar de un camión y asesinar a puñaladas a alguien que está con su mujer y su hijo parado en una esquina.
El miedo nos agrupa, y los cuadros saben que hay gente así y alientan que sus propios locos estén en el escenario de su parte, quizás pensando que de ese modo se habrán de neutralizar entre ellos en batallas campales.
No creemos sinceramente que la solución a estos temas esté en la detención del fútbol. No es metiéndonos nuevamente en la caverna donde encontraremos la solución a los problemas que nos agobian, no es poniéndole la culpa a quien fuera, que lograremos resolver la penosa situación en la que estamos.
Creo que lo mejor es reanudar el fútbol, y buscar modos alternativos de aislar a tanto inadaptado. Probemos por ejemplo leer por los parlantes de los estadios, antes de cada partido, la avergonzante lista de nombre de personas heridas gravemente o fallecidas a causa de la locura de un puñado de asesinos disfrazados de fanáticos y hagamos un minuto de silencio en su memoria.
Hagamos que se sienta vergüenza de lo hecho, no solo por los que están presos y juzgados, sino por todos a los que les caiga el sayo. Por todos los que cada noche al irse a dormir, tienen en su conciencia el dato de su cuota parte de culpa, por su acción o su omisión, que en cuanto a resultados, en definitiva los hace parte de la misma miseria humana. *
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